ESCRIBE: Jaime A. Vásquez Valcárcel.
“Al filo de la democracia” es el documental, disponible en Netflix, que aborda la vida política de Lula, la aparición de Dilma Rousseff y el triunfo de Jair Bolsonaro. En un momento, quizás donde está resumida la política mundial, carioca, latinoamericana y, claro, peruana, el principal dirigente de izquierda ingresa a Palacio de Gobierno y se sorprende al encontrar en los pasillos al principal empresario de su país. ¿Tú qué haces aquí?, le dice y él, con tono de triunfador permanente, le responde. “Nosotros siempre estamos aquí, ustedes son lo que cambian”. Con letras más y frases menos es lo que sucede, con matices, en la política peruana y, también, loretana.
Muchos consideran que el problema en una elección presidencial se limita a definir quién representa a la derecha o a la izquierda. A partir de esa definición, por demás arbitraria, intentamos explicar el voto ciudadano. Por eso es que se dice, hace varias elecciones, que el sur siempre vota por la izquierda y, la derecha, tiene su bastión en la capital de la República. Si llevamos este análisis a Iquitos, llevarlo a todo Loreto sería pretencioso y por demás arbitrario, nos metemos en problemas de definición. Para un ejercicio electoral mínimo intentemos identificar a quienes representan a la derecha o izquierda en la capital de la región.
La izquierda es la que está enquistada en organizaciones como la CGTP, Frente Patriótico de Loreto y, para no ampliar el segmento, en Construcción Civil y, si nos ponemos un poco románticos, los sindicatos de municipios y afines. ¿Los dirigentes que están por décadas en esas organizaciones son de izquierda? La lista dirigencial es larga y reiterativa. Para no herir susceptibilidades ni estropear egos omitiremos nombres porque, como en otras cosas de la vida, los actores cambian pero la actitud es la misma. Todos vociferan, alardean es el mejor término, ser representantes del pueblo y cuando quieren que esa representación se transforme en votos sufren el golpe con la realidad: apenas logran un millar de votos, en el mejor de los casos, y algunos no llegan ni al centenar. Todos, con excepciones visibles, repiten los mismos vicios de quienes dicen combatir. Se han enquistado en los sindicatos y gremios para gozar de la licencia sindical y no usan el tiempo laboral en mejorar las condiciones de los trabajadores sino sus propias gollerías que se resume así: Cobran sin trabajar.
La derecha, que en el caso de Iquitos a veces es exceso llamarla así, es la que ha sostenido financieramente a los políticos ya sean de izquierda o de derecha. Esa derecha repite las frases de los que desde Lima han hecho de la política un mercantilismo. Son los que, al mismo estilo del banquero más poderoso del país, entregan fondos para sostener a los políticos. En una extensión que en ellos es progreso ya no sólo financian políticos sino que colocan como candidatos a sus parientes. Para proteger las inversiones. Han entregado tanto dinero como traiciones recibidas. Así que ahora, desconfiados por experiencia, ponen como postulantes a quienes llevan su misma sangre, aunque en todos los casos no tienen sangre en la cara. Esa derecha ni es bruta ni achorada. Se han dedicado tanto al clientelismo que ya ni se agrupan en organizaciones, llámese CAPECO, por ejemplo.
No tienen organización porque en el desorden ganan más, facturan más. Basta ver las cifras de quienes han recibido el mayor presupuesto regional, municipal en provincias y distritos para comprobar que se dedican a la construcción y son los responsables de todo lo que se ha destruido en las tres últimas décadas.
Tanto la derecha o izquierda no es que reaparezcan en períodos electorales. Se hacen más visibles, más notorios. Prestan camionetas a los políticos, colaboran con el transporte fluvial de los que ocupan los primeros lugares en las encuestas que ellos mismos preparan. Cuando notan que un candidato presidencial tiene cierta aceptación se empeñan en autodenominarse como los representantes de esas “apariciones”. No llegan al poder y ya quieren repartirse lo que en esos predios se oferta. No tienen perfil propio sino que tienen, deben, someterse a los designios del centralismo político que tanto dicen combatir. Sean de derecha o de izquierda lo que tienen en común es que “salvo el poder todo es ilusión”. Por eso un día pueden levantar la mano de extremistas de derecha y al día siguiente con igual fervor levantan la mano de extremistas de izquierda.
Entre ellos se conocen. Los sindicalistas saben quiénes tiran la piedra y esconden la mano, conocen quien amenaza con “medidas de fuerza” hasta que sin ningún esfuerzo se vuelven timoratos al extremo de pelearse por los cupos aéreos que les han ofrecido para alejarse de Iquitos y pasarse unas horas en Lima. Los empresarios saben quiénes ganan licitaciones para nunca terminar obras, conocen a quienes elevan los costos en un expediente para que los “gastos generales” salga sin dejar huellas. En ese remolino de voracidades no tienen tiempo para sentarse a pensar en la anemia infantil, en la desnutrición, en la comprensión lectora.
En medio de todo este escenario nos coge el proceso electoral. Nos meten a la discusión que si hubo fraude o no, que si uno pasa a la segunda vuelta con el otro o con aquel. Gane quien gane, los ciudadanos perderemos. Pero, claro, de eso es mejor no hablar porque los izquierdistas y derechistas se pueden molestar y, como ya sucedió en otras veces, mandan la moto a quienes se atreven a no estar en su rebaño porque están hartos de tanto engaño.
No tendremos un Lula, una Dilma, un Bolsonaro pero lo que se grafica en “El fin de la democracia” sirve para Iquitos y todo el mundo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí