ESCRIBE: Percy Vílchez Vela
Desde la distancia de la serranía de Celendín, mi abuelo paterno, Ernesto Vilchez Soria, vino a vivir en Panguana. En ese caserío se unió en matrimonio con una lugareña, la abuela Petronila Vela Bardales. Y, trabajando laboriosamente, de sol a sombra, logró instalar un pasto que nombró como Miraflores. En la crianza del ganado destacó como curioso o curandero con tabaco. ¿Dónde aprendió algo del chamanismo ese perdido antepasado? Es posible que esa sabiduría lo aprendió de los bora que contrataba para laborar en el pasto. En su biografía destaca el hecho de que en determinado momento de su vida se volvió pastor evangélico, iniciando así una tradición creyente que yo encontré al nacer.
El abuelo, de origen andino, en su vida en el bosque fluvial no olvidó el quechua que vino con él. Tampoco olvidó algunas melodías que debió aprender en sus años mozos. Y algunas de esas bellas canciones en ese idioma pasaron a formar parte del repertorio habitual de los cantos hogareños de mi madre. Ella, mientras cocinaba o trajinaba por la casa, cantaba esas melodías breves y tajantes. Yo crecí no sólo escuchando esas canciones serranas, sino escuchando los huaynos que difundían algunas emisoras en las mañanas como algo natural. En el repertorio de mi madre figuraban también valses criollos y melodías amazónicas. De tal suerte que temprano conocí las expresiones artísticas de las tres regiones naturales del país.
“Cualquier hombre no contaminado por el egoísmo puede vivir todas las patrias”, dijo acertadamente el infortunado escritor José María Arguedas. En efecto, ningún peruano puede en serio renunciar a la riqueza racial y cultural de este país multicolor y múltiple. Y en mis viajes a la serranía no dejaba de pensar en Celendín, en la cuna andina del abuelo que había dejado la huella de su paso por la fronda. En esos años ya había conocido a otros serranos en Iquitos, como migrantes que buscaban un mejor porvenir en la fronda. Es así entonces que arribé a Huancayo, lejos todavía de Celendín. Era tiempo de una de esas ferias librescas y me encontré con el querido y admirado poeta Rodolfo Hinostroza, a quien había conocido en Iquitos.
Lo que más me llamó de entrada la atención de esa ciudad andina fue su biblioteca monumental que estaba en el centro de la urbe y tenía cuatro asombrosos pisos. Otra cosa que llamó poderosamente mi atención fueron las incipientes evidencias amazónicas en esa urbe. “No hay cultura peruana que no tenga huellas o registros amazónicos”, dijo o escribió don Javier Pulgar Vidal. Así era. El historiador trujillano, Larco Hoyle, en su libro Los Mochicas, fue más radical al sostener que los antiguos chamanes amazónicos fueron los primeros en enlazar, conectar, el vasto territorio que después se llamó Perú.
El Perú no solo es, territorialmente, un país amazónico, sino también históricamente. No hay que olvidar el aporte fundamental de don Julio César Tello.





