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EL JUANE DE LA ESQUINA

Por: Marco Antonio Panduro

Saltaremos la dirección exacta a fin de preservar la identidad del joven que en este momento me está haciendo entrega del pedido: un juane ni muy grande ni muy gordo, incluye un par de diminutos tamales y de humitas, y la salsa de cebolla en julianas en una bolsita transparente que hace de sachet.

Le he preguntado si vive en esta calle del centro urbano de Iquitos. Me responde que no, que “Yo vivo en la San Antonio”, en referencia al Pueblo Joven San Antonio en Punchana, conocida hoy y siempre como “la San Antonio”.

Le mostré mi extrañeza. “Pensé que vivías en esta calle, a media cuadra, y que sacabas esta mesa de tu casa, y que te instalabas en esta esquina a vender”. “¡No, no! continúa–. Antes vendía a cinco cuadras de acá, poco a poco me he ido acercando”. “Cinco cuadras más acá” quiere decir estar dentro del casco histórico de Iquitos donde el control municipal del comercio ambulatorio es más riguroso. Si es que existe, claro.

La compra de insumos la debe de hacer en Belén. Cada mañana este joven de unos veinticuatro años junto a su mujercita cruzan la ciudad. No se detienen en el Mercado Modelo –por la lógica de la cercanía tendría que ser el centro de abastos– y es que sus proveedores y la variedad las encuentran en Belén.

A casi el mediodía, ya de vuelta en casa, se da inicio la preparación del juane. El sazonado de las presas (como se comprenderá estas no pueden ser de gallina, el precio de venta al público se dispararía), la mezcla del sachaculantro y los huevos crudos con el arroz que está casi listo. Las hojas de bijao pasadas por el fuego hasta que se ablanden. Después el armado del juane. Y volverlos a la olla con toques de hojas de laurel para que hierva cerca de una hora. Una elaboración más sencilla y simple en calidad y cantidad a la reservada para los días de junio que atraviesan las celebraciones del santo patrono. Menester es volver comercial el plato de bandera de la selva, versión del día a día. Cuestión de negocios o cuestión de sobrevivencia.

Igual le ponemos esmero”, me confiesa. “Eso lo sabré cuando llegue a mi casa y pruebe tu sazón”, le digo yo. Los tres reímos. Le pregunto enseguida si los supervisores de la municipalidad no le dicen nada (en teoría, está prohibida la venta ambulatoria en el casco urbano). Niega con la cabeza. “Al supervisor le suelto 1.00 sol cada noche y ya no molesta. “¿Es por el permiso?”, le pregunto. “Me cobra 1.00 sol cada noche –hace una pausa breve–, pero es para su bolsillo”. Y ríe. Su sonrisa lleva el chasquido de lengua parecido al de la impotencia. “¡Saca tu línea, amigo!”, me dice. “No soy el único que vende por acá. ¿Cuánto hará por noche?”

Se desprende de esta breve “historia de la vida real” el peso de la corrupción instaurada y normalizada que va desde el caleidoscopio de nuestro protagonista, hasta las altas esferas que ya ni imaginar lo subrepticias que puedan ser.

Iquitos diera la impresión, aunque en menor medida y con sus matices tropicales, de ser Chicago de inicios del siglo pasado, pues como sucedía por aquellos lares y por aquel siglo, en el Iquitos de ahora hay una variedad de actividades camufladas de cierta legalidad, como la usura, el juego de tragamonedas, la prostitución y la extorsión soterradas. Y con un gansterzuelo –no será el único, de hecho– rondando en moto y cobrando cupos por ahí.

Ya lo tengo ubicado”, me comenta. Quiere decirme que cobrado los respectivos sencillos, con ese dinero, el tipo se va jugar su partidito de fútbol por las noches. “Con eso apuesta”, termina diciendo.

Al final de la jornada, quizá once de la noche, en la esquina se ha estacionado un mototaxi que los espera. Junto a su mujer, colocan la mesa, los banquitos de madera, los baldes, las ollas, todo el aparejo culinario en la parte trasera del vehículo que conduce un vecino suyo, y vuelven a “la San Antonio”, como dice.

Mañana hay que levantarse temprano. Mañana que hay trabajar por la noche. Mañana hay que trabajar para otro. Esto no lo digo, por supuesto. Solo lo he pensado.

Me despido del joven y de su mujer. Y regreso a pie –ni tan cerca ni tan lejos– llevando mi pedido en una bolsa transparente. Llego a casa. Procedo en abrir el emblemático plato de la selva.

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