Por Gerald Rodriguez
Conocí a Cronwell Jara en la Universidad San Marcos, en un taller de cuentos, el año 2014. Aprendí cosas interesantes de su peculiar forma de abordar la narrativa, pero mi aprendizaje fue más allá cuando leí Patíbulo para un caballo (Tercera Edición, 2019), y quizás no encuentro otra forma de decir adiós a un maestro que me abrió luces en la narrativa, que discutiendo su obra. Porque desde que me acerqué a su obra, entendí como es que, durante gran parte del siglo XX, la narrativa peruana representó las barriadas limeñas como espacios de pobreza, violencia y exclusión.
La migración del campo hacia la ciudad fue interpretada muchas veces desde una mirada externa que privilegiaba la carencia material sobre la riqueza humana de sus habitantes. En ese panorama, Cronwell Jara rompe radicalmente con esa tradición mediante Patíbulo para un caballo, novela considerada una de las obras más complejas de la narrativa urbana peruana. Su mayor innovación no consiste únicamente en denunciar la injusticia social, sino en presentar a la barriada como un territorio donde la imaginación, la lectura y la cultura constituyen formas de resistencia política. Siempre he considerado que la reivindicación de las comunidades migrantes, el protagonismo infantil, la recreación poética de la violencia y la construcción de Montacerdos como un espacio de afirmación colectiva es lo más literario que Cromwell haya hecho.
Sin embargo, existe una dimensión todavía más novedosa que merece atención, en la que Jara convierte el acto de leer en una forma de ciudadanía, demostrando que el verdadero poder de los sectores marginados no reside únicamente en conquistar un territorio físico, sino en conquistar el derecho de interpretar su propia historia. Porque Cronwell no solo narra la realidad, sino que la transforma cuando devuelve la voz a quienes la historia había condenado al silencio.
Tradicionalmente, la narrativa de la barriada había representado los asentamientos humanos como escenarios de degradación, delincuencia y fracaso social. Obras anteriores observaban esos espacios desde la distancia, privilegiando la mirada del intelectual sobre la voz de los propios habitantes. Cronwell Jara modifica completamente esa perspectiva, y en Patíbulo para un caballo deconstruye la representación tradicional de la marginalidad urbana y propone una visión mucho más compleja, donde los migrantes aparecen como sujetos capaces de construir comunidad, cultura e identidad nacional.
Montacerdos deja de ser un simple asentamiento humano para convertirse en una metáfora del Perú profundo: un lugar donde convergen la Costa, la Sierra y la Selva, distintas lenguas, memorias y formas de entender el país. La pobreza existe, pero no define a sus habitantes. Lo que los caracteriza es su capacidad de organizarse, imaginar y resistir. La idea más innovadora de la novela aparece cuando los libros dejan de representar únicamente conocimiento y pasan a convertirse en instrumentos de supervivencia. Pienso que Montacerdos constituye una excepción dentro de la narrativa urbana porque es una barriada que lee. Los habitantes utilizan la lectura para cuestionar la imagen que el Estado y los medios construyen sobre ellos, desarrollando una conciencia crítica capaz de enfrentar la exclusión. Los periódicos presentan a los pobladores como delincuentes, invasores o enemigos del orden. Sin embargo, cuando esos mismos periódicos son leídos colectivamente por los vecinos, ocurre un fenómeno extraordinario: la comunidad desmonta el discurso oficial y construye una interpretación propia de los hechos.
En Patíbulo para un caballo, la lectura deja de ser un ejercicio individual para convertirse en un acto político. No se trata únicamente de saber leer. Se trata de decidir quién tiene el derecho de contar la historia. Ese cambio convierte la alfabetización en una forma de emancipación. Maruja: cuando la infancia interpreta la historia. Otro de los grandes aportes de la novela es la elección de Maruja como narradora principal. Mientras muchas novelas sobre conflictos sociales privilegian héroes adultos o líderes políticos, Jara deposita la memoria colectiva en una niña. La mirada infantil transforma completamente la violencia. Los enfrentamientos policiales, la pobreza, el hambre y las injusticias no aparecen descritos desde el odio, sino desde la sorpresa, la imaginación y la esperanza. Maruja observa un mundo brutal sin perder la capacidad de maravillarse. Precisamente allí reside el enorme valor simbólico del personaje. La infancia representa la posibilidad de imaginar un país distinto antes de aceptar como naturales las desigualdades sociales. La crítica ha reconocido que esta perspectiva infantil dota a la novela de una mezcla excepcional de ternura, nostalgia y violencia, elementos que convierten la experiencia de Montacerdos en una reflexión profundamente humana sobre la exclusión social.
Existe otro aspecto pocas veces señalado. En Patíbulo para un caballo, las viviendas no son el único elemento que funda la ciudad. También la fundan los relatos, los libros, las conversaciones, los sueños, la poesía. Mientras el Estado intenta borrar a Montacerdos mediante desalojos y represión, sus habitantes construyen otra ciudad dentro de la imaginación. Es una ciudad donde los niños vuelan, donde los libros circulan libremente, donde las personas discuten sobre política, donde las madres organizan bibliotecas y donde la cultura aparece como un derecho colectivo. En este sentido, la novela propone una idea profundamente contemporánea, ya que las ciudades no se edifican únicamente con cemento; también se construyen con memoria, lectura e imaginación. Esta visión resulta especialmente vigente en un contexto donde millones de personas continúan migrando hacia las grandes urbes buscando oportunidades y reconocimiento. Una nueva manera de entender la ciudadanía. Quizá el aporte más importante de Patíbulo para un caballo consiste en ampliar el concepto tradicional de ciudadanía. Generalmente se piensa que ser ciudadano significa poseer documentos, votar o acceder a servicios públicos. Cronwell Jara propone algo distinto. Ser ciudadano significa también tener derecho a narrar la propia existencia. Quien controla el relato controla la memoria. Y quien controla la memoria posee la capacidad de transformar la realidad. Por ello, los habitantes de Montacerdos no esperan que otros escriban su historia. La cuentan ellos mismos, la leen, la discuten, la reinterpretan, la convierten en identidad colectiva.
Patíbulo para un caballo no solo revolucionó la narrativa urbana peruana por representar la vida de las barriadas desde una perspectiva interna. Su verdadero aporte consiste en demostrar que la cultura constituye una forma de poder tan importante como la tierra, el trabajo o la vivienda. Cronwell Jara desplaza el centro de la discusión desde la pobreza hacia la dignidad intelectual de los sectores populares. Montacerdos no es únicamente un pueblo que lucha por sobrevivir; es una comunidad que lee, imagina, debate y construye conocimiento. Esa representación rompe con los estereotipos tradicionales sobre la marginalidad y plantea una visión profundamente democrática de la literatura. La idea más novedosa que emerge de la obra puede resumirse como una comunidad que comienza a dejar de ser marginal cuando conquista el derecho de interpretar su propia historia. En Patíbulo para un caballo, los libros no sirven únicamente para educar; sirven para resistir, para fundar ciudadanía y para demostrar que ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente democrática mientras existan voces condenadas al silencio. Precisamente por ello, la novela de Cronwell Jara continúa siendo una de las reflexiones más originales y vigentes sobre la relación entre literatura, memoria y justicia social en el Perú.




