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A llorar a la playa, ¿no?

No es novedad en la historia electoral de Loreto -y del país- que el candidato perdedor una vez conocido los resultados de los comicios ande por el mundo gritando la existencia de un fraude que le ha perjudicado. Hay indicios razonables -algunas veces- que llevan a pensar que no se ha respetado la voluntad popular, sobretodo en los pueblos ribereños donde es muy fácil desaparecer o quemar ánforas. Es comprensible que cuando un candidato anda repitiendo por décadas que está en el primer lugar -con el único argumento de las encuestas que manda a realizar y, por eso mismo, le dan ese puesto- y conocida la realidad de las cifras lo primero que se le ocurre es gritar que se ha producido un fraude.

Sin que los organismos electorales sean un ejemplo de pulcritud y de transparencia este columnista cree poco probable que se haya producido un fraude en donde se haya favorecido a un determinado candidato. Esto, sin embargo, no quiere decir que avalamos ciegamente lo que viene contando -con cierta demora en algunas jurisdicciones- la ONPE. Pero es lo que tenemos. Y hasta el momento -más allá de charlas en la esquina o tertulias exageradas- no se ha mostrado pruebas que lleven a pensar que se ha torcido la voluntad popular.

Si algo le falta a la clase política regional es una dosis de apego a la realidad. Por eso es destacable que el mismo domingo de las elecciones el candidato perdedor en Punchana, Olmex Escalante, haya tenido la hidalguía de reconocer los resultados y, tácitamente, felicitar el triunfo de Jane Donayre. No es revelar un secreto afirmar que Escalante será el principal opositor a todo lo que haga la nueva alcaldesa. Y está bien que así sea. Se necesita vigilantes de los gobernantes y Olmex tiene que cumplir ese rol. De ahí la importancia del reconocimiento del triunfo ajeno y la aparición en la conferencia de prensa junto con los demás candidatos -ganadores y perdedores- de Restauración Nacional tenga un ingrediente democrático y pedagogo que muy pocos han resaltado. Contrariamente a lo que sucede con otros que aún sabiendo los datos que los desfavorecían la misma noche del domingo ya hablaban como autoridades. Claro que las cifras a las pocas horas los desmintieron y tuvieron que, para variar, irse a Lima y desde ahí digitar sus alucinantes pretensiones.

Si algo le sobra a la clase política es políticos sin clase. Se ha evidenciado en los últimos días, posteriores al 7 de octubre. Candidatos que se han escondido con el único afán de dar rienda suelta a la chismografía urbana que lleva y trae cifras de acuerdo a sus odios o temores o, sin duda, intereses y beneficios. Postulantes hiperactivos en las redes sociales que antes del día del sufragio empalagaban con sus primeros lugares y luego de ese día evidencian una carencia total de decencia siquiera para “postear” el reconocimiento del resultado adverso. Con excepciones que han sido la minoría, en verdad.


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