Esta situación de tener en el cuerpo un virus global es toda una experiencia y muestra nuestra pequeñez ante lo que se pueda venir más adelante. Todo o casi todo es incierto. Es un futuro sombrío lo que nos espera, eso dicen. He estado días sin venir a escribir alguna cuartilla, no podía, las pocas ganas me dejaban postrado en el sofá cama. Extrañaba no estar delante de la página en blanco. La desgana podía más. Nos hacen seguimiento por teléfono para saber cómo vamos. No estamos en el grupo vulnerable. Las noticias siguen siendo desoladoras. El contagio sigue su raudo ritmo. Me comentaba el médico que no intentan controlarlo sino gestionarlo de la mejor manera. Ha sido un tsunami. Así con mis desmarridas ganas me puse a leer algunas lecturas pendientes. No era fácil, lo hago con lentitud y torpeza. La febrícula está latente en el cuerpo. El malestar del cuerpo me produce un cansancio sin precedentes. Me gana el pesimismo. Oteo cuando puedo el FB, hay cada personaje en los tiempos del coronavirus. Me produce risa y vergüenza ajena el bestiario que tenemos. Hay unos que se sienten los observadores de lo que está ocurriendo y van dejando apostillas (citas a poetas incluidos) que son comentadas por sus patas o seguidores – claro está con grandes dosis de egocentrismo de por medio del susodicho ¿habrá encontrado la dicha del FB hace poco este personaje? Otros bípedos van colgando chorradas o difunden bulos que llegan a ser noticias falsas. No tienen freno social. Apenas puedo ver unos minutos que termina cansándome. Acudo a los diarios donde solo salen cifras nada alentadoras sobre el virus, “todavía falta lo peor”, reza uno de los epígrafes. Por estos días el cristal con que veo el mundo está bañado con una profunda desilusión, se lo digo a F por el watsap y me pone un emoticono de preocupación.

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