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Zúngarococha retro

Zúngarococha retro

Moisés Panduro Coral

Una reciente protesta estudiantil y popular que tuvo lugar en un tramo de la carretera que une a Iquitos con varias poblaciones rurales, me hizo rememorar uno de los hechos que marcaron mi época de estudiante de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana. Sucedió en 1984. Yo era un dirigente estudiantil que debido a mis no tan prósperas condiciones socio-económicas hacía uso del comedor universitario junto a unos doscientos estudiantes más que tomábamos nuestros alimentos por el pago de una pequeña cantidad en soles que costaba nuestra pensión. Como era la convicción de la época, los estudiantes éramos gremialistas y nos habíamos agrupado en un Comité de Comensales de la UNAP.

Cuando se suscitó el hecho, no recuerdo bien si el Presidente del Comité era Noé Buendía, Ricardo Valencia o Raúl Miranda, todos buenos compañeros de izquierda, el último de los nombrados, años después, se constituyó en uno de los mejores amigos que tengo. Los apristas dirigíamos la Federación de Estudiantes y la mayoría de centros federados que es como se denominaba a la dirigencia estudiantil de una Facultad, gremios hoy inexistentes ante la preeminencia que han adquirido los llamados “tercios estudiantiles” que en teoría deberían ser la representación estudiantil en el gobierno de la Universidad, aunque en la práctica sabemos que ese propósito teórico ha sido gravemente distorsionado. En fin.

Los trabajadores de la UNAP se encontraban en plena huelga indefinida al que se habían adscrito los trabajadores del Comedor, o sea, la paralización era total, desde el administrador hasta las cocineras y cocineros. No había quien compre los alimentos, quien cocine ni quien sirva. Ante esta situación, en asamblea, los comensales decidimos preparar nuestros propios alimentos en turnos y en tareas que cada uno de nosotros asumía voluntariamente. Sin embargo, las provisiones del almacén y de la congeladora no iban a durar eternamente, y llegó el día en que no había nada ni para el desayuno.

Fue entonces que, presionados por el hambre, aprobamos por unanimidad ir en busca de provisiones. Lo acordado fue puesto en conocimiento de los dirigentes del sindicato de trabajadores y de la autoridad universitaria de bienestar. Un par de compañeros lograron hacer contacto directo en el control del ómnibus y transportar a los comisionados. Si mal no me acuerdo era un ómnibus viejo al que los agrónomos y forestales le habíamos bautizado con el apelativo de “Sueñito” porque un viaje en ese vehículo, por esa carretera, gran parte sin asfaltar, a las dos de la tarde después del almuerzo, desde Iquitos hasta Zúngarococha y Puerto Almendras, aseguraba un concierto de ronquidos por el sopor irresistible que causaba su lento caminar, el ronroneo extraño de su motor y el abundante dióxido de carbono que emanaba de la combustión. El único que no se quedaba dormido era el chofer.

Lo que viene a continuación lo narraré en tercera persona. En Zúngarococha, los estudiantes de agronomía desarrollaban los proyectos de porcinos, aves y hortalizas cuya producción atendía gran parte de los requerimientos del comedor universitario. Hacia ese lugar se dirigían los comisionados esa tarde en el “Sueñito”. Eran unos quince compañeros que, una vez llegados a Zúngarococha se reunieron con los guardianes de los galpones, indicándoles que de acuerdo a lo coordinado con el sindicato y la autoridad mencionada, el objetivo era tomar sólo las provisiones necesarias, establecer sus costos para su pago posterior, así como firmar una acta de entrega y recepción que testimoniara el acto, como efectivamente se hizo.

Dos horas después, los comisionados estaban de regreso. Todo discurría con tranquilidad. Pero casi al llegar a la salida de la carretera Iquitos- Nauta, en el pueblo de Quistococha, un escuadrón completo de policías antimotines los estaban esperando. Resulta que una alta autoridad universitaria había denunciado un robo en  Zúngarococha, señalando que los “delincuentes” venían  en un ómnibus de la UNAP. A través de un megáfono, a unos cien metros de distancia, el comandante policial hizo alto al “Sueñito”. El vehículo detuvo su marcha, pero ningún estudiante se bajó de él. No pasaron ni tres minutos del alto, y mientras los estudiantes deliberaban qué hacer, cayeron las bombas lacrimógenas. Por lo menos dos de ellas impactaron e hicieron trizas a la luna delantera del “Sueñito” estallando en su interior. El alboroto de las aves y de los porcinos era de película, los estudiantes salieron por las ventanas y se posicionaron en ambas orillas de la carretera. Alrededor no había cascajos, sólo unas rajas de leña que fueron lanzados por los estudiantes parapetados en el “Sueñito”. Llovieron en ese momento los perdigonazos y el grueso de los estudiantes corrió hacia el pueblo de Quistococha donde los buscaron casa por casa. Detuvieron a varios.

Otro grupo más pequeño se internó en los bosquecillos de la orilla izquierda, y se quedaron allí aguardando que la tombería se retire para poder salir a la carretera. Cerca de las siete de la noche, salieron de su enmarañado escondite. El “Sueñito” estaba todavía a un costado de la vía. Adentro las aves y los porcinos yacían yertos, asfixiados, duros. Los porcinos parecían apuntar su hocico en busca de aire y las aves tenían las plumas erizadas. Restos de cientos de huevos quebrados estaban esparcidos en los asientos. Las hortalizas estaban marchitas y tiznadas de un color pardo oscuro que en ellas es el color de la muerte de sus células. Reinaba un feo hedor mezcla de azufre y benceno, de humor de corral y de clorofila quemada. Lo peor, al “Sueñito” lo arrancaron los cables, estaba fuera de combate.

No todo termino allí, lamentablemente. Un compañero de izquierda, agrónomo, tuvo la mala suerte de internarse más en el bosque, y en la oscuridad, pensando avanzar hacia la carretera, en realidad se adentró hasta topar con las cercas de una granja cercana. En este lugar hay ahora un asentamiento humano. El guardián de la granja, confundiéndolo con un atracador y sin  pensar dos veces, le disparó dos perdigonazos alcanzándolo de lleno en la mano derecha y en el bajo vientre. Al escuchar sus gritos en el silencio, los muchachos reingresaron al bosque y lograron rescatarlo. Estaba sangrante y fue llevado al hospital de Iquitos. Se salvó, pero perdió tres dedos de la mano.

Después que egresé de la Universidad no volví a ver a Benito, así se llama. Han pasado tantos años. Ojalá, donde quiera que esté pueda leer este relato. Quisiera estrecharle en un abrazo, evocar -ya como anécdota- esa jornada en la que vencimos el hambre, el miedo y la muerte; tomarnos un vino y decirles a los jóvenes que los principios y los sueños serán siempre irrenunciables y, por eso, jamás deben ser negociados. Mucho tiempo ha pasado, pero miren las vueltas que da la vida. En el mismo lugar, con diferentes actores, y esta vez, por una reivindicación diferente, los estudiantes universitarios de hoy aliados con la población rural se levantaron para exigir que la mecida politiquera se termine y, que de una vez por todas, la carretera que une Quistococha con Llanchama y que pasa por Zúngarococha, Puerto Almendras y Nina Rumi se construya. En hora buena que así sea.

Un fuerte abrazo recordatorio para los muchachos de ayer, los de Zúngarococha 1984. Y otro fuerte abrazo de bienvenida para los muchachos de hoy, los de Zúngarococha 2012.


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