El Perú no merece tener como ciudadanos a la mayoría poblacional que hoy lo habita. No se merece, con tanta diversidad cultural y biológica, vergonzosos pedidos de asilo diplomático y complejas investigaciones sobre casos de corrupción.

Lo lamentable de la situación como país es que solo se está pensando: frecuentando algunos círculos, bares, plazas, locales comunales; pero no se está actuando. No hay día que uno reclame que la corrupción y la inseguridad han aumentado, que la administración de los ministerios y de los gobiernos locales se ha vuelto menos eficaz, y que el crecimiento económico se ha estancado.

Queda claro que todos necesitamos un Estado (más) eficiente en todos sus estamentos. Las autoridades locales recién electas deben moldar en desarrollo los recursos públicos disponibles. Se logrará si están familiarizados con las herramientas para la gestión pública local, si conocen los procesos de inversión pública que les permita identificar y formular adecuadamente proyectos que mejoren las condiciones de vida de los peruanos, y si fortalecen la gestión de programas sociales.

Además, las autoridades y la sociedad civil necesitan conocer las herramientas de participación ciudadana —revocatoria de autoridades, rendición de cuentas, presupuesto participativo— para fomentar la transparencia y fortalecer la fiscalización. Esto complementado con una ciudadanía mucho más proactiva, que reclame los servicios que se merece y el adecuado uso de los recursos que salen de sus bolsillos.

Inevitablemente, la ardua labor de convertir el Perú en un Estado sólido, estable, que cumpla con severidad las tareas de la integración y que deje de lado la confrontación sigue pendiente. ¿Qué esperamos para poner manos a la obra en la construcción del Estado Nacional?