El señor Robinson Rivadeneyra, vestido en camisa de varias varas, esposado hasta el escándalo, embozado como perro rabioso, maniatado igual que orate y fuertemente resguardado por efectivos del serenazgo de todas las alcaldías loretanas que estaban bajo el mando batidor del ministro Urresti, fue embarcado la tarde de ayer en una balsa viajera. Así comenzó el largo viaje hacia el sanatorio de Siberia, donde los médicos designados por el Estado peruano esperan curarle del terrible mal que padece.

Sucedió aquel tiempo, poco antes de las elecciones del 2014 que el Jurado Internacional de Elecciones Libres, entidad mundial que se ocupaba de todo tipo de contiendas de las urnas, determinó que ciertos candidatos loretanenses tenían que firmar el Nuevo Pacto Etico Electoral las 24 horas del día y de la noche. Porque seguían con insultos y con agravios luego de haber firmado el primer documento. Esa era la manera de evitar que esos ciertos candidatos perdieran el tiempo en pequeñeces biliosas, en furibundas frases perdidas. El señor Rivadeneyra, un político jubilado que había perdido el rumbo, el norte, la brújula, el sextante, puesto que vivía en Ucayali y candidateaba en Loreto, firmaba y firmaba y seguía con sus insultos y sus agravios.

Los miembros del jurado le sometieron a controles cercanos, le mudaron un bozal, le amarraron la lengua, le pusieron una tuza en la boca, pero el aludido seguía firmando e insultando. El entercado ciudadano daba la impresión de que había perdido el control sobre su propia habla. Es decir, estaba enfermo. Padecía algún extraño mal que le perturbaba el sentido del propio honor, el valor de la palabra empeñada. No podía seguir en ese plan, firmando e insultando a la vez, y así fue como el Estado incaico buscó un lugar acorde con su desquiciamiento para que recupere la cordura y la calma y postule después en Huánuco que está más cerca de Pucallpa.