Por: Moisés Panduro Coral

¿Por qué los seres humanos tenemos fe?. Cómo es que podemos acceder a ese sentimiento tranquilizador de que las cosas nos saldrán bien, que el camino que hemos escogido es el correcto, que los ideales que hemos abrazado se cumplirán con certeza; cómo es que explorando lo eterno y lo infinito, sin jamás alcanzar sus cofines, podemos proyectar  en nuestra mente el sentido existencial de la vida; y cómo es que podemos tener la certeza de que desde el principio hasta el fin existe una Inteligencia Creadora al que acudimos sin verle.

No estoy hablando de religión, estoy hablando de espiritualidad vista desde la ciencia. Es bueno aclararlo porque a menudo se confunde. Las investigaciones realizadas por connotadas personalidades e instituciones científicas van confirmando que el ser humano posee en su interior un chip programado por un diseñador doctísimo, imposible de generarse por casualidad evolutiva; una partícula infinitesimal que nos conecta bioquímica e instintivamente con algo superior; un gen de Dios capaz de desencadenar procesos de autotrascendencia en cada ser humano.

Este gen recibe el nombre de VMAT2 y ha sido identificado  por el famoso genetista Dean Hammer tras rastrear fragmentos de ADN en mil individuos de diferentes edades y contextos sociales. “¿Por qué la espiritualidad es una fuerza tan poderosa y universal? ¿Por qué tanta gente cree en cosas que no puede ver, oler, saborear, oír o tocar?” se pregunta Hammer y la respuesta la vamos encontrando en nosotros mismos, pues según el libro de los libros hemos sido hechos a imagen y semejanza de Alguien a quien llamamos Creador. Un dato relevante aquí es que el 98% de la población mundial cree en una “fuerza superior”.

Pues bien, el conocimiento científico va probando con sus propios métodos que la espiritualidad es una de nuestras herencias básicas, y que no la estamos aprovechando en pro de una humanidad humanizada, vale decir de sociedades y personas que lejos del materialismo individualista a la que somos proclives, promueva, más que como una obligación impuesta desde el Estado,  la necesidad de encontrar la trascendencia personal como una argamasa para edificar los cimientos básicos que nos permitan formar ciudadanos responsables, honestos y eficaces en sus actos de vida.

Uno de los actos de vida es el acto político; la acción política, la preocupación genuina por los problemas de la gente, y derivada de ella, la vocación de servicio, la solidaridad con los que menos tienen, orientando la aguja de la brújula personal persistentemente hacia el norte de la justicia social. No veo forma de construir una sociedad justa y libre, sino es por el camino del fomento de la trascendencia, que no significa olvidar las urgencias cotidianas, ni soslayar los buenos placeres, ni menos quitarle riqueza a la diversidad de opiniones y perspectivas que requerimos para fortalecer la democracia.

Es curioso que el VMAT2 o gen de Dios, controle algunos neurotransmisores, entre ellos, la dopamina y la serotonina, dos moléculas asociadas con el placer y la felicidad. Vivir con placer, alcanzar la felicidad que son objetivos de varias naciones del mundo depende,  por tanto, de como asumamos nuestra razón existencial, ésta a su vez impulsa la práctica de valores que tanto se predica y que debe ser intrínseca a la personalidad política. Pero todo ello, aunque suene a metafísica, nace en la búsqueda de la trascendencia para formar hombres libres, hombres plenos, hombres justos.