Las noticias estos días se tiñen de sangre casi a diario. Parte de esta sangre derramada tiene que ver con personas que defienden los derechos de la naturaleza o de las defensoras y defensores de derechos humanos. La muerte de Marielle Franco en Río de Janeiro grafica la impunidad con que se maneja estos temas. Una mujer afrobrasileña, lesbiana y líder social fue asesinada sin más por oponerse a la militarización de las favelas en la zona donde ella nació, creció, y desgraciadamente, murió. Esas muertes desconciertan. En un sistema que se vanagloria del respeto a las ideas éstas, las ideas diferentes, son muertas a balas por las personas que las enarbolan – es un sistema muy perverso e inseguro. La situación del ejercicio de la libertad de expresión en México produce escalofríos y mucho temor. Cualquier periodista que investigue y denuncie casos de corrupción o de narcotráfico es muerto. Muchos cuestionan que en México se viva realmente en democracia. En Colombia en pleno proceso de paz los líderes comunales son muertos a balazos y el Estado ha abdicado en sus funciones de protección. En Perú la líder campesina peruana Máxima Acuña que salió en la defensa de sus tierras y lagos ha sido amenazada de muerte por, presumibles, personas relacionadas con la empresa minera interesada en explotar los recursos que ella protege. Hay mucho de desconcierto y muchas muertes a líderes, hombres y mujeres, que por oponerse a una determinada decisión política o salir en defensa de los recursos naturales son liquidados a balazos. Pero estas crueles muertes también alcanzan a la Amazonía peruana que no está ajena a ella.  Como es el caso de Edwin Chota que fue muerto a balazos por oponerse a la tala ilegal en la comunidad nativa Alto Tamaya- Saweto en Ucayali. Unos sicarios se encargaron del trabajo sucio de los grandes intereses. Los crímenes de los y las líderes comunales ocurren en circunstancias brumosas y no logran ser esclarecidas. Pareciera que les cubriera el manto del olvido.

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