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La verdad como valor

Flor Polo Díaz es hija de dos famosos. Un talentoso como Augusto Polo Campos y una espontánea del ridículo que provoca carcajadas como Susy Díaz. Desde que nació Florcita fue una figura mediática que provocaba sonrisas porque de alguna forma había heredado los gestos de su madre. Y su vida está marcada por el escándalo y la cobertura exagerada que dan los medios de comunicación a las particularidades de su existencia. Nos reímos con ella, tanto en su desgracia como en sus toques de felicidad. En los vaivenes de sus relaciones públicas y privadas y en torno a su familia.

Será el caso único peruano en donde padre, madre e hija –solo faltaría el espíritu santo- se han sentado en el sillón rojo y han provocado la atención del respetable. Susy dijo mucho más de lo que se esperaba y Beto Ortiz supo –como siempre en todas las temporadas- balancear risueñamente las exageraciones de la vedette eterna. Augusto Polo a sus 83 años no solo fue visto como un viejito agradable sino que puede provocar lástima al confesar la existencia de sus “tres testículos” y admitir la pérdida paulatina de la memoria. Y Florcita, con esa sonrisa ingenua y lastimera, confesó ante todo el Perú a la vez –no olvidemos que el programa del último sábado hizo 26 puntos en promedio mientras que su más cercano seguidor hizo 10 puntos- que su propio hermano le pidió tener relaciones sexuales. Esto sirvió para que otros programas la dedicaran sendos reportajes.

Y no es que su situación llame la atención terriblemente. Pues la estadística señala que por lo menos la mitad de las adolescentes sufren sino acoso sexual algún tipo de violación. Y que la misma es producida por familiares cercanos. Llámese tíos, primos y hasta padres y padrastos. La cifra de embarazos en adolescentes no deja lugar a dudas. Nuestras muchachas son violadas señoras y señores y se embarazan prematuramente y con desconocimiento de causa. ¿No es esto terrible? Claro que lo es. Pero más terrible es que no se planifique programas para combatir el mal y que los delitos se cometan en el interior de las viviendas. Muchas veces con el silencio y colaboración de las madres de las víctimas.

Florcita dijo su verdad y ese es su valor agregado. Atreverse a confesar públicamente –ya hacerlo en una dependencia policial o en un juzgado es traumático- esa violación y, además, un aborto, ya es digno de resaltarse. No por el morbo que viene con ello sino porque colabora en poner en agenda el tema. Aquella niña ingenua que declaraba riéndose en los medios de comunicación pasó luego a ser la adolescente tierna que respondía con bufonería las preguntas de lo que unos llaman “prensa especializada”. Más allá de esas trivialidades la última aparición de Florecita en la televisión nos debe dejar una lección: detrás de todo rostro bonito de las figuras televisivas se oculta un drama mezclado con trauma muy difícil de superar. Esa es la verdad del valor que tuvo Florcita.


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