ESCRIBE: Hernando Pizarro

Los sueños dulces, luego de haber experimentado sentimientos efímeros que hirieron mi corazón, son sin duda, la muestra máxima de ternura para los bellos ojos del alma, que antes anduvieron entre lágrimas.
*
Descubrí, ya con el transcurrir del tiempo y el peso que acarrea ser consciente de ello, que más allá de postear temas políticos, podía adentrarme al río lleno de bellas doncellas; por cierto, la historia empezó por redes, fue consolidándose en mis sueños, y a continuación os cuento con mucho amor.

Su bella sonrisa me cautivó, su cabello de rubios californianos se lucían como cual belleza de mujer en los tiempos de Troya, donde se podía apreciar la plenitud de la creación divina en su máxima expresión románticamente hablando. Un baile en grupo, esa puesta en escena a través de esa red social que las gentes llaman tick top (sic), dejaba ver sus curvas de Diosa amazónica, pero con aires europeizados. Así me cautivó, radiante, alegre, y sobre todo noble.

Decidí emprender una conquista por ese territorio bello que representaba su corazón. Tercamente insistí en pedir el número de su celular; a la primera me dijo que no, a la segunda logre el primer objetivo, y bastó solo ese acto para sentir su vibra llena de paz, y con ello traía también una tristeza de desamor, que le embargaba el corazón. Le dije cosas bonitas, y cuando llegó el primer día de conocerla en persona, llevé una rosita que había encontrado en mi sala, fue algo espontáneo. Sin darme cuenta, volvía a experimentar eso que llaman ser detallista, eso que ya había dejado en años pasado.

Llegué a su centro de labores diarios y ahí estaba ella, sentada como toda una musa, radiante, y con una sonrisa tal cual me había imaginando. Saqué mi rosa, le puse en su mesa, con el temor de ser rechazado, era un nervio de un adolescente enamorado, y ella elegantemente me dijo <<así no se entrega, dámelo en mis manos>>. En ese momento quería que la tierra me tragara; pero tenía que seguir con la conquista, platicamos un poquito, y me despedí.

Los días pasaron, y me animé a invitarle a salir a una cena romántica. Era la primera vez que lo hacía. Con el nervio a ser rechazado, me respondió que sí aceptaba, en ese momento salte de alegría, la musa que yo había encontrado por destino divino había aceptado. Esperé que pasaran los días.

 

La fecha de la cita había llegado. Fui a un hotel céntrico a reservar una habitación matrimonial, y una mesa para nuestra cena, ella debería llegar a las 8 p.m. Caída ya la noche, me vestí como para recibir a esta musa bella, vivía la sensación de romántico como nunca, y de pronto, se escucharon los tacos sonar, sonó el celular, era ella, y me preguntó <<¿donde estás?>>, le respondí que en el restaurante, y así, a lo lejos una estrella hizo su ingreso con un caminar suave, pero a su vez sexy, con una Colonia que abrazaba mi alma, se acercó hacia mi, y yo feliz la saludé con un beso en la frente, pues estaba con mascarilla.

Conversamos un poco, le dije que se sacara la mascarilla que cubría su bello rostro, lo hizo, entonces pude ver la sonrisa más hermosa del mundo de los sueños, en ese instante le pedí un abrazo, y pude oler el perfume que ya había abrazado mi alma. Pedimos que comer, y decidimos que la orden lleven a nuestra habitación. En ese momento, partimos rumbo a nuestro trono, ahí ella tenía que sentirse como una reina, y yo como su súbdito. Sin decirle nada, la besé, ella disfrutaba con pasión ese momento, yo solo me detuve en un lugar bello de ella, y expresé con pasión, el sentir de mi alma, cuando de pronto, sonó la puerta <<disculpe señor, es su orden>>. Pasó el mozo, y no pudo evitar mirarla, pues quién podía resistir a tan bella musa con el vestido negro.

Cuando se fue el mozo, empezó la adoración a la creación divina de Dios. Esa noche empecé a convertirme en un artista, pues tenía que hacer que ese lienzo se convierta en una obra de arte fina, donde los colores se vieran reflejados como algo mágico, donde el gemido se convirtiera en la música tal cual danza, algo así como el zorba griego. Suave, bello, bailable, y sobre todo inolvidable.

Al terminar la obra de arte, y escuchar la música proveniente de su ser, nos fuimos al balcón, abrí una champaña y brindamos por ese bello momento. Le volví a mirar y lucía más brillante, tanto como la estrella del cielo de esa noche, la besé, la abracé, pero ya teníamos que marcharnos cada quien a su casa. Bajamos en la oscuridad, que era nuestra cómplice, y a la vez testigo de nuestro encuentro, a parte del mozo, por supuesto. Caminamos por una avenida principal, y posó para el lente de mi cámara, quedando inmortalizada. Llegamos a su casa, y la despedí con un beso; ella a cambio me había dejado dos prendas de su piel, para el recuerdo eterno.

Pasaron los días, y agarré mi guitarra, cuando de pronto leo, que me despierte, que es solo un sueño y nada más. Así que me desperté del sueño más bello que tuve en años de mi existencia.

La musa de vestido negro, era solo un sueño. Por eso, se convierte en confecciones del pensamiento.

Continuará.