Es muy frecuente el error del viajero que en el sitio donde esté trata que las cosas funcionen como él cree que debe o está acostumbrado funcionar, el típico ejemplo de los enchufes y de la potencia de la luz de los aparatos, no en todos los sitios son iguales, hay matices. Si no llevas un adaptador o enchufe no funciona el aparato o debes comprar un adaptador local como la solución a tu traspié. Pasa muy cerca cuando viajamos a Brasil, por ejemplo. Es lo que ocurre cuando se aparca en la Amazonía, hay que saber adaptar y adoptar los instrumentos para tener una mejor imagen de esta parte del bosque. Pero es un error del daguerrotipo frecuente de los que vienen a la floresta. Aunque esta pifia del viajero, no es solo atribuible a ellos o ellas, también los locales metemos la pata con frecuencia, quien diga que no, que tire la primera piedra. En los años de lector bajo mis hombros lo que rescato es que para tener una adecuada proyección del palustre hay que tener una mirada contrapuntística, quien adolece de ello, seguirá con el tropezón e indigestión del viajero; indigestión que se repite con asiduidad que, incomprensiblemente, es aplaudida por los incautos. Cuando estuve en La Paz al borde del soroche, un amigo boliviano me comentó una verdad con gracejo, me dijo que debería tener en cuenta la siguiente recomendación de viajero: “comer poquito, andar despacito y dormir solito”, sí incumplía estas reglas podía pasarla muy mal esa noche, máxima que cumplí a rajatabla más con el puñetero dolor de cabeza que era un aviso de navegantes del mal de altura. Con la floresta pasa una situación muy parecida. Esa mirada o aproximación contrapuntística tiene que ver con la construcción de ciertos cánones para poder bucear sin problemas en un contexto diverso, difícil y complejo como es el palustre. Una lección de esa aproximación contrapuntística es que no hay una sola Amazonía.