LOS INOCENTES

Ya que vine escribiendo sobre la brevedad de los libros, hay uno al que le cogí un especial cariño, pues lo cuido y evito prestarlo. 

Es un libro de ochenta y dos páginas que no podía comprar en su momento, pero que se mencionaba en las bocas de los maestros que encontraba al paso. Y el autor fue, además, un tipo desenfadado y humildísimo, y sincero; un señor que siempre cargaba el pelo largo y la sonrisa risueña, y un par de chelas hacían de él un provocador. No lo conocí. Deseaba conocerlo. Y me hubiese encantado. Escuché tanto sobre él y su obra, que en la actualidad tiene un espacio —enorme— en la historia de la literatura peruana. Un espacio ganado en valor a su obra, a su creación, a su convicción, al trabajo de su palabra, de la frase bien escrita, de la historia bien contado.

Oswaldo Reynoso es, sin duda, un referente, aunque hasta hace menos de veinte años se leía a escondidas, como si fuese un delito aceptarlo, como si se estuviese cometiendo un delito al leerlo. Hasta en su ciudad natal, su amada «lámpara incandescente», no se le leía correctamente; pese a que era conocido, se le tenía sitiado, casi en el olvido. 

Hoy, Oswaldo Reynoso, es un autor imprescindible, y Los inocentes, y su brevedad, es una joya literaria.

Les chismeaba: no pude comprar el libro en su momento a falta de plata y cuando la tuve, no lo encontraba, hasta que lo vi en un estante y quise ser un inocente, otro huidizo, otro loco que intenta sobrevivir en una ciudad arruinada. Y sucedió, me convertí en uno: hice un rescate literario, es decir, tomé prestado de algún sitio o persona, y quedó en mis manos colgado para siempre, en mi mente flotando con rumbo fijo. 

Oswaldo Reynoso demostró en Los inocentes, que todos somos tenemos un poco de inocencia y descaro, un tantito de Colorete y El Príncipe, de Cara de Ángel y Carambola, un poco de timidez y rebeldía, demostró que somos unos tipos que buscan aceptación —o que ya son aceptados— en la collera, pero que siguen temiendo, que esperan ser figuras, ligeras o protagonistas, del espacio, de la plática, del boca a boca. Todos somos inocentes. Todos pecamos de inocentes. O en todo caso, nos hacemos los cojudos.

En los cinco cuentos de Los inocentes, existe una diversidad narrativa que sobresale. Veamos:

«Cara de Ángel», aparte de iniciar la obra, se divide en dos partes. En la I, el pensamiento del protagonista prevalece, es un monólogo que muestra su carácter, que desentraña sus sentimientos confusos, su forma de ver la realidad: «Esa camisa roja que está en la vitrina es bonita, pero cara. Es marca B. V. D. Todas las vitrinas deberían tener espejos. A la gente le gusta mirarse en las vitrinas. A mí, también. El color rojo de la camisa haría resaltar la palidez de mi rostro. Estoy ojeroso: mejor. Tengo el cabello crecido: mucho mejor. Cara de Ángel: sí. Nunca: María Bonita. Ni mucho menos: María Félix. Que no se les vuelva a ocurrir llamarme así; porque les saco la mierda. No tengo cara de muchachita. Mi cara es de hombre», (pp. 11-12). 

Sin embargo, en la II, vemos el despliegue exquisito del narrador en tercera persona para desenvolver la bronca con naturalidad: «Colorete se avienta furioso, lo toma por la cintura y caen al piso. Ágil, con las piernas, le hace tenaza en el cuello. El rostro de Cara de Ángel se enrojece y las piernas de Colorete ajustan, nerviosas. Sorpresivamente, Cara de Ángel le toma el brazo y se lo tuerce por la espalda; libera el cuello y aprovecha para montarse sobre su rival», (pp. 20-21).

En «El Príncipe», también de dos partes, vemos que los diálogos dirigen la historia, le dan el pulso y la fuerza necesaria para narrar: «De pronto, desde la puerta del café, Corsario grita:

    —El Príncipe en “La Tercera” con foto y todo.

    —A ver, luzmila para mi ojal —contesta gracioso el Rosquita.

    —El Príncipe en “La Tercera”: ¡Pendejo!

    Extienden “La Tercera” sobre la mesa y leen en silencio.

    Ansioso devoran la noticia y sorprendidos quedan en silencio.

    —Esto hay que celebrarlo», (pp. 29-30).

Mientras que en la II, el interrogatorio de El Príncipe es una evocación de los hechos, un confesionario solo para el lector; el cuento se desarrolla entre paréntesis: «(Cuando ya regresaba a mi casa, al cruzar la Avenida Tacna, vi un For. ¡Pucha si estaba bobo!: lo habían dejado llave al motor y con las ventanas abiertas. Se necesitaba ser muy Gil para encontrar así un For y no choreárselo. Tranquilo y sereno abrí la puerta. Me senté bien cómodo, como si fuera mío el carro. Encendí el motor y allá me fui, despacito no más, para que el tombo no se diera cuenta)», (p. 39).

En «Carambola», el diálogo se despliega, y en jerga, nos muestra lo que se temía: la ingenuidad del protagonista: «—Bueno, Don Mario, este… yo sé que usted es bien leído y experimentado. Este… no sé cómo decirle…

    —Habla no más, sin miedo, para eso somos hombres.

    —Ya, Don Mario, pero antes, salud. Este… estoy bien templado de una chelfa del barrio.

    —Y qué pasa, ¿le has clavado un hijo?

    —No, Don Mario, todavía.

    —Quién es, ¿la conozco?

    —Sí, Don Mario, pero mejor no le doy el nombre», (pp. 47-48).

En «Colorete», la música prevalece, discurre al ritmo del narrador y lo deja en la penumbra, lo aloca, lo distrae, lo tiene sumergido en sus pensamientos, prendado de Juanita. Pero como es lo común en la juventud, el fracaso es un cargo que se debe pagar: «Juanita. Juanita. Cuando te veo sufro. Cuando no, también. No sé qué  hacer. Esta noche te saco a bailar. Guaracha, no. Bolero. Bolero. Me apretaré a tu cuerpo. Te oleré de cerca. Y si puedo, te beso. Palabra», (p. 52).

Y, por último, en «El Rosquita», el más breve de todos y el que me encandiló, alguien nos cuenta sobre un muchachito tierno, sobre un héroe, que resulta ser el héroe de la collera, el que intenta ser distinto, pero no puede; el entorno es su maldición, lo enturbia, lo vuelve tímido, lo humilla: «Si en algo has fallado (Rosquita) ha sido por tu familia, pobre y destruida; por tu Quinta, bulliciosa y perdida; por tu barrio, que es todo un infierno; y por tu Lima. Porque en todo Lima está la tentación que te devora: billares, cine, carreras, cantinas. Y el dinero. Sobre todo el dinero, que hay que conseguirlo como sea. Pero sé que eres bueno y que algún día encontrarás  un corazón a la altura de tu inocencia», (p. 60).

Son duda, Oswaldo Reynoso ha dejado un legado que no debe ser perdido de vista. Una obra que debe seguir llegando a más lectores, que debe caer en las manos de más inocentes, como yo.