ESCRIBE: Jaime Vásquez Valcárcel Valcárcel
El mejor equipo de CNI, el único CNI, fue el de 1977. Palabra de hincha. CNI, en sus cien años, ha tenido épocas maravillosas, claro. Los años de gloria que regaló a la afición amazónica de mis años de infancia/adolescencia van de 1977 hasta 1985. Testimonio de parte, de hincha, del nunca superado “Sí, sí, sí, arriba CNI”. El único CNI es el fundado en mayo de 1926 por ese amazónico Pedro A. Del Águila Hidalgo. Hay otros que lo han fundido, es verdad, pero estamos para celebraciones. El único himno futbolístico insuperable es el que interpretó el maestro Orlando Cetraro de Souza con letra y pentagrama de Lorenzo Luján Darjón. Ese himno que, donde sea que se escuche, provoca nostalgia. Quizás esos 47 alumnos que acompañaron al director del colegio en la fundación no se imaginaron que un siglo después CNI, el equipo tanto como el colegio, seguirían vigentes no sólo en la “noble institución” sino fuera de las aulas y de las fronteras iquiteñas. E ahí el legado.
Retrocedo a la maravillosa década del 70. Ese año de 1977 los partidos se programaban a las 3.30 de la tarde. El estadio se abría a las 11 de la mañana. El viejo Max no tenía techo, un viento huracanado de años anteriores llevó toda la infraestructura. Unos hinchas vinculados a la herrería iquiteña tuvieron la genial idea de construir un techo portátil que apenas abarcaba un pequeño perímetro de la parte alta de Occidente. Eran los tiempos en que una bocina anunciaba la llegada de los jugadores, la salida de los titulares y los goles, olímpicos algunas veces, del chejo Perales. Eran los tiempos en que los hinchas acudíamos al estadio con la seguridad de un triunfo. La duda era el marcador, no quién ganaba. Porque CNI de local era invencible al ritmo de “tu marcialidad siempre al desfilar te hace distinguir”.
En esas tardes albas el arco de CNI estaba seguro con un señor imponente llamado Otorino Sartor, arquero de la Selección Peruana y que pasó sus mejores mejores momentos en Iquitos, donde tenía un gran amigo, Víctor Vargas, que luego quedó en el puesto porque el nacido en Chancay le confiaba todos los secretos para que el balón no ingresara a la valla. En ese tiempo corría el rumor, nunca confirmado, que Otorino inventaba una lesión para que su compadre sea titular y, también, que con pana y elegancia empinaba el codo hasta las últimas consecuencias para que no alinee en el equipo titular y “el posheco” Vargas lo reemplace. Todos esos recuerdos vuelven con esa tonadita de “te aplaudimos sin cesar, al ver tu gran tesón en el deporte y en la instrucción”. Si de empinadas de codo se trata, no hay que olvidar que, al mismo estilo del Cholo Sotil o el carioca Ronaldinho, un jugadoraso como “Masato” Mori ya hacía de las suyas con su dribling loretano en las dos áreas, la chica y la grande.
En esas tardes albas en el equipo de CNI estaba el Perú entero. Con todas sus sangres, todas sus razas y su toque de loretaneidad. Alfonso Marañón, un señor del medio campo donde la camiseta blanca resaltaba ante su negra humanidad había llegado del Rímac para sorprender a los que vivíamos a orillas del Amazonas. Con el cuello un poco inclinado y las manos en perfecta sincronización con las piernas, contenía el avance del rival y, no sólo quitaba “la número 5”, sino que entregaba con precisión para que ya sea Herrerita o Nehemías Mera, comenzaran el ataque que terminaría en gol, con la perfecta intervención de Bernabé Navarro, Juan del Aguila o Perales y, algunas veces, el mismo Mera. Y ahí uno se ponía a cantar mirando al cielto “La, la, lara, la, la, larara… a ti colegio audaz te aplaudimos sin cesar”.
Esas tardes albas la defensa era de altura, no sólo por la estatura sino por la paciencia de Pedro Cajo, la decencia de Roberto Céspedes y la elasticidad de Israel Quijandría, la versatilidad de Rufino Bernales, la sapiencia de Juan Rubianes y el señorío central de Julio Bartolo Tijero. Como si esos nombres no fueran suficientes, había un joven loretano Guillermo Rengifo, conocido con el apelativo de “Chorizo” que alternaba en el primer equipo con su corridita pausada como diciendo “despacio que estoy apurado” al estilo de Mario Moreno Cantinflas. Con ese equipo provocaba cantar “Tu moral, precioso don, te hace visible en toda ocasión”.
Esas tardes albas triunfales del domingo eran la consecuencia de un trabajo minucioso del entrenador Alejandro “Cholo” Heredia. Seleccionador nacional, acompañante en el Comando Técnico del seleccionado que participó en Argentina 78. Un señor entrenador. Con una calvicie pronunciada y unas patillas de la época el cholo Heredia dirigía el equipo, dentro y fuera de la cancha. Y los loretanos con nuestro hablar cantando mirábamos los goles que él presagiaba en la pizarra y, nuevamente, cantábamos: “Pues tienes noble y bello ideal, y eres un club correcto y leal, la, la, la, lara, la, la, larara…”
El de 1977 fue el mejor. Una opinión subjetiva, claro. Es que los hinchas somos, debemos, ser subjetivos. En esa opinión no podemos obviar, absurdo fuera, los años 1983,1984 y 1985. Máximo Carrasco, arequipeño minucioso y estudioso, fue el menor técnico que tuvo el equipo colegial, aunque sólo estuvo en 1983. Ese año hizo debutar a Richard Vinatea Collazos que, valgan verdades, es para una historia aparte. José Fernández, otro grande de los técnicos de esa época, que en 1984 nos entregó tardes gloriosas. En 1985 llegó Víctor “Pitín” Zegarra pero, a las pocas semanas, dejó el buzo de entrenador y fue reemplazado por Alejandro Heredia, quien se encargó de armar otro gran equipo. En esos años, también gloriosos, alineaban Florentino Bernaola, Roberto Arrelucea, Ramírez Púa, César Adriazola, Ernesto Chivo Neyra, Ernesto Guillén, José Carranza: 1983. Ramón Quiroga, Rino Giordano, William Huapaya, César Lovera, Walter Díaz Jacinto, Simón Olea: 1984. Oscar Vera, Juan José Sato, Richard Vinatea: 1985, “la, la, la, lara, lara…”.
Ratifico, el de 1977 fue el mejor. Se acepta otras opiniones. Aunque en el equipo de 1974 estaba la base. A los ya nombrados hay que agregar a Nieri, Papelito Cáceres que, bajo la batuta de David Rodríguez, quizás el entrenador que más veces dirigió el equipo en distintos años y que tenía el apelativo de “Patón”, mostraba toda su humanidad siempre con un silbato en la boca y los bigotes negros que contradecían las canas que peinaba. Ese año CNI llegó a la Liguilla, estaba entre los seis grandes del fútbol peruano y todos coreábamos “Noble asociación…”
Por su temperamento, su pasión y su amor al CNI el mejor presidente que tuvo fue José “Pepe” Zanetti. Le tocó unos años prodigiosos. Donde abundaba la plata, gracias (o por desgracia) al narcotráfico y porque en Iquitos los traficantes querían imitar al patrón mayor: Pablo Escobar Gaviria. Esos años, no olvidar, Hungaritos, Capitán Clavero y CNI tenían una planilla que sólo el dinero ilegal podía solventar. Más allá de esos detalles, para unos sin importancia, Pepe Zanetti supo presidir una institución que daba alegría a la población. Lástima que ese mismo dinero determinó que Zanetti dejara Iquitos y se instalara en Miami hasta su fallecimiento. Y se fue con su música a otra parte, seguro cantando el himno albo.
Mejor equipo: 1977. Mejor entrenador: Máximo Carrasco. Mejor presidente: Pepe Zanetti. Falta una categoría. Mejor jugador: Juan Miguel del Aguila Salazar. Como tal merece un artículo aparte y nuestra generación aún le debe un homenaje. Claro, cada hincha tiene sus preferencias que, como sucede con todo equipo grande, y CNI lo fue, genera controversia y polémica. Bienvenida sea porque eso inmortaliza a la institución, a los jugadores, a las jugadas y a las tardes gloriosas.
“Noble asociación de nuestro plantel, gran centro de sport, hoy te ofrendamos nuestro amor…”. Cien años después esa música, esa letra, esas gambetas, esas tardes de gloria, siguen intactas a la espera que alguien promueva, como en las estirpes condenadas a los siglos de soledad, una segunda oportunidad en la tierra. Sí, sí, sí, arriba CNI.








