Los viajes que se hacen en las caminatas nos proporcionan inagotables perfiles humanos. Me venía a la memoria esas frases mientras leía el libro de Joan- Carles Mèlich, “La sabiduría de lo incierto”, donde este profesor catalán nos ofrece una de las obras más exquisitas que he podido saborear en los últimos tiempos. Me topé con ella circunstancialmente en mis visitas, de una vez por semana, a las librerías de Madrid. Apenas leí la contratapa quedé prendado de ella, más en esos días de la resaca de las fiestas de fin de año donde la molicie gana mucho terreno. Confieso que no me desprendí del libro hasta el final, es más dormía con él. Lo palpaba, subrayaba, anotaba en los márgenes de las páginas. Hacía pausas. Me tomaba tés de guayusa o rooibos en los descansos. Cada idea que daba la anotaba, discutía, discrepaba, la ponía en remojo y otra vez replicaba. Volvía a los folios escritos. Era una lectura de intercambio fructífero. Estaba envuelto en esa magia que te brinda la lectura que te hace apartar por un momento de la realidad que estás viviendo. Levitaba. Me iba a buscar las obras que él recomendaba. Es de gran valor los autores y autoras que a él le han seducido, es una experiencia que no tiene desperdicio porque el texto se abre más. Vibraba en cada página. Es una aventura a lo incierto, al vacío. He leído ensayos de escritores sobre los autores que de alguna manera les han dejado huella, pero de la mano de Mèlich no es solo una experiencia literaria sino es una lúcida y enriquecedora experiencia de vida, de filosofía. Escrita con una prosa ágil que embriaga, hipnotiza. Así pongo más atención e importancia al gesto que hacemos ante el libro, de inclinarnos (de gran simbolismo). Descubrí en esas recomendaciones de la lectura un texto escrito por un filósofo (y rabino) francés M. A. Ouaknin, que coincide con la misma cepa de Ofelia Montesco, tiene el ADN judío sefardita y asquenazi, así que estoy detrás de él, que ha escrito libros sobre la relación de quien lee y las insaciables interpretaciones teniendo como base el Talmud. El libro de Mélich es un loor a la lectura, a los que leen hombres y mujeres en diferentes lugares del planeta tierra apartándose por unos minutos del peso del mundo real. De Mèlich recuerdo sus inspiradoras obras sobre filosofía mientras trabajaba la tesis doctoral. Son muy importantes sus trazos o reflexiones sobre la memoria. Así que cualquier libro de él es una sabia lectura sin equívocos. Fue el aguijón perfecto para estos tiempos líquidos.

P.D. “Siempre me ha parecido que un libro que te muestra claramente el camino es sospechoso de manual, de autoayuda, de adoctrinamiento”. Joan-Carles Mèlich

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