El desayuno en la Riad era muy frugal, sobre todo los panecillos locales que los devoraba con las mermeladas que ofrecían y un excelente café. Así con esas energías consumidas esta vez nos adentramos a la ciudad por nuestra cuenta – un viajero argentino que estaba en la Riad con su mujer nos sugirieron una guía local que lo miró por internet y uno le daba una propina, pero preferíamos ir a nuestro aire. La prioridad era visitar el barrio de la Mellah, el barrio judío y el cementerio, el resto me parecía accesorio pero sin perder los detalles del contexto. En verdad, los mapas explicaban mal y nos perdimos para llegar al barrio judío. Muchas de las personas a quienes preguntábamos nos daban la información a medias así que no fue fácil llegar. Atravesamos la Medina y nada. Al final no dimos ni con el barrio ni el cementerio. Así casi en nuestra desesperación alquilamos un motocarro que nos paseó por toda la ciudad para dejarnos a unas calles del punto de donde estábamos. Así pudimos dar con el cementerio judío que lo han rehabilitado. No es pequeño como el cementerio de Isla Grande, este es tres a cuatro veces más grande. En la entrada hay una larga lista de personas que estuvieron por allí. Así nos podíamos topar con algunos apellidos que también sonaban en la floresta como: Coriat, Pinto, Edery, Cohen, Abécassis entre otros. En las tumbas se veían unas piedras que posaban sobre ellas como hace F cuando visita el sepulcro de Antonio. En medio de ese silencio se podía observar a una persona rezando libro en mano en una tumba. Había mucho silencio. En medio de esa mudez del paisaje irrumpieron unos judíos ortodoxos con sus indumentarias clásicas de negro, largas barbas, sombrero y los cabellos de tirabuzones, nos recordó a los protagonistas de la serie Shtisel. Iban también a visitar a algún ancestro, seguro. Nos dijeron que había una sinagoga pero nunca pudimos verla, los parroquianos nos daban informaciones contradictorias, algunos con mala fe, y direcciones equivocadas. Estábamos pagando piso por nuestras trazas de turistas despistados. Así sin querer llegamos al barrio de los curtidores donde exponían las pieles y donde volvimos a pagar una propina obtenida con ciertos ardides, situaciones de muchos viajes que nos hizo refunfuñar pero creo que es consecuencia el pervertido, abrumador e incontrolado turismo. Luego de pasear plazas y comercios volvimos a la Riad muy cansados de tanta caminata. Esta vez en la cena el tayín fue de pescado, igualmente de agradable. Le da un sabor a la comida muy peculiar amén de los aliños hechos con gran criterio. Mientras repaso mis apuntes en la habitación del hotel saboreo el rico té que nos oferta Luc. Al día siguiente nos volvemos a Madrid. Será solo un hasta luego.

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