Escribe: Jaime A. Vásquez Valcárcel
Después de doce años de dictadura militar los peruanos acudían a las urnas para elegir a sus autoridades. La discusión, pública y privada, era sobre si Armando Villanueva del Campo, del APRA, podía ganar a Fernando Belaunde Terry, de Acción Popular, las elecciones presidenciales. Finalmente el arquitecto obtuvo 45% de los votos y “el zapatón” logró 27% de votos, seguidos ambos, muy lejos, de Luis Bedoya Reyes, del Partido Popular Cristiano con 9% de votos. Más lejos quedaron los doce partidos, mayoritariamente de izquierda, que lograron entre menos del 1 por ciento y 3 puntos. Hugo Blanco quedó en cuarto lugar y Horacio Zevallos en quinto. Los dos primeros lugares, noten la diferencia, sumaban 72% de los votos y hoy los dos primeros apenas llegan al 30%.
Luego de ese triunfo apabullante Belaunde llamó a un gobierno de “ancha base” que, con matices, sólo pudo incluir al PPC que lideraba Bedoya. En la lista del PPC como candidatos a Vicepresidentes estaban Ernesto Alayza Grundy y Roberto Ramírez del Villar. En el APRA quienes secundaban a Villanueva eran Andrés Townsend Ezcurra y Luis Negreiros Criado. El líder de Acción Popular llegó a la Presidencia con Fernando Schwalb López Aldana y Javier Alva Orlandini. El APRA, que ya tenía entre sus jóvenes líderes a Alan García Pérez, elegido diputado en esa misma elección desistió, democrática e inteligentemente, rechazar la petición acciopopulista. Así que el PPC, por ese acuerdo, tuvo a su cargo los ministerios de Justicia y Comercio Exterior. En esos tiempos no estaba en uso, como hoy, la palabra repartija. Pero sí hubo escándalos como “El caso GUVARTE” por licitaciones en el INPE y se destapó “Villa Coca” donde el ministro del Interior, un señor llamado Luis Pércovich Roca, fue involucrado.
En esos lejanos años 80 del siglo pasado nadie ni siquiera insinuaba que los vicepresidentes se atreverían a traicionar al Presidente. No sólo porque eran hombres de partido sino porque les unía similares propósitos y se los elegía por ser “de extrema confianza”. Los detalles de ese segundo belaundismo son incontables, tanto nacionales como regionales. Juan Pinedo Nájar, Ramón Ruíz Hidalgo, Juan Checkley Iberico, entre otros, representaban al acciopopulismo y a ellos se tenía que acudir para saborear, gastronómicamente hablando, los mendrugos del poder. El APRA tuvo dos diputados desde la oposición y, con pequeña dosis de poder, Orison Pardo Mattos era uno de los más “respetados” congresistas.
Después de ese desastroso segundo belaundismo, a quienes los caricaturistas y editorialistas de la época, graficaban como un gobierno que estaba en “las nubes” nos llegó el primer gobierno de Alan García. El joven aprista, desde su puesto de diputado, se encargó de “hacer campaña”. Desde 1982 se dedicó a recorrer el Perú. Llegó a Iquitos desde Pucallpa, por vía fluvial. Algo impensable en estos tiempos modernos donde los candidatos creen que bailando en redes sociales basta para “tener contacto con la población”. Como era previsible Alan obtuvo el 53% de los votos. Apabullante. Luis Alberto Sánchez y Luis Alva Castro eran sus “vices”. En esos tiempos había traiciones, políticos al fin, pero eso se daba guardando las formas. Quedó, con el 25% de los votos, en segundo lugar Alfonso Barrantes Lingán, quien desistió de participar en la segunda vuelta y dejó el terreno expedito para que su contrincante, “pero amigo”, Alan asumiera la Presidencia sin pasar por un proceso electoral complementario. El APRA, a pesar de su mayoría parlamentaria, buscó y tuvo aliados. Uno de ellos con lo que quedaba de la Democracia Cristiana que, gracias a esa “repartija”, tenía a Carlos Blancas como ministro de Trabajo.
Algunos jóvenes, como quien estas líneas escribe, acudieron a las urnas por primera vez ese 14 de abril de 1985. Muchos, como quien estas líneas escribe, no recordamos por quién votamos. Pero todos, con excepción de algunos apristas que por esos años comenzaban a frecuentar la burocracia, los “compañeros” se entornillaron en las oficinas públicas y ya se comenzaba a hablar de “copamiento” del Estado. En ese quinquenio los apristas, en Loreto y todo el país, destrozaron el país. Los congresistas por Loreto, apristas claro, tenían su cuota de poder. Orison Pardo, Juan Saldaña y César Zumaeta gestionaban puestos públicos para sus allegados, como es hoy, hay que decirlo. Mientras que desde la oposición Ramón Ruíz Hidalgo (Acción Popular) y Antonio D’Onadío (Izquierda Unida) mantenían un perfil bajo pero igual disfrutaban las gollerías parlamentarias. Ese quinquenio los peruanos sobrevivimos al caos/corrupción aprista. En cinco años los apristas con Alan García a la cabeza ratificaron, desde el gobierno, lo que siempre habían hecho desde la oposición con gobiernos militares y democráticos: negociar todo lo que podían. Así llegamos a las elecciones del 90 y soportamos “en cuidados intensivos” los últimos meses de ese gobierno. La llegada de Fujimori es harina de otro costal y materia de otro artículo, seguramente.
De la elección de diputados y senadores entre 1980-90 hay datos interesantes. Sólo como adelanto de artículos posteriores diremos que en esos maravillosos y tumultuosos años 80s los loretanos elegimos a conocidos, reconocidos y desconocidos. Uno de los que apareció en la elección de 1985 fue un joven universitario llamado César Zumaeta Flores que, siendo último en la lista aprista con el número, 5 llegó al Parlamento donde se quedó más de dos décadas y en el último año del segundo gobierno de Alan García ocupó la Presidencia del Congreso y que en las últimas elecciones 2026 postuló al Senado en la lista Nacional y quedó en los últimos lugares, siempre en el APRA.





