ESCRIBE: Jaime A. Vásquez Valcárcel

La política necesita concertación, no negociación. Concertaron Fernando Belaunde y Luis Bedoya Reyes en 1980 y cogobernaron hasta que las circunstancias electorales los volvieron a separar. Negociaron Keiko Fujimori y Martín Vizcarra para repartirse ministerios y terminaron peleándose y con ello estrenando una inestabilidad pocas veces vistas en el país, por su duración. Desde esa ruptura Perú no ha parado de estar en medio de negociaciones bajo los logos de todos los partidos con representación en el Congreso. Nadie se salva porque en el Congreso de estos tiempos se va a negociar, no a concertar.

No es malo que los políticos se reúnan, que lleguen a consensos, inclusive en períodos electorales. “Conversar no es pactar” dijo el líder aprista Ramiro Prialé para explicar reuniones políticas con sus adversarios. Es imprescindible conversar, no es necesario pactar. Por eso les cae bien la frase “pacto mafioso”. Aunque pactar es mucho mejor que negociar. Lo malo es que los políticos actuales nos quieren demostrar que lo hacen por “amor al Perú” y porque se han ofrecido disculpas. Sucede en la literatura, en la economía y, digámoslo, en las mejores familias. Pero no se puede vivir ofreciendo disculpas eternamente.

Lo que han hecho Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori no llega ni siquiera a negociación. Es una vil utilización. Ni siquiera como favor hacia la ciudadanía sino a sus intereses personalísimos. Ya se juntaron el 2011 para el intento de derrotar a Ollanta Humala y perdieron. Ya se distanciaron el 2016 porque ambos pasaron a la segunda vuelta y él le dijo en un mitin: “Lo más probable es que hijo de ratero es ratero también. (De) tal palo, tal astilla”. PPK este 2026 apenas ha llegado a los mil votos postulando como senador por Lima, así que está descartado su nivel de endose. Endosa quien tiene votos, él no los tiene. Ha sido utilizado por Keiko, experta en estos menesteres. Él se ha dejado utilizar por mejorar su situación judicial, porque ingenuo no es, no.

Alan García, el 2010, creó la condecoración “Orden de las Artes y las Letras del Perú” para otorgar a Mario Vargas Llosa que acababa de recibir el Premio Nobel de Literatura. Mario, que en 1990 recibió los más duros ataques del líder aprista y una persecución que llegó incluso a temas tributarios, fue a Palacio de Gobierno y escuchó las alabanzas del Presidente de la República y, nobleza obligaba, él también reconoció virtudes de quien se había expresado políticamente sobre él de la peor forma. Era diplomática e intelectualmente correcto que aceptara la condecoración y, también, era entendible que Alan le ofreciera este reconocimiento como el escritor peruano más universal. Cálculo político o utilización no hubo.

Luis Bedoya Reyes, líder histórico de la derecha peruana, recibió el 2011 la distinción de “La Orden del Sol” del Presidente Ollanta Humala, gobernante totalmente opuesto a sus ideas y acciones. Como era su costumbre, Bedoya tuvo palabras elogiosas hacia quien “con serenidad y firmeza” dirigía los destinos de la patria. Lo mismo hizo Ollanta. Reconociéndose rivales no tenían problemas de destacar, en público y privado, con reciprocidad las virtudes democráticas de ambos. Ambos estaban en las antípodas políticas y sabiéndose distantes las acortaron porque entendieron que entre contrarios debe primar el respeto.

Lo que ha promovido Keiko con PPK no es disculpas ni perdón, menos reconciliación. En nombre de la patria, del amor al Perú dijeron, han dado un espectáculo propio de quien (PPK) se siente acorralado por temas judiciales y de otra (Keiko) que siente la desesperación de ganar las elecciones. Eso no es ni democrático ni digno de verse como un ejemplo de concertación.

Política y electoralmente PPK no es nada y las posteriores apariciones en entrevistas lo han mostrado como un personaje que más allá de ofrecer perdones y disculpas debería solicitar que el pueblo peruano le perdone por todo lo que hizo contra el país desde el primer gobierno del arquitecto Belaunde. Keiko Fujimori, como lo hicieron los opositores a su padre en mayo de 1990, está desesperada por dar la imagen de concertadora y que todo lo hace por amor al Perú. Ese discurso ya lo dio el 2011 con el mismo PPK, el 2016 posando con sus hermanos, y el 2021 convocando a artistas. Este 2026 repite la fórmula. Puede que le funcione este año, pero ni así quitará de la mente de la mayoría de los peruanos que es capaz de abrazar y traicionar con la misma hipocresía que ha mostrado en su vida política desde que reemplazó como Primera Dama a su madre, prefiriendo el poder al cariño materno.

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