ESCRIBE: Alberto Chirif

El exalcalde de Lima y ahora candidato a la presidencia Rafael López Aliaga es, sin duda alguna, un personaje dicharachero. El diccionario de la RAE, entre otras, contempla las siguientes acepciones para este término: parlanchín, hablador, gracioso, ocurrente, chistoso y charlatán, también, ingenioso y bromista, pero descarto estas dos últimas para caracterizar al candidato, porque no es agudo ni perspicaz, ni es jocoso ni juguetón, que son los atributos adjudicados a las personas que reciben estos apelativos. Considero entonces que López Aliaga es un parlanchín y un charlatán.

Los primeros parloteos que recuerdo de él fueron cuando dijo que no se había casado porque estaba enamorado de la Virgen (con mayúscula, porque se refería a María, la madre de Jesús), lo que sonaba morboso y transgresor: ¿qué hubiera pasado con la Virgen y sobre todo con el catolicismo si un arrebato del señor (con minúscula, López Aliaga) manchaba la pureza de María? Sin duda, este hecho hubiera echado por tierra uno de los mayores símbolos del catolicismo. Otra de sus primeras chocarrerías fue cuando dijo que se flagelaba, y mostró los silicios que utilizaba para sofrenar su carne. Y esa vez, según todo indica, no había aún pasado por bar alguno.

Más recientemente, cual Ciro Peraloca, se le encendió el foquito de inspiración y lanzó un plan de seguridad ciudadana, que consistía en enviar a los malhechores a la selva, donde las shushupes (Lachesis muta), serpientes muy venenosas, se encargarían de controlar a los presos, y sin cobrar nada, por lo que su plan abarcaba no solo temas destinados a acabar con el desgobierno, sino también con el ahorro sustancial de los recursos fiscales, porque las shushupes no usarían uniformes, no cobrarían sueldos ni exigirían el pago de horas fuera de jornada, no tendrían seguridad social, ni tampoco bullangueros sindicatos, tan molestos para la buena marcha del país. Dos y hasta más pájaros abatidos con un solo tiro.

En los más de sesenta años que tengo andando por la Amazonía, de los cuales he vivido 43 en esa región, debo decir que solo he visto dos veces a shushupes en su medio natural. La primera fue en 1968, cuando aún estudiaba Antropología en San Marcos, mientras acompañaba a un grupo de awajun en el Alto Marañón que realizaba un ipaamamu (minga) para talar un claro del bosque con la finalidad de establecer cultivos. La segunda vez fue allá por 1995, en el embarcadero de Atalaya. Mientras esperaba la partida del bote que nos llevaría aguas arriba por el río Urubamba, un par de shushupes se apareaba en la ladera del río. Los conocedores del tema (el botero, el puntero y algunos más) optaron por dejarlas en paz en ese momento de éxtasis amoroso, en señal de respeto del gozo supremo y también por precaución, ya que no sabían cuál podría ser la reacción de las serpientes. Entonces, la embarcación emprendió su marcha aguas arriba.

Pero el hecho de que solo haya visto shushupes dos veces a lo largo de más de un siglo de vida en la Amazonía plantea un problema adicional para los planes de seguridad del candidato. ¿Podrá lograr sus metas con tan escaso personal?

La última cháchara del candidato fue referida a un cauchero, sobre el cual dijo: “la historia de Fitzcarraldo tuvo zonas discutibles, pero que trajo progreso, trajo”. No existe ningún personaje de apellido Fitzcarraldo en la historia del Perú. Ese término es el nombre de una película de Werner Herzog y de un restaurante de Iquitos, por lo que asumo que López Aliaga quiso referirse a Carlos Fermín Fitzcarrald, personaje nacido en Ancash, hijo de un estadounidense apellidado Fitzgerald y de una señora de esa región, llamada Esmeralda López Fernández.

Siendo muy joven, Fitzcarrald fue acusado de espía y condenado a muerte en su tierra natal, trance del cual lo salvó el franciscano misionero Gabriel Sala, quien en un relato de su viaje por el alto Ucayali parafraseó aquello de que la letra con sangre entra, para señalar que el catolicismo con garrote y bala convence. En palabras del propio misionero: En nuestros indios, tanto serranos como los de la montaña, hay que […hacerles…] inclinar la voluntad, aunque sea a garrotazos, a fin de que tarde o temprano se ilustre y abra el entendimiento. Y para que nadie dude de la seriedad de sus recomendaciones, añadió […] supuesto que no quieren vivir como hombres, sino como animales, tratarlos lo mismo que a éstos, y echarle bala cuando se oponen injustamente a la vida y al bien de los demás.

Fuentes franciscanas y otras contienen el informe completo del seráfico padre Sala, mediante el que dio cuenta de su viaje por el alto Ucayali en una lancha de propiedad de Fitzcarrald. En su relato, Sala da narra, con la emoción de un cronista social, los lujos, el buen orden del servicio y lo variado y exquisito de los manjares y licores por la atención que se le brinda en el vapor “Bermúdez” y también de lo que sucedía afuera de la nave, donde los tripulantes se rifaban una muchacha india o pagaban sus deudas con otra de buenas formas, mientras los marineros y gente de tercera, como una peste de langostas, rebuscaban las casas de los indígenas llevándose lo que encontraban, sin cuidarse del dueño de la chacra que los estaba viendo. A parecer, a causa de no usar silicios, Sala no pudo contener su emoción al apreciar las buenas formas de algunas muchachas y de comunicar sus ardores por escrito para futuros lectores. Tal vez son estos hechos los que López Aliaga califica como “zonas discutibles” de Fitzcarrald.

A Fitzcarrald se le atribuye el descubrimiento del istmo que hoy lleva su nombre, que en la selva conocemos con el nombre de varaderos. Se trata de senderos que unen las partes altas de dos ríos que pertenecen a cuencas diferentes, es decir, de uniones terrestres de divorcio de aguas. El cauchero, en realidad, no descubrió nada, porque la trocha era conocida y recorrida por los indígenas que habitaban ese territorio desde tiempos inmemoriales. Pero la manía del descubrimiento que nos legó Colón no ha podido ser superada por las generaciones que le siguieron.

Embarcado en la lancha a vapor llamada “Contamana”, Fitzcarrald remontó el río Urubamba y entró por el Mishagua, uno de sus afluentes, y luego por una quebrada más pequeña llamada Serjali. Cuando esta ya no era navegable, desmanteló la nave y la llevó por partes hasta la otra vertiente. Su intención era llegar al Purús, río que nace en el Peru, en la zona limítrofe entre las regiones de Madre de Dios y Ucayali, y luego entra al Brasil hasta tributar en el Amazonas, cerca de la ciudad de Manaos. Pero, al igual que Colón, que pensó llegar a la Indias Orientales y llegó a otro lugar que tuvo que bautizar como Indias Occidentales para paliar su extravío, el cauchero también se equivocó y llegó al Manu, que forma parte de la cuenca del Madre de Dios, río que entra a territorio boliviano, donde se une con el Beni, que luego forma otros ríos y desemboca en el Amazonas.

Desarmar la lancha para volverla a armar en la otra vertiente fue un despropósito ya que, por supuesto, la experiencia no podría repetirse cada vez que Fitzcarrald quisiera atravesar el varadero para trasladar carga. Si quería reconocer el varadero para establecer una vía permanente de comunicación entre las cuencas (se habla que pensaba tender rieles para un ferrocarril) pudo haberlo recorrido a pie, a fin de determinar sus características (extensión, calidad del terreno y otras) y luego descender por la otra vertiente en balsas para comprobar las condiciones de navegabilidad de los ríos. Por qué lo hizo de manera tan absurda, es una pregunta difícil de responder. ¿Espíritu de aventura, megalomanía? Tal vez esto último.

Lo que sí es fácilmente contestable es la afirmación del candidato López Aliaga de que Fitzcarrald “trajo progreso”. La presencia del cauchero en el sur del país fue efímera, aproximadamente desde 1893 hasta 1897, cuando murió ahogado en el Urubamba, cerca de la desembocadura del Sepa, la colonia penal que parece haber inspirado al exalcalde para su propuesta carcelaria. Este modelo de prisiones, donde los reclusos no pueden ser visitados por sus familiares por razones de lejanía, están prohibidas por convenciones internacionales suscritas por el Perú.

Pero yendo al argumento de fondo, ¿cuál es el supuesto progreso que llevó Fitzcarrald para beneficio de la región? Más bien su muerte significó un alivio para la población indígena que fue asesinada a mansalva por las huestes del cauchero, como lo narra otro admirador suyo, su lugarteniente Zacarías Valdez Lozano, que lo acompañó durante sus correrías por los ríos amazónicos del sur, quien alude a un río teñido de la sangre de decenas de muertos cuyas aguas no podían beberse.

Madre de Dios, como otras regiones amazónicas del Perú ha construido la prosperidad de unos pocos a partir de la década de 1980, sobre la base de actividades ilegales, como la tala de madera, la extracción de oro, el cultivo de coca con fines ilícitos y la trata de personas: prostitución y trabajo esclavo. Y también de otro tipo de delitos, como los promovidos por constructoras brasileñas y autoridades peruanas, que se coligaron en el contrato de construcción de la carretera interoceánica, una vía que han expandido las fronteras de la ilegalidad, pero que no ha servido para incrementar el intercambio comercial entre Brasil y Perú: después de quince años de haber sido puesta en servicio ningún camión brasileño ha llevado carga a los puertos del sur del Perú. En cambio, sí ha servido para ampliar las actividades ilícitas y la destrucción del medioambiente

Pero es claro que de esto último no se puede culpar a Fitzcarrald, sino a otros personajes empeñados, como él, en incrementar su riqueza de cualquier manera.

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