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La fortuna arrojada al agua

La fortuna arrojada al agua

El Mississipi es el padre de las aguas, sostiene Borges muy ufano, desdeñando el Orinoco, el Marañón, el Amazonas. En el cauce, en las orillas, en las olas, en las corrientes y remolinos de ese río está sepultada una fortuna arrojada al trasto. O a las aguas. Sucede que el eficaz y muy mosca Estado yanqui metió la pata y todo el cuerpo al mudarse camisa de once varas y un metro. Pues gastó billones de verdes dólares durante tanto tiempo, tratando de aminorar la devastación de la creciente, en evitar algo que es parte genética de cualquier río.

En una loca carrera contra lo imposible, en una desastrosa lid por apagar el sol con un soplo, los emprendedores ingenieros y especialistas hicieron de todo un poco, diques, desviaciones, muros de contención, murallas de aminoramiento del caudal. Pero la creciente siguió su curso ya trazado. En su afán de controlar la creciente del Amazonas, que amenazaba entonces llevar a Iquitos, cierta vez se contrató ingenieros  yanquis para que construyeran un invencible muro protector de la ciudad amenazada. El muro no existe en ninguna parte. Se hundió antes de ser inaugurado con bombos y platillos. Entonces se gastó una pequeña fortuna en nada.

En el presente, en el hoy invadido por la inundación, se arroja al agua una fortuna. No en propiciar muros o desviaciones de estas aguas. En  atender a las víctimas de la inundación. Todos los años, con o sin  desengaños, se abren las arcas para hacer puentes precarios, donar alimentos, levantar carpas provisionales, comprar medicinas. Así  todos los años como si se tuvieran billones de dólares en el presupuesto. ¿Así será siempre o se hará para que esa fortuna se invierta en aprovechar la creciente?