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MORONACOCHA, UNA VEZ

Por: Diego Pezo Pfenning

Quiero contar aquí la iniciativa que tuvo Iquitos Bike el pasado mes de julio. Esta organización se tomó la tarea de limpiar el lago Moronacocha. No es la primera vez que se agrupan para este tipo de trabajo, de hecho es esta la segunda edición del mismo y para ello contaron con el apoyo de otras instituciones. Fue un grupo numeroso, de jóvenes en su mayoría. Con muchas ganas de apoyar y de dar un poco de sí mismos al lago, se vistieron de negro, se calzaron guantes, tomaron bolsas de basura y bajo el sol ardiente, se lanzaron a la faena.

Limpiaron y recogieron los desperdicios del lago y sus alrededores, con el plan adicional de recoger plásticos que sirvan posteriormente de insumo para ser procesados y convertidos en fibra, material para fabricar mochilas, zapatillas, chompas de invierno, entre otras.

Le hicieron un gran favor al lago, a Iquitos.

Traigo esta noticia porque no es la primera vez que el lago Moronacocha llama mi atención. Siempre me resultó llamativo el contraste que existe entre la enorme maravilla que se halla en el lago, cuna de los atardeceres más bellos que tiene Iquitos; y por otro lado, la contaminación que padece.

Es así como en la participación que tuve en la antología “La ciudad son tus arterias”, tengo al lago como escenario de mi relato “Fábula”. Lugar en donde se despliega la conversación entre Manuel y su abuelo Oshaco. Aquí un pequeño fragmento:

Desde allí podían ver la zona lejana del lago, rodeada de un inmenso verdor, llena de árboles que parecían infinitos en el horizonte. Ambos sintieron una brisa constante, que traía hacia ellos placidez y gozo, pero también cierta repulsión.

Qué feo huele por momentos, ¿no, Oshaquito?

-Antes no era así, pues. O no tanto como ahora. Uf, si tuviéramos que contar la historia de cómo era aquí más antes…

-Cuéntame, pues, abuelito.

El cielo estaba teñido de un tenue celeste y despejado de nubes. Por la zona aledaña se encontraban diversas viviendas, un puente que conectaba la siguiente calle, debajo correría un riachuelo, que se manifestaba con la subida del caudal del agua.

-Tengo que ir bien atrás para empezar, hijito…”

¿Cómo hallar una relación entre la ficción y la realidad? O mejor dicho ¿Cómo estas dos dimensiones pueden conversar entre sí?

En este relato intento contar la cruda verdad que el lago vive en la actualidad, mientras que al mismo tiempo, desde la ficción, se despliega una historia ancestral, un cuento que “viene de atrás”, como Oshaco irá narrando a su nieto Manuel, un pasado en el que las cosas “no eran así como ahora”, un antes diferente, con menos descuido y contaminación y con más resguardo y vida abundante.

¿Puede la ficción darnos material para imaginarnos un presente distinto? ¿Una suerte de ideal al que se puede intentar rozar?

A lo mejor con iniciativas como la de Iquitos Bike podemos acercarnos a este pasado ficticio, en el que el lago se halla cuidado, protegido, preservado. En el que somos capaces de saludar su grandeza y al mismo tiempo demostrarle gratitud por aquello que hace por nosotros.

Recojo las palabras de Utsu, personaje principal del cuento que narra Oshaco a Manuel. Él decía: “es importante cuidar”. Y aquí, nuevamente ingreso al terreno de la ficción, para imaginármelo a él, a Utsu, repitiendo estas palabras para sí, con una sonrisa en su rostro, mientras observa a este grupo de jóvenes vestidos de negro, con guantes en las manos, llenando sus bolsas de plástico.

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