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Editorial – Agosto 25

Afiches inoportunos

En esta saga de candidatos, esta epopeya de aspirantes al minúsculo poder provinciano, nos toca referirnos ahora a una perniciosa costumbre de ofender moradas, de empapelar paredes como una invasión indetenible, una afrenta masiva. De esa manera, cualquier fachada puede convertirse, en el momento menos pensando, de la noche a la mañana, en acumulación de afiches con fotos de candidatos sonrientes, que muestran señales de  triunfadores y que evidencian lemas que por lo general se refieren a la honestidad. En esos afiches, como es de suponer, no figuran deudas astronómicas, falta de ingresos monetarios, opiniones ridículas.

En conjunto, en estos días eleccionarios, la ciudad luce como una inmensa muralla con afiches. La mayoría de ellos son puestos sin consultar con el propietario, sin respetar su opción partidaria o su resolución de no preferir a ninguno de ellos. Lo peor de todo es que los benditos afiches son pegados con una contundencia letal que hace imposible el inmediato retiro. Esos afiches se quedan allí, salvo una ardua y trabajosa limpieza. Es por ello que todavía se pueden ver, en algunas partes, afiches antiguos. Una forma nada desdeñable es que unos afiches se pueden poner sobre los afiches de algún candidato, como una guerra de papeles.

No sabemos cuánto aportan los afiches en la intención del voto y a la hora de la verdad en las ánforas.  Ignoramos si un afiche es decisivo en la cifra definitiva de los  candidatos. Pero eso no es el tema. Se trata de que nadie, ningún político, puede pegar afiches con su rostro y su optimismo ganador, sin la civilizada consulta, sin el previo permiso. Una fachada, hasta de la casa más humilde, es un espacio sagrado, es un territorio inviolable. ¿Y si se pone un precio a cada fachada?


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