Escribe: Marco Antonio Panduro

Catorce producciones discográficas. Alrededor de doscientos cuarenta temas, entre los entrañables discos de vinilo, con portada y todo, cassettes y CDs, andando de la mano con los tiempos y la tecnología que se renueva y las nuevas generaciones que van apareciendo y nos van reemplazando. Bordean ya las seis décadas en salas de grabación o los escenarios grandes o unos improvisadamente pequeños de algún local comunal en un “villorio” de la selva como me dice uno de los hermanos “Wembler’s”. Así se ha pasado la vida. Es lo que me entero en esta conversación que se ha dado inicio en el taxi.


Apiñados, vamos Jair Sánchez, Misael Sánchez, Julio Trino y quien escribe estas líneas. Julio es quien se ha encargado de concertar la cita. Doy alcance a Los fabulosos Wembler’s de Iquitos en un hotel miraflorino. Descartamos hacer la entrevista en el comedor de tres estrellas. Buscamos algo más casual, más abierto, menos aséptico y anodino, más dado a lo espontáneo. Hoy no ha salido el sol. Ayer parecía un verano con “delay”, tipo el distorsionador de la guitarra de Alberto Sánchez que se ha ido a tocar con sus hermanos, Emerson y Jairo, en algún lugar del cosmos. Durante ese lapso que azotó la pandemia, “el corona” no había hecho distinción entre si eras zapatero, doctor o pionero musical de un género que acuñaron ellos, la cumbia amazónica. Perviven dos de los cinco emblemáticos Sánchez Casanova.


Me tocó verlos en una conferencia en un hotel de Iquitos cuando quedaban tres. Estamos en la segunda ola sin saberlo, enero del 2021. Esa mañana entró un crispado funcionario del Estado casi a reprender a los que estábamos presentes, que usáramos mascarillas, que evitáramos aglomeraciones. Había unas fuentes con bocaditos y gaseosas. Cuando le tocó responder a Alberto, Jair se adelantó y lo hizo por él. Lo veía serio. Y poco antes había carraspeado. Y me dije, «Esa tos no suena bien».


Hoy me entero en el café que fue la voz de la banda quien le había dado un topecito en la rodilla como diciéndole, «Tú ni abras la boca. Yo voy hablar por ti». Terminada la conferencia, Alberto el guitarrista que durante cinco décadas había estampado a los temas de ese sonido medio endiablado, hechizante y culebrescamente psicodélico, les confesó, «¡Ahora sí me siento mal!».


El proyecto de SACHA CINE de hacer un documental sobre sus vidas surgió en 2019. Lo vimos por la noche en la sala NOS del Centro Cultural de la Católica, una sala para más de cuatrocientas personas con motivo del 27º Festival de Cine de Lima PUCP. Los dos hermanos de otros tiempos y de un lejano lugar estuvieron en la presentación con sus camisas floridas tropicales, en la alfombra roja, como le llaman, previa de la proyección de la película. Pienso que a ellos les interesa solo un rato este tipo de exposiciones, lo que prefieren es subirse a un escenario, no importa cual, y tocar., como tocaban antes cuando estaban completos. Hoy el lugar de Emerson, de Jairo y Alberto lo ocupan los sobrinos, los hijos de ellos, aunque, claro, la correspondencia de los instrumentos no venga con ADN. Es curioso. Normalmente los clanes suenan a mafia, pero este clan se dedica a la música, y en Iquitos, donde lo que menos puedes encontrar son clanes. Y ha sido un clan musical desde su nacimiento. Hay para contar como sucesores hasta en los nietos.


Ya sentados en uno de esos cafés de lo que fue antes la entrañable calle de las pizzas en los años 80, Jair pide «un juguito de papaya para limpiar el estómago». Misael va por un “americano”, como yo y Julio. El mozo venezolano nos mira por un instante un poco extrañado por nuestro acento. Tres “charapas”, como dicen, más un español, andaluz de nacimiento y granadino de pro, alrededor de una mesa de café.
Con intención o sin ella –lo debe saber su director, Luis Adolfo Chumbe Huamaní–, SONIDO AMAZÓNICO es también una radiografía de Iquitos a lo largo de su construcción endeble, enclenque, precaria en servicios. Una parte de la película transcurre con Luis Chumbe como acompañante de los hermanos que conducen sus motocicletas y lo llevan por aquí y por allá. Van haciendo una cartografía de dónde vivían, y cómo eran las calles de esos tiempos. «Aquí era un caño», dice Misael. Se refiere a la calle Bermúdez. «Por aquí abajo corre el principal desagüe».


El gran gesto técnico es la nitidez de la conversación en una ciudad tan bullera como Iquitos. Otro acierto, la cámara dron que desde un plano cenital se detiene cuando dos canoas se cruzan en el Belén inundado del Itaya y una niña –lleva un polo rojo y un short negro–, casi al final de la escena, a uno de los lados, aparece flotando de espaldas, jugueteando de la forma más despreocupada posible. La imagen, el instante es magnífico, pareciera concertado, pero no lo ha sido. Ha sido un mágico momento.


Con el correr del documental la misma cámara dron y su plano cenital hará un rastreo desde los aires a las tumbas que dejó la pandemia. Un rastrillo que pareciera que vino a arrasar contra todo habitante vulnerable y de alto riesgo que se cruzara a su paso. Hay además una serie de tomas improvisadas o “detrás de cámaras” de cómo fue el proceso de grabación. Una suerte de metacine que Chumbe Huamaní ha querido aplicar.; insertarse en la manera cómo se estaba rodando el documental.


«¡Chatito era!», se le escucha decir a Jair frente a la cámara cuando describe a su padre en una fotografía sepia del matrimonio Sánchez-Casanova. Ellos, digamos, tampoco es que sean muy altos. Fueron los primeros en llegar a la triple frontera amazónica como banda cumbiambera. Quince días de tortuoso viaje de ida, en lancha. Quince días de vuelta, con instrumentos, parlantes, amplificadores y toda la parafernalia musical, sin contar las cinco horas promedio que tocaban.


Les pregunto, si tal como hubo una estación de abundancia, una primavera, en qué momento dejaron de sonar, cómo les cayó el invierno cuando entraron en una etapa de anonimato, eclipsados por esas nuevas orquestas de los años ochenta, sobre todo, que comenzaron a tocar “covers”, un repertorio larguísimo entre salsa, rock, merengues y demás ritmos tropicales. Misael, el timbalero y tecladista de la banda, no cree que hubo nubarrones en la carrera musical. «Cuando pasamos de moda en Iquitos estaban los pueblos en el río».


Le pregunto incrédulo si aquellas comunidades estaban en condiciones de pagarles. «¡Claro! Se llenaban los locales donde tocábamos». Jair completa el panorama diciendo que los esperaban en el atracadero de aquellos “villorios” con la cubierta del disco de vinilo en mano. Los ribereños los miraban de los pies a la cabeza como comprobando si realmente eran Los Wembler’s de Iquitos, si eran “los originales”, de repente les querían hacer pasar gato por liebre. Y ahí recién eran bienvenidos.


Preferiría que sea el parangón con el blues, con R.L Burnside nacido en el caluroso y retrasado Mississippi, por ejemplo. Igual parecieran esos dinosaurios rockeros que han sobrevivido al impacto de un asteroide, pero contra lo que uno puede asociar, no son dados a beber. Jair me confiesa que tiene solo un vicio. Le digo que no me especifique. Y nos reímos. A Misael le caen mal los tragos y nunca ha fumado. Le digo que tiene un aire a William Faulkner. «Tú sabes el húmedo Mississippi y el sur de Estados Unidos y sus ríos y la selva amazónica en algo se parecen».


Lo de Europa y Norteamérica sucedió en 2011, algo cercano a lo que se llama la tan anhelada “internalización“ de los artistas. La anécdota contada por Jair en el documental de cómo se les ocurrió el nombre de la banda es hilarante, en realidad a toda la audiencia le sacó carcajadas. Una gira de tres meses, saltando de aquí para allá debe ser agotadora. La calidad de la comida no es algo que les atraiga por la falta de sabor en Europa. «En Estados Unidos se come mejor», me dicen mientras almorzamos luego de la charla de café. Se refieren a los restaurantes peruanos que son más fáciles de ubicar en la tierra del Tío Sam. Deben dar otra entrevista en una hora. Misael me comenta, «Los italianos son muy parecidos a los loretanos», «¿A qué te refieres?» le pregunto en el taxi que nos devuelve al hotel –por la noche es el evento y hay que descansar un poco–, «Son igual de vulgares…». «¡Jajaja!», reímos los cuatro.


Nos volveremos a encontrar en el Centro Cultural de la PUCP. Las palmas, los aplausos, ya se sabe, luego de la proyección de la película. Frisando la medianoche aparecerán en el Jazz Zone de Miraflores. Julio ha convenido el fin de fiesta con una merecida presentación de Filosofía Fresa, joven banda loretana que se ha ido a buscar nuevos vientos en la capital. Evidentemente el homenaje es “repertoire” íntegro de Los fabulosos Wembler’s de Iquitos. Jair subirá al escenario para unos cuantos temas. No lleva el güiro (o wiro, como se quiera) con el que canta siempre y le da esa cadencia a su cuerpo al son de la cumbia amazónica., quizá porque aquel instrumento de percusión que lo acompaña está reservado cuando los hermanos tocan como ellos saben.