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La pasión crónica del cronista

Eloy Jauregui y su nuevo libro que se presenta hoy en la UCP

Escribe: Jaime Vásquez Valcárcel

“Los que leen libros son los que han tenido un despertar estético contagiados por el profesor. Al no leer se ha empobrecido la profesión y los espacios que incentivan la lectura han desaparecido, Marco Aurelio Denegri era un lunar, qué canal comercial tiene un espacio para incentivar la lectura”

Eloy está volando a Iquitos muy seguido. Eso es un peligro. Peligro crónico. Pero benévolo. Llámenlo contradicción, si quieren. Que en un año la capital loretana le reciba con entusiasmo puede ser un pecado capital. Siempre busca un libro para regresar, no como dice la canción de Raúl Vásquez. Él no busca un río para regresar sino para quedarse. Y esta oportunidad es un río de alumnos que lo esperan. Los de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Científica del Perú. Hablará de crónicas, de su último libro. Mejor dicho, hablará de su pasión crónica. Porque es un apasionado de la crónica. No llamará a ningún médico sino a colegas y futuros colegas. Y, de hecho, nos contagiará esa  su pasión, mezclada con locura. Y a los que ya están locos, pues los convertirá en crónicos enajenados de una profesión que algunos llaman oficio.

El viernes 2 de noviembre antes que caiga la tarde fue el mismo Eloy quien se presentó en sociedad en la sala “Antonio Cisneros” de la Feria Ricardo Palma de Miraflores. Acompañado de su editor de turno. Pues si tiene una pasión crónica seguro que necesita alguien de turno. No una botica, eh, porque “la botica” está que arde. En esa reunión de amigos, de lectores, de colegas, Eloy -como lo hará la mañana de hoy en el auditorio universitario que lo albergará- ha dado rienda suelta a su palabra, materia primera fundamental con la que se gana la vida desde que tiene uso de razón y de pasión.

La crónica es lo único que puede salvar al periodismo de las redes sociales, ha dicho recordando a Noam Chomsky, el padre de la filosofía moderna, dice. Y ha ampliado, como todo buen hijo, el concepto. Estar en las redes sociales es como estar en una cantina chupando con 50 borrachos, cada uno dice lo que quiere, lo que le da la gana, eso dicen que es democracia afirma Eloy y le brillan los ojos como una mezcla de Harry Potter y Justin Bieber.

Si habla de cronistas y periodismo es imposible que no se refiera a Marco Áviles, como buen cholo que es. Afina la puntería -ojo, no putería, tan ligada al periodismo ¿no? Y asevera que “Milagros Leiva escribía crónicas y ahora su vida es una crónica”. Esa frase solo sirve como pretexto para recordar que de este grupo de cronistas “yo sufría una pasión crónica y hacíamos en el diario El Comercio la proeza de escribir diariamente una crónica. Ahora de vez en cuando Jaime Bedoya hace eso, pero no con la constancia de esos años, ahora mejor leemos el TROMErcio, dice y sus ojos vuelven a brillar ya como como Potter o Bieber sino como un surquillano de pura cepa y de gran pepa.

En esa lluvia de palabras en que se ha convertido su intervención lanza una frase que estaba en el ambiente, en la sala, donde la mayoría éramos periodistas. “El periodismo implica constatación, verificación. Paran matando a la gente. Hace poco mataron a Javier Pérez de Cuéllar y la familia tuvo que desmentir, antes mataron a Valentín Paniagua y el expresidente que era mi vecino sólo atinó a reírse”. Una muerte no es para reírse pero ojalá que las redes no terminen matando la verdad, materia prima esencial del oficio, dice. Donald Trump dicen que inventó la post verdad, pero más que Presidente yo le llamo Donald Tramposo y el respetable se carcajea. Y él, como en el vals, solito se jaranea.

Como ya ha entrado en calor, en materia, es despacha como una cometa despechada, hecha con papel de despacho, eso que antes del imperio del plástico servía en el mercado de Surquillo y de todo el Perú, para envolver pescado. “El periodismo ahora es muy ligero, eso de la post verdad se opone al buen periodismo. El periodismo tiene su materia prima en las palabras y la escritura de palabras es un sistema que obedece a un método y ese método a una lógica que está adscrita a la gramática”. Aguanta, maestro. Bajan en la esquina. Sin prisa, con pausa, despacio que estoy apurado como diría Mario Moreno Cantinflas. Sus clases de profesor le recuerdan a la Primaria y no entiende porque no se practica eso y tampoco entiende porqué se escribe al revés. Pausa y añade, ahhh. “Porque no hay la cultura de leer”. Y se pone primarioso: “Mi mamá me mima mucho, es de “Coquito”, tan elemental como el verbo, sujeto”. Y se pone indecente pero práctica la docencia y sentencia: “Primero va el sujeto, luego el verbo”.

Como está en la feria, recordó la de Guadalajara. Con zonas únicamente de comercialización, para hacer negocios, total los libros también son un negocio. Tiene que ser negocio. Al toque se aleja del modo comerciante que no lleva dentro y habla “agradezco que haya actividades literarias, porque todo es una fiesta en torno al libro, la lectura nos salvará”, profetiza y poetisa.

Y habla de la poesía de ayer y de todavía. Un antes y un después de “Horza Zero”. Había palabras que no eran poetizables, frases prohibidas. “Jugo de papaya, ceviche” eran palabras prohibidas para la poesía. Esa forma de entender la literatura con “Hora Zero” se perdió, se impuso la gramática del asfalto. Y recordó, como no podía ser de otra forma, a Verástegui. “Un gran poeta y gran periodista, tenía innata el arte de unir palabras, de zurzir las letras, de hacer el amor con las vocales y consonantes y de hacer el amor en nombre de la poesía, era el poeta que se llena de gozo con la lectura, con la belleza”. Uff. Y en Hora Zero estaban los provincianos, de Iquitos, Pucallpa, Trujillo, Huancayo, y los limeños también.

¿Y después de la belleza, de qué hablará hoy Eloy? Una nueva sentencia: “El periodismo es el mejor pretexto para ser felices”. Lo suscribo, pretensiosamente. “En los años 70 Tom Wolfe con el Nuevo Periodismo, que no era tanto el nuevo periodismo, porque eso se funda en Latinoamérica, en el Perú, con extraordinarios periodistas como Valdelomar, Vallejo”. Si habla de ese periodismo es inevitable que se refiera a “José Martí, ese apóstol de la revolución cubana que tiene una obra periodística marítima, la mayor parte de su obra no es poesía, sino periodismo, porque en la crónica se cuenta una historia y Martí contaba historias. Por eso es inmortal”.

“Admiro la cultura norteamericana, no al gobierno norteamericano”. Cada año publica un libro de crónicas. El año pasado publicó “Caza propia”, a pesar que vive en casa alquilada, pero habla de la cacería, de esa pasión por escribir, averiguar. “Escribo y publico crónicas que no están en los diarios porque nadie me los quiere comprar y yo no quiero regalar mi trabajo”, oído a la música.

Recuerda a Edmundo Cruz, Ricardo Uceda, que “nos enseñaron que el periodismo es una militancia. El periodismo ya no está de moda, tal como lo conocimos, igual que la canción criolla, ya no hay compositores. La crisis es de las empresas periodísticas no de los periodistas, ojo a eso. Sin investigación no podemos hacer un buen texto, es igual a un guión cinematográfico, es una construcción, cada párrafo es un ladrillo, el periodismo modular, que se va juntando. “Yo lo juntaba con scocht, pero con cinta scocht, no el wiski scoth”. Ya en la parte final vuelve con sus ojos brillosos a decir: “Hay que cambiar eso de ratón de bibliotecas, que se piensa que es estar metido en cuatro paredes. No, hay que salir, mi oficina lo tengo en el Queirolo y eso es el periodismo, la calle. Los cronistas que hacemos el día a día”. Así terminamos el día en la Feria para esperar el día que se presentará en Iquitos, que es hoy y que tendremos a Eloy, por enésima vez. Y que vuelva y que beba. Así se disfruta de los cronistas, no sólo leyéndolos sino, también escuchándolos.


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