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Jorge Bensimón Chávez, compañero y amigo

Una imagen permanente de él es: sentado en la sala de una casa de la calle Sargento Lores una madrugada de fiesta juvenil mirando la fotografía de su madre, quien acababa de fallecer. De hecho fue el primer –y único- velorio que acudí en mancha con todo el salón de ese 1983 inolvidable. La muerte de su madre nos dolió a todos. A mi me marcó porque su llegada al aula “de los del C” estaba cargada no de una sino de varias leyendas. Que era un intercambio de sección pedagógico, que el cambio obedecía a un salvataje del colegio para no perder a los alumnos y la pensión necesaria, también. Que estaba con matrícula condicional por su mala conducta. Es decir, la chismografía estudiantil tan ávida de esos alimentos inventados o no. Llegaron cuatro: Aquiles García, Valentín Fortes, Jorge Morales y Jorge Wellington Bensimón Chávez.

Es el último de los nombrados a quien considero uno de los mejores amigos que me dejó la edad escolar. Ese año mataperreamos de alma. De corazón y de vida, también. Estudiábamos como locos, nos embriagamos los fines de semana tanto que perdíamos las clases de Educación Física que la bondad del “Negro Sánchez” solapaba porque, además, pertenecíamos a la selección de fútbol. Los fines de semana, antes de las jaranas nocturnas, nos íbamos a la playa y sigilosamente cada una de las cinco parejas nos perdíamos detrás de los árboles para hacer lo que todos maliciábamos y nuestras miradas al retorno delataban. Teníamos 17 años, pues.

Terminada la Secundaria se fue a Lima y un año dejamos de frecuentarnos hasta que coincidimos en la capital. Él vivía en La Victoria, casi al frente del estadio de Alianza Lima y Ángel conmigo estábamos de inquilinos precarios a nueve cuadras y media de su domicilio. Con un añadido: él vivía con sus tíos y primos y nosotros solos. Así que casi todos los días nos caía de visita. No fue un año, ni dos, ni tres, han sido por lo menos cuatro que la pasamos de maravilla. Él sobreviviendo con la pensión familiar que le llegaba puntualmente. Nosotros de la misma forma, solo que la pensión no tenía una frecuencia tan exacta como la suya. Programábamos viajes coincidentes a Iquitos, revoloteábamos el cerebro con la misma enamorada del colegio y con las eventuales que nos mandaba el destino. Hasta que, sin querer queriendo, nos separamos y nos dimos cuenta que él estaba en Israel y nosotros radicando en Iquitos. Siempre estaba en nuestras conversaciones entre Ángel y este articulista.

Hasta que apareció con toda su familia en la capital loretana. Llegaba de paseo con su esposa y sus dos hijos: Zoila, la mujer de su vida, Yuval y Sigal. Ha llegado a venir a Iquitos solo con la finalidad de visitarnos. Con ese desprendimiento innato y ese compañerismo ya casi dejado de lado por las generaciones contemporáneas. Como manda el paso del tiempo cada vez que nos juntamos hablamos de los años maravillosos y los no tantos. En el camino ha muerto su padre, el de nosotros también.

Un buen tipo Jorge. Un buen tipo. Uno de los dos grandes amigos que conservo de las aulas agustinianas. La promoción cumple 35 años de egreso este diciembre, Bodas de Coral le llaman. Hace unos días llamó desde Ber Sheva, ciudad israelí donde radica, para decirme que estaba viendo la posibilidad de viajar a Iquitos para la fiesta de la promoción. Yo sabía que no era una posibilidad sino una certeza. Así fue. Hace unos días llegó a Iquitos –cruzando océanos, dribleando colas en los aeropuertos, zigzagueando las salas de embarque y, para no perder la costumbre, perdiendo su maletín de mano en el aeropuerto de destino final. Ha recorrido más de 15 mil kilómetros aéreos para estar con quienes son sus compañeros. Cualquiera no lo hace. No. Él sí. Desde 1983 que comenzamos a frecuentarnos han pasado 35 años –más de media vida de ambos- y el compañero inicial se ha convertido en el hermano del alma, realmente el amigo que a pesar de la distancia en cada camino o jornada está siempre conmigo, disculpa Roberto Carlos si suena a plagio, disculpa. Ha saltado el charco para estar en este aniversario escolar con todos los compañeros de aula y de recreo. Todos somos compañeros, sin duda. Varios somos amigos. Jorge es uno de ellos. Así que celebramos la Boda de Coral pero también la amistad. Salud Besheco, con Ángel y todos, como lo hacíamos en Jr. Canta 217, interior 20 bajo la llamada estentórea a la señora Amada. Salud por todos y todas, que la vida pasa y la amistad queda y ojalá sea la herencia que dejemos a nuestros hijos, que son la continuación de la especie.


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