Por la televisión la publicidad de perfumes y antigripales ganan por mayoría aplastante. Habrá más o menos once avisos de perfumes y seis de antigripales, y de ahí alguno sobre comida pero son los minoritarios en esta época del año; en los partidos de fútbol predominan los avisos de cervezas y de preservativos [¿habrá alguna relación tan cercana entre el fútbol y el sexo? Miremos a los futbolistas con modelos y viceversa] ¿somos independientes en nuestras decisiones? Me temo que no. Parece que la coda del año gira en torno al consumo y, como no, a la salud. Por estos días se ha instalado un frío que raspa y los resfriados son masivos. Sigo observando desde mi sillón azul a los avisos publicitarios que explotan las emociones de una manera retorcida. Hombres y mujeres que se echan perfumes y alientan a las urgencias amatorias, en un clic el consumidor o consumidora tienen satisfechas una de sus necesidades. La publicidad todo lo que toca lo convierte en dinero por más que el producto sea malo o que no corresponda a las características señaladas, lo peor es que te conducen la vida a su imagen y semejanza. Son como esas manidas (y cansinas) recomendaciones en los viajes que te dicen que lugares debes visitar, no nos dejan ir a nuestro aire. En esta misma línea un diario peninsular, sin pudor, publica una crónica bajo el nombre, los libros que debes leer, ¿cómo? Me están imponiendo hasta los libros que debo leer de manera tan burda e hipócrita. Además que son libros no para pensar sino para domeñar todo intento de emancipación de las personas. Para gritar, paren que me bajo en la esquina. Esto es fascismo en estado puro, diría T. W. Adorno en su libro Mínima Moralia. Estos son actos que afectan nuestra condición de personas y hay que protegerlo a través de un reivindicativo anillo sanitario.

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