Enfermedades en reyes y gobernantes

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Javier Vásquez

La hemofilia es una enfermedad de la coagulación que  la transmiten las mujeres a sus hijos varones sin padecerla, y puede hacer que una simple hemorragia acabe con la vida de quien la sufre. Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I de Borbón, se casó con Victoria Eugenia, nieta de la reina Victoria. Tuvieron dos hijos enfermos de hemofilia, Alfonso y Gonzalo, que murieron ambos por hemorragias causadas por accidentes de tránsito, y cuatro hijos sanos, entre ellos el padre del actual rey de España. Sin duda el hemofílico más famoso de la historia fue Alexis Románov, hijo de Nicolás II, último Zar de Rusia. De su dolencia se ocupó el famoso Rasputín, con sus controvertidos métodos curativos.

En un artículo publicado en el 2009 en la revista Brain, el Dr. David Owen llegó a la conclusión de que la mitad de los presidentes estadounidenses entre 1776 y 1974 ha padecido trastornos psiquiátricos. Los más comunes: depresión, ansiedad, trastorno bipolar y dependencia del alcohol. En uno de cada tres casos, estos problemas “fueron evidentes a lo largo del ejercicio de su mandato”. Da ejemplos: Theodore Roosevelt (trastorno bipolar), Wilson y Hoover (trastorno depresivo grave), Nixon (abuso de alcohol).

François Miterrand, ex presidente francés, sufría cáncer de próstata y su obsesión por esconder la enfermedad se transformó en paranoia.  Tenía miedo de ser objeto de espionaje médico internacional y de que le descubrieran. Claude Gubler, su médico personal, registraba a consciencia el cuarto de baño usado por su paciente y vaciaba las váter después del uso para estar seguro de no dejar rastro en las habitaciones de los hoteles que pudieran hacer sospechar que el presidente estaba enfermo.

Winston Churchill, ex primer ministro británico,  fue proclive a la depresión. Confesó que no le gustaba estar cerca del borde de un andén cuando pasaba un tren, porque tenía la tentación de tirarse. Sufrió a lo largo de su vida muchos altibajos. También tenía afición a la bebida. “Las cantidades de licor que consumió –champán, brandy, whisky– fueron increíbles”, comentó un funcionario tras ver al premier en 1943.

F.D. Roosevelt, ex presidente norteamericano, contrajo la polio a los 39 años. Su médico le consideraba como comandante en jefe y tal vez no le cuidó como es debido. Baste pensar que se le hizo el primer chequeo médico completo sólo en 1944, once años después de su llegada a la presidencia, a instancia de su hija. Se le diagnosticó entonces hipertensión, disfunción e insuficiencia cardiaca y bronquitis aguda. Los médicos calificaron su estado como “terrible.  Murió en abril de 1945.

J.F. Kennedy cuando prestó juramento en el cargo, padecía la enfermedad de Addison (una insuficiencia de las glándulas suprarreales), diagnosticada  en 1947. Le dieron un año de vida y, antes de que empezara a recibir tratamiento, llegaron a administrarle los últimos sacramentos. Fue tratado con testosterona y esteroides, lo que le disparó el apetito sexual. Hay leyendas que dicen que necesitaba mantener relaciones sexuales tres veces por día para combatir sus dolores de cabeza. Tuvo problemas de espalda a lo largo de su vida a raíz de un accidente de auto en 1938. Los médicos confirman que los pacientes con enfermedad de Addison presentan “casi sin excepción anormalidades psiquiátricas”: depresión, apatía, ansiedad, irritabilidad.

De Adolfo Hitler los psicólogos de la CIA consideraban que sufría de “histeria, paranoia, esquizofrenia, tendencias edípicas, autodegradación y sifilofobia, un miedo a la contaminación de la sangre”. Se cree que sufría de Parkinson. Sólo tenía un testículo, sufría hipocondría e insomnio y durante el asedio de su bunker consumió cocaína.

 

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