ESCRIBE: Jaime A. Vásquez Valcárcel
*Escritora valoró a la familia, la naturaleza y la creación literaria como actos de resistencia y esperanza. “Almas de amor” es su segundo poemario.
La voz de Sara Ríos no tiembla, pero emociona. Habla despacio, como quien mide cada palabra no por cautela, sino por respeto a lo vivido. Frente a quienes tuvimos la dicha de estar en el auditorio “Joaquín García” de la biblioteca municipal de Iquitos, Sarita no ofrece un discurso formal: entrega, más bien, fragmentos de su vida, de su memoria, de su manera de entender el mundo, de su ternura. Cada palabra es una dosis de emoción.
Agradece. A todos los presentes y a los ausentes. A los que están ahí en cuerpo, pero también en alma. A los amigos de siempre, a los que la han acompañado en el camino, a los que han crecido con ella. Pero, sobre todo, a su familia. A su hija Rita Isabel, a su nieta Nicole Isabel —“mi psicóloga”, la que trata de mantener la tranquilidad de mi corazón, dice con una sonrisa—, a quienes reconoce como el sostén silencioso de sus sueños. En esas menciones, su voz se vuelve más íntima, más cercana, como si el escenario se redujera al espacio de un hogar donde aún corretean aún mozalbetes Welmer Cárdenas, Javier Dávila y Raúl Zevallos. Y en medio de esos recuerdos, aparece la figura de Magali Zevallos, periodista y cineasta que hizo la corrección de estilo del poemario, y desde lo más profundo ratifica que su proyecto editorial es familiar.
Sarita no habla de literatura como técnica ni como oficio aprendido. Habla de escribir como una necesidad vital. “Todo lo que hago, lo hago con el corazón”, reitera, casi como una declaración de principios. En esa frase se condensa su manera de entender la creación: sin cálculos, sin precio, sin concesiones, sin competencias. Escribir, para Sara Ríos Vela, es dejar que las emociones encuentren grafías que, llevadas al papel con sintáxis, se convierten en testimonio de su vida.
Sus palabras se mueven entre la ternura y la rebeldía. Minutos antes de que hablara, cayó una lluvia tan sonora como sus palabras, tan refrescante como su rostro. Ella, desde la espontaneidad, confiesa sus alegrías, pero también sus dolores, pérdidas que han dejado huella, aunque no han logrado detenerla. A Sarita nadie la detiene: está siempre un paso adelante y, lo más hermoso, quiere que en ese caminar la acompañen sus amigos, su familia. “Tengo que seguir, tengo que hacerles vivir”, parece decir. En esa insistencia se percibe una voluntad firme, casi una obsesión, por continuar en la creación. En medio de esas palabras se revela algo de su biografía.
Entonces aparece la imagen que lo atraviesa todo: el río. Nació a orillas del Ucayali. Navegó por ese río desde niña, ya adolescente, y lo hace cada vez que siente la necesidad de disfrutar de esa libertad ribereña que, si tiene rostro de mujer, es el de ella.
Sara Ríos se reconoce en su movimiento, en su dinamismo. “Tenemos que ser como el río”, exclama, y los presentes asienten porque sienten su sinceridad y su espontaneidad. Reinventarse, avanzar, no detenerse: así es la vida de Sarita. Seguir su curso hasta encontrar el mar. La metáfora no es casual: es la Amazonía hablándose a sí misma a través de su voz. Es comenzar en el Ucayali, ingresar al Amazonas en la unión con el Marañón, desembocar en el Atlántico y continuar con rumbo definido e infinito.
También está la naturaleza, siempre presente en su vida y en sus palabras. Ella misma es un río interminable de palabras. Los árboles a los que abraza en silencio, como si en ellos encontrara respuestas que el mundo moderno ha olvidado. En su relato, la naturaleza no es paisaje; más bien es maestra, refugio y lenguaje.
Pero su mirada no evade la realidad. Es una poeta comprometida. No por gusto tiene al periodismo como vocación. En ese devenir, nombra un mundo herido, marcado por conflictos, injusticias y desencantos. Sin embargo, no se instala en la queja. Propone algo más sencillo y profundo: sembrar amor. Empezar por lo cercano, por la familia, por el cuidado de la vida en todas sus formas.
En medio del silencio que provocan sus palabras, confiesa que no busca competir ni parecerse a nadie. Quiere ser única. Y lo es. Los amigos estamos para certificarlo. Lo dice sin arrogancia, como quien defiende su derecho a existir desde su propia voz. Sus libros, explica, no son productos; son sueños cumplidos. Porque para eso son los sueños en personas como Sarita: para cumplirse.
Al final, vuelve al agradecimiento. A Welmer Cárdenas, a Olga Isuiza —el primero llegado desde Pucallpa; la segunda, una amiga forjada por la literatura—. Nombra rostros, historias compartidas, afectos que han resistido el tiempo. Y cuando cierra, no hay un final definitivo, sino la promesa de seguir caminando, seguir escribiendo, seguir siendo río.
Y cuando Bico Dávila, maestro de ceremonia tan excepcional que incluso las espontaneidades las presenta como si fueran planificadas, invita al brindis, uno recuerda lo que expresó, sin titubeos, el hijo del director de “Proceso” sobre los poemas de Almas de amor: “La poesía de Sarita se desgaja en amor, en soledad, en pérdida, en esperanza”.
Antes del brindis y de la posterior charla —justa y necesaria—, todos los asistentes nos quedamos con el deseo/sueño de que las jornadas literarias conserven siempre lo que Sarita provocó aquella mañana/tarde: una emoción intensa, inmensa y revitalizadora.







