Las peruanas y peruanos tenemos mucho que contar, desgraciadamente, sobre aquellas personas que usan el terror para sus causas y en contra de nuestras vidas. Tenemos callo en esos menesteres. En esto tenemos mucho que decir y enseñar sobre el fanatismo o de los fanatismos que obnubilan el diálogo. Donde se impone sólo un punto de vista, el del otro es una reverenda estupidez. Hay que ignorarlo es la consigna del dogmático. Lo ocurrido hace poco días en París a un peruano o peruana no lo coge con el pie cambiado. Tiene narrativas personales para rehacerse de tremendo incidente,  suficiente soporte de resiliencia. Lo ocurrido sobre la muerte de humoristas gráficos y policías merece nuestro repudio. Aunque sin olvidar que ese mismo día fallecían más de treinta personas en Yemen por las mismas balas enemigas, claro, pero ellas y ellos son otro tipo de personas y se olvidan. Pero creo también que a Europa estas situaciones límite la desquician y emerge, infelizmente, un narcisismo muy peligroso y proclaman vociferando valores liberales que muchas veces los usan instrumentalmente (con tufo colonial). Vive muy ensimismada en una casa llena de fantasmas. Era de preocupación observar  la foto de soldados armados hasta los dientes por la emblemática Torre Eiffel y se trataba de tres o cuatro personas que habían puesto en jaque a una nación. Me pareció muy desproporcionada la respuesta como matar zancudos a cañonazos. Como si con la masiva movilización militar quisiera esconder la ineficacia del servicio de inteligencia, de la policía, de sus propias políticas públicas hacia sectores determinados de la población. Lo peor es que antes de mirarse hacia sí mismos miran, obsesivamente, hacia fuera para buscar a los culpables. Es una gran irresponsabilidad. Razonan que el enemigo está entre los arenales de países árabes y está muy cerca de ellos. Han pasado muchos años de la experiencia colonial y neocolonial europea pero parece que no se aprende.

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