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Otero y Fitzcarrald

De algo de esto seguramente hablará este velasquista extrovertido la noche de hoy en el salón de Gobernadores del Museo Amazónico cuando se refiera a lo que encontró cuando decidió investigar la vida del anchashino que, como se sabe, motivó incluso un film del alemán Herzog.

Rafael Otero Mutin es un exsocialista, como muchos en este país, que les cogió la adolescencia en pleno apogeo velasquista y creían más que en el comunismo en la planificación estatal y, también, privada. No reniega de ese pasado y, más bien, recuerda con harta dosis de añoranza esos años en los que la palabra revolución se impregnaba de toda acción social. Es economista de profesión y la primera vez que lo vi fue en la década del 90 cuando retornó a Iquitos como ejecutivo de una empresa molinera que iba camino a la quiebra. Había llegado a la capital loretana en una misión imposible. No lo volví a ver por muchos años hasta que hace un par de semanas marcó mi teléfono y me sorprendió con esta frase: tengo un libro sobre Fitzcarrald que quiero publicar. En verdad lo tomé como una de esas tantas llamadas que recibo de personas que quieren publicar y en realidad no han escrito nada que merezca la pena. Esta vez, felizmente, no fue así. Porque desde las primeras líneas su trabajo te atrapa. Le en menos de 36 horas el libro inédito y en menos de una semana ya conversamos en tres oportunidades sobre la época del caucho y este personaje que desde su apellido ya es controversial porque tiene diversas escrituras.

Ya lo he dicho en su cara. Su libro, entre muchas ventajas, tiene la virtud de narrar la vida de un hombre que recorrió Iquitos y buena parte de la Amazonía en una época donde la comunicación era rudimentaria pero la vida se transformaba en licenciosa porque la explotación del caucho traía consigo mucho dinero. Más allá de lo vericuetos aventureros de Carlos Fermín Fitzcarrald y lo controversial del personaje, Rafael Otero nos demuestra que –como alguna vez lo dijo Mario Vargas Llosa en el prólogo de “El otro sendero” que hizo más famoso a Hernando de Soto- los economistas escriben mejores historias que los novelistas. Quien lee el libro no sabe a ciencia cierta si es un ensayo o una novela. Pero Otero no se hace paltas con esas fronteras. Pues ni él sabe en qué categoría puede incluirse a su trabajo.

Otra de las tantas lecciones que nos da el libro es el origen del libro que lo cuenta Otero en las primeras páginas de su trabajo: Cuando fue a ver la copia literal de dominio del predio familiar se dio con la sorpresa que la misma había pertenecido al boliviano Antonio Vaca Diez, el cauchero boliviano que junto a su paisano Nicolás Suárez, ofreció a Fitzcarrald formar una sociedad de exportación del caucho y ambos terminaron muertos en las aguas amazónicas en circunstancias novelescas y cuyas coincidencias provocan la polémica, de acuerdo a lo que en el mismo libro se narra. Es decir, un hecho totalmente anecdótico y circunstancial ha provocado que un descendiente de cauchero –como muchos loretanos que caminamos en estos tiempos- como Rafael Otero nos entregue un trabajo tan bien escrito como necesario para cualquier biblioteca doméstica. De algo de esto seguramente hablará este velasquista extrovertido la noche de hoy en el salón de Gobernadores del Museo Amazónico cuando se refiera a lo que encontró cuando decidió investigar la vida del anchashino que, como se sabe, motivó incluso un film del alemán Herzog.

 

 


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