Por: Gerald Rodríguez. N

En el Perú uno acepta la muerte como se viene. No porque se quiera aceptarla, sino porque muchas veces no queda otra forma de defenderse de ella. La muerte llega con bata blanca, con sirena de ambulancia, con sello, firma y certificado; pero también llega sin nada: sin médico, sin gasolina para el bote, sin posta abierta, sin enfermero, sin medicina, sin Estado. Llega en la cama, en el hospital, en el río, en la chacra, en el motocarro, en la madrugada. Llega y se acomoda. Mira alrededor. Pregunta, aunque ya sabe la respuesta: ¿quién eres?, ¿dónde vives?, ¿cuánto tienes?, ¿quién puede hablar por ti?

En Loreto, la muerte no siempre entra por la puerta. A veces sube por el río. El mapa dice que Loreto representa el 28,7 % del territorio nacional, que posee más de 368 mil km² y que está dividido en ocho provincias y cincuenta y tres distritos. También dice que por sus venas corren el Amazonas, el Marañón, el Ucayali, el Napo, el Putumayo y el Huallaga. Pero el mapa no dice cuánto demora una madre gestante en llegar desde una comunidad hasta un centro de salud. No dice cuántas veces se apaga el motor peque peque en plena noche. No dice cuánto cuesta la gasolina cuando la fiebre sube. No dice qué siente una familia cuando mira el río y entiende que esa carretera líquida también puede ser una distancia mortal. Hay lugares donde la muerte llega después de una larga negociación con la vida. En Loreto, muchas veces la vida negocia sola: con la humedad, con la malaria, con el dengue, con la anemia, con la desnutrición, con la hemorragia, con la tos de un niño, con la mordedura de una serpiente, con el olvido. Negocia con una posta sin personal, con una radio que no responde, con una autoridad que promete, con una lancha que no sale porque no hay combustible.

En 2025, Loreto tenía 1 046 452 habitantes, una densidad de apenas 2,8 habitantes por km², 25 563 nacimientos y 5 061 defunciones anuales. Su tasa bruta de mortalidad fue de 4,8 por cada mil habitantes. Son cifras limpias, ordenadas, puestas en una tabla. Pero cada número fue antes un cuerpo. Cada defunción fue una hamaca vacía, una olla que dejó de hervir, una silla arrimada contra la pared, una familia que aprendió a pronunciar la palabra “falleció” con la boca seca. La estadística cuenta, pero no llora. La madre recuerda. El hijo recuerda. El vecino recuerda. El río recuerda también, aunque no escriba informes. En las comunidades, la muerte es íntima y pública a la vez. Se muere uno, pero se estremece la casa entera. Llegan los parientes. Se prepara café. Alguien presta una vela. Alguien busca al agente comunitario. Alguien pregunta si habrá ataúd. Alguien dice que en la ciudad tal vez lo hubieran salvado. Pero la ciudad está lejos. Iquitos está lejos incluso cuando parece cerca en el mapa. Yurimaguas está lejos. Nauta está lejos. Requena está lejos. El hospital está lejos. La salud, más lejos todavía. La muerte en Loreto tiene geografía. No cae igual sobre la capital regional que sobre una comunidad nativa. No pesa igual sobre quien tiene seguro privado que sobre quien espera que el establecimiento tenga médico, medicina, oxígeno, sangre y transporte. En el Perú, la muerte también conoce apellidos. Sabe distinguir. Sabe esperar en los barrios pobres. Sabe caminar descalza en las comunidades. Sabe que la piel indígena ha sido, demasiadas veces, abaratada por la indiferencia. Esa es la verdad más dura, la muerte no es democrática cuando la vida tampoco lo ha sido. En Loreto no solo se muere de enfermedad. Se muere de demora. Se muere de distancia. Se muere de trámite. Se muere de falta de control prenatal. Se muere de anemia. Se muere de sangrado posparto. Se muere de no haber llegado a tiempo. En 2025, la sala epidemiológica regional consignó dieciséis muertes maternas: diez directas y seis indirectas. Algunas ocurrieron en hospitales, otras en domicilios y otras durante el traslado. “Durante el traslado”: dos palabras frías. Pero allí cabe una tragedia completa. Significa que alguien todavía respiraba cuando salió. Significa que hubo prisa. Significa que alguien creyó que se podía. Significa que el cuerpo no alcanzó a llegar al lugar donde, quizá, todavía existía una posibilidad.

La muerte materna es una muerte doble, aunque la estadística la anote una sola vez. Muere una mujer y queda un recién nacido, o quedan hijos pequeños, o queda una casa con ropa doblada, con una batea, con una cocina, con un nombre que ya no responde. La madre no es solo paciente. Es economía doméstica, memoria familiar, lengua, cuidado, comida, enseñanza. Cuando muere una madre, el Estado no pierde un número. Una comunidad pierde un centro. El reporte de salud señala que Loreto enfrenta déficit de personal sanitario y cuenta con pocos hospitales para una región inmensa. También indica que el subregistro de defunciones alcanza el 46,7 %, casi el triple del promedio nacional, y que la mediana de edad de fallecimiento bordea los 62 años. Subregistro. Otra palabra técnica. Quiere decir que hay muertos que ni siquiera entran bien al mundo de los muertos oficiales. Muertos que mueren dos veces, unos que mueren en la realidad, después en la ausencia de registro. Muertos que no suben a la tabla. Muertos que no sirven para corregir políticas porque antes no fueron contados. El subregistro es una forma de olvido con apariencia estadística.

¿Cuántos mueren en su casa? La pregunta parece sencilla, pero en Loreto la respuesta se pierde entre el río, la comunidad, la posta distante y el certificado que no siempre llega. Hay muertes que ocurren en casas, comunidades y caminos fluviales, y luego ingresan tarde, mal o nunca al registro. En la ciudad, la muerte tiene otros rostros. En Iquitos puede venir en motocarro, en asalto, en accidente, en negligencia, en bala. Puede venir de noche, cuando el calor no baja y los hospitales siguen llenos. Puede venir en la espera de una cama. Puede venir en la frase “no hay”: no hay especialista, no hay medicina, no hay sangre, no hay movilidad, no hay presupuesto. En el Perú, muchas veces la muerte empieza con esas dos palabras.

La epidemiología de Loreto tiene nombres repetidos: malaria, dengue, leptospirosis, tos ferina. Hasta la semana epidemiológica 30 de 2025 se notificaron 19 736 casos de malaria y cinco fallecidos. La malaria no solo enferma el cuerpo. Enferma el tiempo. Hace perder trabajo, clases, viajes, cosechas. Mete frío en una tierra caliente. Debilita al niño. Hace que la familia gaste lo que no tiene. Pero Loreto no es solo dolor. Loreto canta, celebra, cocina, pesca, baila, resiste. Tiene San Juan, juanes, pandillas, humishas, ferias, carnavales, ríos bendecidos por la fe popular. En el mismo territorio donde la muerte viaja en bote, la vida también viaja en bote. La muerte en Loreto no debe entenderse como destino natural. No es “porque así es la selva”. No es “porque viven lejos”. La distancia no mata sola; mata cuando no hay política pública capaz de vencerla. El río no mata solo; mata cuando no hay transporte sanitario oportuno. La pobreza no mata sola; mata cuando se vuelve herencia permitida. En Loreto, aceptar la muerte como viene no puede significar resignarse. Debe significar mirarla de frente y preguntarle quién la mandó tan temprano. Porque hay muertes inevitables, sí. Pero también hay muertes fabricadas lentamente por la indiferencia. Cuando alguien muere, el río sigue corriendo. No se detiene. Lleva hojas, ramas, peces, canoas, reflejos de cielo. Pero quienes quedan saben que el río no olvida. Cada comunidad guarda sus nombres. Cada familia guarda sus fechas. Cada casa guarda una ausencia. Y quizá algún día el Perú aprenda a contar no solo sus muertos, sino también sus deudas con ellos.

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