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LOS LIBROS DE SEGUNDA MANO

En mi época de la universidad cuando volvía a Ilha Grande, una de mis visitas, casi obligadas, era husmear los libreros de segunda mano – mayoritariamente hombres. Había uno o dos. Se podía encontrar alguna joya, me decía mientras revisaba sus estanterías. Era libros cuyos folios eran testigos y víctimas de la humedad del trópico. Aún así, no me hacía deshacer mis propósitos, lo tomaba como una aventura libresca, a pesar de los urticantes reproches de mi madre por el fuerte olor que desprendían las hojas de los libros. Es que los libros cambian de olor y de color con el tiempo. Cada que puedo vuelvo a revisar el libro de Fernando de Trazegnies, «Ciriaco de Urtecho», litigante por amor, el color de sus hojas ha cambiado y está borroneado desde la primera página- este libro me hizo conciliar la investigación del Derecho con la Literatura, firmé un armisticio ante el permanente rifirrafe que tenía y tengo con el Derecho. Me contó cierta vez De Trazegnies que el escritor Gregorio Martínez estaba interesado llevarlo a la ficción el litigio de Ciriaco de Urtecho. Tras las huellas de los libros de viejo, cierta vez, con F nos metimos a un rastrillo paseando por Ginebra, mostraban cosas de segunda mano en un parque, y cómo no, también libros que estaban en francés y en alemán, preferentemente. Ahí descansaban los libros. Es un buen pulso librero sobre las ciudades estos rastrillos. Al llegar a Madrid, hace veinte años y pico, coincidió con una feria de libro de segunda mano, acudí casi corriendo, quedaba al frente de la Casa de América, muchas casetas y gran público. Luego recalé en la célebre Cuesta de Moyano, donde hay decenas de tenderetes de libros de segunda mano. Además, estos libros ayudan a los agobiados bolsillos. Todo este rollo es a raíz de una pregunta que hice a unos amigos si hay sitios, en Isola Grande, donde venden libros de segunda mano, y de manera rotunda me dijeron que sí ¿esto es un indicador libresco? Sinceramente, pensé que no había, pero nos puede servir de un indicador para saber que se lee en la ciudad y a quienes se lee. Es una ligera luz al final del túnel.

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