Por Gerald Rodriguez N.

Cuando Alfredo Bryce Echenique escribió su primera colección de cuentos titulada Huerto cerrado, en 1968, quizás entregaba a la vez más que una simple colección de relatos cortos. Entregaba a la literatura peruana contemporánea una de las entradas a una puerta permanente, una de esas entradas que se abren sin solemnidad, pero que al mismo tiempo dan acceso a recuerdos de juventud, a la clase media limeña, al amor torpe, a la vergüenza social y a esa educación sentimental que no enseña a triunfar, sino a perder con elegancia.

Jorge Eslava afirma que la obra iba a recibir originalmente el título “La vida es así”, título que luego el autor rechazó en favor del que adoptaron finalmente en base a la sugerencia de Julio Ramón Ribeyro. La obra resultó ganadora del concurso Casa de las Américas 1968 y se editó ese mismo año en La Habana. Esa entrada a la narrativa peruana es importante, no sólo por los datos editoriales de la obra. El primer libro de cuentos suele constituir una declaración de intenciones. Así, Huerto cerrado anuncia una voz que recuerda con ironía, se burla con sufrimiento y contempla con nostalgia el pasado a la vez que lo ridiculiza. Así, cada uno de los episodios de juventud en el libro es como esa fotografía mal guardada, llena de sentimientos pasados y música de aquellos tiempos ya no vividos. El protagonista de estas experiencias es Manolo. No es un héroe, una rebeldía ni un niño destinado a conquistar el mundo. Más bien, es justo lo contrario. Es un muchacho sensible, incómodo con otros y con él mismo, un flacuchento observador y una persona que aprende de la vida en general más que de experiencias. En efecto, Manolo aprende no a partir de una superioridad sobre la vida, sino a partir de las mismas experiencias. Aprendió a perder avergonzándose y deseando. Aprendió a ser un hombre cuando comprendió que su padre es mortal, el amor no todo y que la clase social humilla.

Es por ello que Huerto cerrado se puede llamar un libro de iniciación. Pero no un libro de iniciación al mundo, como en una novela de aprendizaje tradicional, donde el protagonista madura, crece y encuentra su lugar en sociedad. Al contrario, se da algo más trágico e íntimamente humano aquí. Manolo crece para comprender que no tiene lugar preciso en el mundo. Iniciación no produce felices resultados de integración en la sociedad. El niño no triunfa entrando al mundo de los adultos, sino es expulsado del jardín de su infancia. Este jardín es el “huerto” mencionado en el título de la obra. Este huerto es un lugar personal, íntimo y a la vez cerrado e irreparable. Juventud y adolescencia quedan tras Manolo como paisaje al que es posible retornar sólo a través de la memoria.

Gabriela Mora dice que Huerto cerrado debe verse como un libro enlazado de cuentos, cíclico y secuencial: aunque cada cuento se lee de forma autónoma, juntos conforman una historia completa, la historia de la maduración del personaje. La estructura de la colección de cuentos es fundamental para entenderla. No se trata de cuentos simples reunidos al azar, ni de novela lineal. Se da en este libro algo entre medio de estos dos géneros, algo híbrido y productivo. Huerto cerrado parece un libro de iniciación similar al álbum en el que se guarda fotos de las diferentes experiencias y episodios decisivos de vida. Y así como ocurre en la realidad, Manolo aprende no desde grandes lecciones de la vida, sino a través de pequeños episodios: un viaje, una bicicleta, una fiesta, una caminata, una enamorada, prostíbulo, una conversación, humillación.

En primer lugar, se da el episodio de “Dos indios” con un Manolo adulto en Roma, alejado de Perú, desconcertado y sin conocer qué hacer con su vida. En este episodio ya se da una pregunta importante acerca de este chico y lo que le ocurrió durante su vida. El resto de la obra parece contestar a esta pregunta retomando su pasado, su historia. Según Gabriela Mora, el primer cuento puede tomarse como un tipo de prólogo y al mismo tiempo como un epílogo, pues Manolo, adulto, introduce en este capítulo y simultáneamente anuncia la importancia del pasado que se describe en otros relatos. Esta crónica comienza para Manolo desde un lugar difícil, doloroso e inaceptable. Personaje de adultez contempla Perú no sólo como lugar perdido para él, sino como origen de su fracaso. Regreso al Perú significa retorno a las raíces, a esa vergüenza, deseo, amor, clase social, familia, torpeza de ser diferente. Entre las experiencias más significativas de esta maduración en Huerto cerrado está “Con Jimmy, en Paracas”. El viaje con el padre es inicialmente una aventura ordinaria, pero pronto se vuelve doloroso encuentro. Manolo descubre que su padre, que debía ser seguro para él, fuerte y protector, en realidad —es decir—teme a sus superiores y a sus empleadores. Este descubrimiento duele especialmente, pues rompe toda imagen de infancia. De acuerdo a Jorge Eslava, en este episodio Manolo contempla la desintegración de la figura simbólica del padre. De este modo, Manolo comienza su educación social. Manolo comprende que el adulto teme. Padre, al igual que otros adultos, es subordinado a las leyes del poder. Dinero, como poder y posición, organiza gestos, comportamientos y humillaciones. Jimmy es otro mundo para Manolo —este rubio, seguro, maduro y poderoso, hijo del jefe. El mundo tiene coches, whisky, poder y autoridad. Por otra parte, Manolo mira todo esto desde el margen, sin saber qué hacer con este nuevo mundo, cómo vivir, cómo comportarse.

Iniciación. Manolo es también su educación social. Huerto cerrado refleja la vida de Lima burguesa y de la clase alta de la época de manera muy precisa. Esto no es un simple postcard. Este es un mundo de colegios, clubes, casas, salidas a las excursiones, apariencias y jerarquías sociales, una ciudad de diferencia sin explicación y sin discurso académico. Por ejemplo, en “Su mejor negocio” la venta de bicicleta al jardinero Miguel es episodio revelador de relaciones sociales entre clases, aunque no está formulado como tal. Bicicleta que para Manolo es algo que pertenece a la infancia, puede ser algo completamente diferente para el jardinero Miguel —el instrumento de trabajo. Una cosa es juguete y recuerdo para algunos y necesidad para otros. Manolo se educa no sólo respecto a la vida social, sino también respecto a mujeres, aunque este proceso tiene su complejidad propia. Por ejemplo, en “Las notas que duermen en las cuerdas” se presenta Manolo que empieza a sentir deseo, pero no puede vivir su homosexualidad al mismo nivel que sus compañeros. Mirando a las chicas, Manolo se conmueve y perturba. Al mismo tiempo Manolo se perturba por vulgaridades masculinas. No es santo, pero no pertenece a ese mundo de machos seguros. Su sensibilidad le hace parte diferente de la vida colectiva. Después viene “Una mano en las cuerdas”, donde se describe el amor juvenil, diario, espera, torpe y puro. Manolo ama a Cecilia tal como se ama a esa edad —con pasión excesiva, miedo y con la ilusión de pureza. El amor a esta etapa aún no posee; amor espera, torpeza e idealización. Sin embargo, a su alrededor, Manolo está rodeado de amigos, consejos, normas masculinas. Hay que besar, avanzar, probar y hacer. Todo esto hace que amor sea examen. Examen se vuelve aún más doloroso en episodio de “Yo soy el rey”, iniciación sexual fallida. Los amigos de Manolo llevan a él al prostíbulo, es decir, al lugar ritual y misterioso, lugar de iniciación. Pero Manolo no se satisface. Esta experiencia no confirma su hombre, sino que perturba. Jorge Eslava afirma que Manolo se encuentra ante contrastes imposibles: en la misma pared se encuentran estampas religiosas y Miss Universo. Diferentes mundos se encuentran ante Manolo, provocando perturbación.

Especial interés de este capítulo es el hecho de ruptura con mito de masculinidad tradicional y sus rituales. Manolo no retorna del prostíbulo adulto y satisfecho de sí. Él regresa aún más confuso. Sexualidad es en este caso no una victoria, sino el extrañamiento. Cuerpo amado se entrelaza con culpa, asco y demanda social. Por tanto, Alfredo Bryce Echenique demuestra en este episodio lo absurdo y falsedad de la idea ritual masculinidade, revelando el terror que ella oculta tras su superficie. En “El descubrimiento de América” el chico ya no es tan puro, pero a su vez aprende a engañar, desea y hace daño. En esta relación de Manolo con América, menos sofisticada y protegida por las reglas, se encuentran amor, deseo, cinismo y culpa. Iniciación aquí es aún más complicada y dolorosa: Manolo aprende no sólo que se puede ser objeto de estas normas, sino que a su vez es posible ser un reproducidor de estas normas. Ser posible manipular y lastimar. Ser capaz de hacer cosas horribles. Este es el uno de los descubrimientos más dolorosos en Huerto cerrado. Madurar no significa volverse mejor. A veces madurar implica descubrir la capacidad de la mentira dentro de sí mismo. La inocencia se pierde no sólo por crueldad del mundo alrededor, sino por la crueldad dentro de uno mismo. Familia también se desestructura en este libro. “La madre, el hijo y el pintor” presenta a Manolo presenciando ruptura de sus padres y encontrándose frente a dos versiones de pasado y dos afectos. En este relato madre ya no es intocable, padre ha dejado su pedestal antes. Juego familiar se transforma en juego de mentiras y juegos de niños ya no existen. Manolo aprende que adultos no tienen respuesta y que familia —ficción hasta que se desintegra.

En fin, “Extraña diversión” es la última página que cierra el libro de Manolo con imágenes intrigantes. Personaje realiza actos extraños: cuenta, camina, juega, escala muros y mira desde los márgenes. Jorge Eslava nota que este episodio funciona como perfecta conclusión del volumen, pues vuelve al lector a esa rareza peculiar de Manolo. En verdad, ya no es simple muchacho que ha crecido, sino alguien que se ha convertido en parte de la periferia, en algo entre pasado y presente, entre cordura y extravío particular. Por ello, Huerto cerrado no es solo libro de juventud. Este es un libro crítico y poético de pérdida de inocencia. Manolo pasa todos ritos y nada le proporciona pertenencia definitiva. Ni padre, ni amigos, ni amor, ni sexualidad, ni clase, ni familia son capaces de darle lugar seguro en el mundo. Aprendizaje Manolo no es una serie de éxitos, sino de decepciones. Lo nuevo en este libro es el hecho de que Alfredo Bryce Echenique capta fragilidad como estructura de la obra. Humor evita solemnidad, dolor. Ternura previene frialdad crítica. Memoria mantiene pasado. Enlace de los cuentos permite presentar historia de Manolo tal como recuerdos frecuentan mente —no como línea recta, sino como conjunto de episodios dolorosos. Al leer este libro, Manolo no aprende a triunfar, sino a mirar, y mirar ya es aprendizaje para él. Manolo mira a padre humillado, amigo poderoso, jardinero pobre, chica idealizada, la prostituta, a madre deseada por otro, a cambio ciudad y a cierre del pasado. Mira y sufre.

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