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Con Nájar, Varela y Rodríguez he hecho un trío

ESCRIBE: Jaime A. Vásquez Valcárcel

¿Nos estamos volviendo locos, viejo? O ¿Nos estamos volviendo viejos, loco? En las última 46 horas he pasado de la risa al llanto. Figurativamente. Metáfora también le llaman. He dado gracias a la vida, que me ha dado tanto. Con Jorge Nájar, Ana Varela, Gerald Rodríguez y otros más me he pegado una amanecida. Me van a disculpar, pero en nombre de ellos he disfrutado de la palabra. Sí.

En un arranque de atrevimiento me he visto charlando como dos niños con juguete nuevo con el escritor Jorge Nájar. Él desde París me transmitía esa riqueza idiomática tan peculiar en los amazónicos y hemos hablado de su cuento. Ese cuento inédito que va macerándose a punto de algunas comas o de cómo meter una historia dentro de otra historia. Su palabra me dio vida, palabra. Escuchar a Nájar haciendo sugerencias sólidas y diplomáticas. Observar su observación ante las atrevidas sugerencias de un lector siempre novato es una lección de vida, desde la literatura. Mayuchín, tierra colorada, esa geografía que Nájar universaliza en “Epitafio” tiene que ser vista como un territorio posible. Total, de eso se trata de la literatura, también. De crear mundos paralelos y donde los personajes van entrelazándose y aparecen de un momento a otro, como en la vida misma. Cómo no creer en la palabra bien dicha, bien pensada, cuando se habla con Jorge Nájar. No hay forma.

En un ejercicio de disciplina nunca habitual me he dado tiempo para ver. Volver a ver. Leer. Volver a leer. Lo dicho y escrito por Ana Varela en la inauguración de la FIL 2020 nos comprueba que la palabra siempre tendrá esa vital función. Revitalizadora. Histórica y reivindicativa. Ana, desde su exilio necesario en San Francisco, ha dicho lo que tenía que decir. Si estaría al lado del poeta Javier Dávila Durand y le preguntaría qué le pareció el discurso de la Premio Copé de Poesía malicio que respondería con esta palabra: Qué sobriedad. Y asentiría con la cabeza, sin bajar la cabeza. Las palabras de la poetisa han sido un llamado de atención a todos. A todos, no digan todes por favor. Días después participó en un recital donde ratificó que, salvo la poesía todo es ilusión. Cómo no creer en la poesía como un ejercicio profesional que sana, salva y santifica. Ana Varela de manera intermitente nos devuelve la función de la palabra. Cómo no creer en los versos, en la prosa, en la sintaxis cuando se escucha a Ana Varela. No hay forma.

En medio de cantos de un gallo nada impertinente, allá en la cercana Requena un joven profesor nos muestra sus andanzas literarias. Habla de los universales y, también, de los nacionales y regionales. Nos grita calladamente que el oficio de la literatura es una profesión. No se anda en discusiones si es la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios. Anda, como un orfebre sin la materia prima necesaria, limando asperezas entre sus personajes. Lee, luego escribe. Lee, luego rebusca. Lee, luego revisa. Toma y lee. Tanto que ya parece un devoto de San Agustín. Gerald Rodríguez, desde donde se encuentra, siempre es un literato. Solitario, a veces. Otras veces, acompañado. En esos vericuetos creativos ha creado a Pablo Normand, personaje que representa a los mataindios de toda la vida y que, siendo una invención, tienen la realidad como estímulo creativo. Cómo no creer en la perseverancia, la constancia, la insistencia cuando se mira el trabajo de Gerald. No hay forma.

Un par de días antes me había dado las 8 de la mañana. No había pegado el ojo desde las 8 de la mañana del día anterior. Un vino tinto, semiseco. Me refiero a la botella. Unas copas alejadas por la hipertensión, ha sido la compañía perfecta en esa soledad de reencuentro con la literatura. Como si el tiempo regresara a esos años universitarios donde tendíamos una tablita para que el frío no entre por los pies. Como si la resaca de todo lo vivido y bebido implorara que se alimente el alma. ¿Necesita alimento el alma? ¿Para qué evitar que el frío ingrese por los pies cuando el hambre entra por el estómago?

Todo un trabajo de orfebrería es la literatura. Toda una orfebrería es el periodismo, como parte de la literatura, dí. Qué importa que se diga que los monosílabos no llevan tilde. Al diablo la ortografía, total de eso se trata la literatura. De hablar de Mayuchín cuando ya nada quiera hablar. De hablar del alma cuando todos estamos preocupados en el cuerpo. Me olvidaba: Tanto Jorge Nájar, Ana Varela y Gerald Rodríguez, han publicado en Tierra Nueva. Me olvidaba.


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