Son días extraños estos días. Raros. Como si no estuviera en mi cuerpo. Piso tierra de aluvión. Todavía no hay domicilio fijo y ando en un estado de transición de un domicilio a otro. No hay un punto en tierra firme. Me muevo y busco rutas que me sean agradables para caminar. Siento que me alargo hasta los límites inimaginables pero sin un punto base. Dando manotazos. En este tiempo debo repintar los mapas, dibujar nuevas cartografías y renglones con cierta timidez de no borronear el dibujo para no estropearlo. Hemos cambiado de barrio pero todavía no es el definitivo. Ando con lo justo de mudas y libros. Por eso es una sensación extraña. Lo único que tengo donde cogerme son los libros que he logrado salvar de la mudanza. El otro día por el nuevo barrio descubrí una biblioteca pública así que me sumergí en ella a hurgar. Había mucho movimiento. En una sala de los diarios muchas personas leyendo diarios y revistas, casi todos de la tercera edad. En una de las estanterías de las publicaciones estaba el libro “Ciudad princesa” de Marina Garcés, era un texto que estaba entre mis pendientes. Garcés no deja indiferente a nadie. Gran lectura de prosa fluida donde las palabras están bien puestas. Es estimulante más en estos tiempos que ando de un lugar para otro. La filósofa catalana reflexiona su relación con Barcelona, la ciudad natal donde va y viene, no solo físicamente sino también desde el punto de vista más ontológico. La ciudad condal es revisitada por sus lecturas, por su participación en el movimiento social. Lo que me parece interesante es el ángulo de la reflexión: es como si redibujara la ciudad, traza nuevas rutas y mensuras. No se detiene en un cargante pasado si no en el hoy donde observa, vive y discute con nuevos actores y derivas. Terminar el libro fue una sensación contradictoria, quería leerlo todo pero al mismo tiempo metía freno para saborear cada folio, cada nuevo margen que ella pergeñaba. Gran lectura.

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