ESCRIBE: Miguel Donayre Pinedo.
Soy un superviviente, y no estoy intacto
George Steiner

Unos días antes había llegado la pandemia en casa con febrícula, tos atosigante y demás secuelas. Era el inicio de la primavera. En esos momentos mi interés decaía a bajo mínimos por leer los periódicos y escuchar las noticias de los telediarios que se cebaban en frías cifras sobre la enfermedad que dicen poco, me parecían resultadistas, y con una deriva de pesadumbre.

España, por esos días, se vistió de negro, se volvió monocolor. Una tarde de marzo con la enfermedad dentro de mí me llevaron en una ambulancia del Centro de Salud a la Unidad de Cuidados Intermedios Respiratorios (UCIR). Carraspeaba, la tos iba a peor y me impedía hablar, ignoraba los efectos de la silenciosa neumonía que estaba incubando. La decisión de llevarme al Centro de Salud la tomó F, a pesar que me resistía, si no fuese por esa decisión esta historia no estaría escrita. Me ahogaba, respiraba con dificultad. La médica del Centro de Salud al ver que el punto de saturación iba a peor pidió que me trasladaran al hospital de la Fundación Jiménez Díaz, tras cincuenta horas en la UCIR me trasladaron a planta, Neumología, donde estuve ingresado diecinueve días. Así se pudiera contar el sumario de mi vía crucis. Aunque las historias de la epidemia de parte de los supervivientes se parecen todas, también hay algo de singular en ellas y, por eso lo cuento. En un abrir y cerrar de ojos, dependía de una máquina de oxígeno, de estar postrado en una cama y pendientes que el punto de saturación retomara los niveles aceptables. Amén de la medicación necesaria que me pinchaban en los brazos. Desde entonces creo que no pegué ojo, vivía en un galopante estrés. Los hospitales secuestran a los sueños. Me estaba jugando la vida, la situación no pintaba bien. Fue un tratamiento de shock y con la pandemia en el momento más intenso. En esas horas grises, pude ver desde las vísceras como laboraba el personal de la UCIR, de una manera implacable. Desde el habitáculo donde estaba observaba cómo trabajaban con pasmosa exactitud desde el personal que hacía la limpieza hasta el personal sanitario, señalar que, mayoritariamente, el personal sanitario de los cuidados eran mujeres. En la UCIR no volví a ver el día durante esas horas, perdí la noción del tiempo y del sueño. F se enteraba de mi situación con los mensajes por el wathsApp. Estaba en cuestión de horas en el epicentro de cuidados de la pandemia.
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