[POP con Paco Bardales]:

ESCRIBE: Jaime Vásquez Valcárcel


En tres entregas Jaime Vásquez Valcárcel analiza – a su manera- el último libro del loretano Paco Bardales, POP, que fue presentado el mes pasado en Iquitos y que ha recibido buenos augurios de la crítica. Desde la apreciación al trabajo del escritor hasta la referencia a los temas que se aborda en el libro de Bardales estas entregas intentan una aproximación a la escritura del loretano y la forma cómo va concluyendo una obra. No siempre coincidente con los temas elegidos ni la forma en que se tratan, el escrito es una invitación a la lectura de POP y confirma que el amor a la tierra no tiene necesariamente que expresarse con frases bonitas o apreciaciones bellas. A una ciudad se la quiere con lo que es, con lo que tiene y con todos los que la habitan. POP es eso y mucho más y Paco es más que un escritor. Lo dice el autor de la nota.


Paco Bardales es un escritor que desde sus primeros artículos ya mostraba su apego a la palabra bien aplicada y a la frase mejor pensada. Y esas condiciones las ha ido puliendo. No por gusto se estrenó a los dieciséis años en una ciudad donde lo que menos hacen los adolescentes es escribir, como se sabe. Y es que Paco adquirió el vicio de escribir como consecuencia lógica de sus lecturas. Primero lee, luego escribe. Primero piensa, luego cuenta. Si algún vicio hay que agradecer que tenga Paco es por las grafías, aunque él dice que es cinéfilo. Ese vicio, sumado a la disciplina del orfebre mezclado todo ello con conocimiento y agudeza tiene que asegurar buenos escritos. Con esas cualidades lo que se tiene como resultado es un libro agradable. Y eso es POP. Libro multitemático pero que, curiosamente, bordea a Iquitos en sus tonos y detalles, en sus gentes y sus miserias como bondades. Y, creo, que uno de los aportes más importantes y por ello quizás imperecederos del último libro de Paco es que coloca a Iquitos como una urbe del mundo. Alejada del junglismo, de la mera anécdota, del folclorismo que tanto daño nos ha hecho. Somos una ciudad como cualquiera de alguna parte del mundo. Cosmopolita si quieren, provinciana si desean, capital ecológica del mundo para los huachafos, que bordea la maravilla natural del mundo para los halagos. Como se prefiera. Pero tenemos la categoría de ciudad. Todo ello dividido en capítulos que uno puede leer independientemente, con la excepción del primero y último que es una especie de conexión con la capital loretana y una reafirmación de arraigo hacia el suelo que a tantos vio nacer.

La tierra del olvido

Un libro amazónico que comience con la palabra mar no solo es una provocación a la lectura sino un recurso atrevido. Y el libro de Paco es de un atrevimiento y un comienzo que te conecta. Es la historia de un joven limeño, sin chamba pero con estudio de Derecho, con miles de dudas y una afirmación: la calle está dura. Como los de aquellos que buscan trabajo, aunque no necesariamente un pago porque en casa tienen la mesa servida y la cama tendida y pueden darse la gran vida. Está –el joven- un poco perdido, tanto así que pronuncia esta frase: «quisiera cometer un crimen perfecto, no dejar rastro. Irme sin retorno, sin mirar atrás”. Y ahí uno encuentra la palabra que es la clave en todo el libro: el arraigo y desarraigo a la vez. Atrevido y paradójico, pues. Un amazónico al que le quema Lima y busca huir. Así, ya lo tenemos en Pucallpa, desde donde viaja en lancha a Iquitos, con el pensamiento puesto en obras y escritores como Gaspar de Carvajal, Germán Lequerica, Reverte, Costeau y lanza una frase de Herzog: «es la tierra que Dios, si es que Dios existe, ha creado con cólera». Una frase demoledora para referirse a la selva peruana. Con estas reflexiones llega a Iquitos y escucha a Carlos Vives con «la tierra del olvido», mientras hace su aparición, con rezo incluido, el Niño Jesús de la Caja, esa creación de religiosidad pura y popular expresada por los que fundaron “La restinga”. El autor ve  a Iquitos como un caos pero vuelve a ella, como todos. No quiere quedarse en Lima porque la calle está dura pero tampoco quiere radicar en Iquitos porque ha sido creada con la cólera de Dios. Sin embargo, se encuentra recorriendo sus calles, qué más da. Amor y odio donde prevalece siempre lo primero.

El evangelio del caos: caucho infernal, #24OCT, Expropiar, prohibir, demoler, destruir…

Caucho infernal

Cronológicamente comienza en noviembre, 2010. Frente a la casa de la Gobernación. Se mete en la época del caucho y sus personajes con recorrido callejero llenos de enigmas e interrogantes. La Biblioteca Amazónica es el pretexto para meterse en “El sueño del Celta”, novela de Mario Vargas Llosa. Y aquí el autor comete una exageración que va mezclada con atrevimiento: «para Iquitos, el Nobel resulta un acontecimiento. Lo siente suyo». Es una exageración aceptable porque en varios capítulos del libro el autor nos coloca en una frontera imperceptible entre la ficción y no ficción. Una de las exageraciones mezclada con datos improbables es aquello que MVLl visitó Iquitos para “la recopilación de fuentes directas para la investigación histórica que se encuentra en la novela”. En este capítulo se puede encontrar pasajes históricos ya conocidos con harta dosis personal, como debe ser. Queda el sabor amargo de una época que fue vista como prosperidad al limitarse a los azulejos llegados desde Europa sin considerar que la clase indígena fue diezmada inmisericordemente. “A veces la ciudad no quiere mirar atrás. Le duele la sangre derramada de los inocentes. A veces exuda furia. A veces no deja de sentir resentimiento”. Son frases de este tipo que abundan en el libro y que al lector le pone en problemas para distinguir entre la ficción y la realidad. Pero ahí está el detalle y uno de los logros del libro.

#24 de octubre

Comienza el 24 de octubre de 1998. Una perspectiva personalísima de lo que se vivió esa fecha, ya sea al narrar sobre los jóvenes con polo rojo apostados por la UNAP a la espera de los acontecimientos y una mirada a la clase política local y la autoridad militar de esos días con acotaciones y omisiones que se alejan estilísticamente de la objetividad que, además, no tiene por qué ser una condición obligada de los que apelan a la no ficción o entre quienes a partir de una realidad intentan contarla a su manera. Para mi gusto hubiera sido docente mencionar la reunión en la Planta lechera con detalles de la misma que, al autor, le hubieran contado personajes que además de haber sido testigos son amigos de él. Paco hace un recuento histórico de los conflictos hasta llegar a ese octubre trágico y deja entrever que todo fue producto de infiltrados del SIN.

Aparece octubre del 2009 y el autor desde un ETUISA recuerda la gesta asháninka de 1594, la de Juan Santos Atahualpa, los omagua y que a pesar de ello la realidad sigue siendo la misma y toca brevemente la ceremonia muy importante de enero de 1999 en Lagartococha donde se cerró la frontera con Ecuador definitivamente y que antes de eso motivaba anualmente escaramuzas bélicas. Decir que el 24 de octubre se celebra como el día de la dignidad es una exageración que encuentra una explicación en que el autor desea terminar el capítulo tal como lo empezó: con una exageración.

Expropiar, prohibir, demoler, destruir…

Esta parte comienza con un preludio catastrófico sobre Iquitos y una frase que lo grafica: “Otra noche de mierda en esta puta ciudad”. Vienen las historias del caos. La demolición del Palacio Municipal y la semidestrucción de los murales de Calvo de Araujo son ejemplos de ese caos donde la exageración no es ajena. Como, por ejemplo, afirmar que Salomón Abensur acabó con el Festival Regional del Libro equivale a decir que Rony Valera lo estrenó cuando todos sabemos que ambas circunstancias tienen un nombre: Joaquín García Sánchez. Pero el capítulo incide en que la memoria fue combatida ferozmente como los negativos fotográficos echados al río y los periódicos de la Biblioteca Municipal echados a la calle. Si comienza con una visión fatalista de la ciudad de Iquitos también la termina con ese estado de ánimo. Pero es en ese espacio geográfico donde tiene que escribir.

El hijo alado de la magia amazónica

Es uno de los capítulos mejor logrado del libro. Con dos espacios bien marcados: occidental y amazónico. Nos hace volar por la tierra, figurativamente, con una habilidad literaria sustentada en el conocimiento de la vida y pensamiento del protagonista: Gino Ceccarelli, quien comenzó a comunicarse con los espíritus y por eso seguramente se lo quiere más. Y por eso se mira con cierta envidia sus romances con sirenas y runamulas. Gino ama con alegría y locura y así pinta también. Paco afirma con conocimiento que Gino no ha caído en modas y argollas y tampoco haber prostituido su trabajo. Y cuando afirma que los mitos y los hombres son indesligables es una frase que todos podemos firmar.

Sabor

Es uno de los capítulos que deja un sabor agridulce. Pues a pesar que recorre con Chelita Chong, la esposa de ese gran conversador como fue Julio Alarcón, conocido como el chino Alarcón tanto en la vida vespertina como nocturna de un Iquitos que ya no volverá jamás, el mercado para las compras de los ingredientes de lo que será el pescado en salsa de mamey, se detiene en anécdotas que son eso solamente como aquella de la torta. Pero donde uno comienza a saborear el capítulo es cuando Paco degusta el inchicapi o el juane y muestra lugares donde comer potajes amazónicos en Lima. Aunque omite el mercado de Magdalena se le perdona al autor porque, según últimas declaraciones, está en plena preparación de un libro sobre gastronomía donde las omisiones no recibirán el perdón de ningún comensal, menos algún lector. Por ejemplo, ahí tendrá que referirse a esa maestra del ninajuane, como es la profesora Nilda Chávez de Jarama, quien con ese plato ganó un concurso nacional convocado por RPP Noticias y que ganó a aquellas que se consideraban las referentes de la cocina amazónica cuando es evidente que las ollas y fogones de los domicilios –y no necesariamente de los restaurantes- tienen los sabores más auténticos.

CNI es más que una oración

Es uno de los capítulos más intensos, emotivos y que uno lee casi al borde del éxtasis. Porque juega con los tiempos, como haciendo honor al fútbol de Colegio Nacional de Iquitos en combinación con Hungaritos Agustinos. Comienza con una fecha memorable: 11 de diciembre del 2011. Y juega con un paralelismo que me encanta: la presentación del libro del periodista César Hildebrandt y lo que ocurre en las calles de Iquitos, con frases extraídas de la más pura novelería charapa. Por ejemplo, cuando se dice que quienes alborotan la ciudad son jóvenes que parecen jovencitas y se narra con vehemencia las jugadas del chato Carlos Barrena, las dribleadas de Valenzuela o las arremetidas de Luna. Asombrado por la performance de Utia el autor se traslada a 1992 cuando el equipo albo perdió la categoría luego de ser derrotado por León de Huánuco y pasa revista a lo que fue la campaña del equipo fundado por el cura Silvino Treceño Ríos. Con un repaso rápido a lo que ha sido el fútbol loretano de las últimas décadas Paco nos ratifica la idea de un deporte que junta a las familias y provoca añoranzas sobre la niñez del autor.

El cine es la vida –Postales audiovisuales de Iquitos Cementerio de película

Gana el cine

Todo el libro de Paco es una exageración. Meditada o provocada. Pero exageracion al fin. Y en el capitulo referido al cine el autor da rienda suelta a sus altas exageraciones. Cuando dice que las colas para comprar los boletos para ingresar al cine y ver “Cementerio general” eran de cinco cuadras sabemos que no es cierto pero nos tragamos el sapo porque el éxito de taquilla de la película permite esa licencia. O cuando afirma categóricamente que “La muralla verde” es la cinta peruana mejor de todos los tiempos nos quedamos mudos porque en nombre de la subjetividad se pueden cometer esas exageraciones. El repaso que hace a varias cintas, como “Pantaleón y las visitadoras” o “Amazónico soy” provocan un hinchamiento del pecho de todos los que de alguna forma creemos que el cine loretano tiene mucho que mostrar y que le falta aún ese despegue en el guión que Paco también percibe. Además se nota desde el inicio que el autor desde muy niño ha recorrido las salas cinematográficas a tal punto que en uno de los párrafos lo compara con su propio hogar. En este tiempo de multicines y de películas exhibidas con una intensidad nunca antes vista es bueno que el autor recuerde a los lectores que hubo un cine llamado “Alhambra” que fue consumido por el fuego y que los jóvenes de la década del 70 y 80 del siglo pasado hayan tenido en el Bolognesi, Excelsior, Atlántida, Belén e Iquitos a salas donde nos deslumbrábamos con películas de acción, terror y suspenso.

Confesiones en una pista de baile

La Chata es el pretexto para hurgar en la vida nocturna de la ciudad y recordar a los iquiteños que tuvimos, sufrimos y combatimos el plan zanahoria y, como casi siempre, supimos sacarle la vuelta a la errónea disposición municipal de un alcalde que deseaba el orden con la prohibición de la venta de licor, con una mano, pero con la otra incentivaba, promovía y financiaba llegada de artistas que aseguraban la jarana hasta las últimas consecuencias. Punchana, el distrito que no creía en zanahorias ni conejos, era el refugio perfecto para –como se deja entrever en la pluma de Paco- los chicos y no tan chicos con la mente empañada “por el alcohol y otras hierbas-polvos”. Hace una parada en el Noa Discotec y una radiografía de una parte de la sociedad iquiteña que puede servir para una década atrás y una década después cuando habla de la legendaria disco: “Explica los desembalses de la juventud, de las mujeres bonitas, de los diestros en el baile, de los arribistas con billetera engordada, de las prostitutas A-1, de la gente que nunca se ha conformado con ser simple y silvestre”. El mismo hecho que haya un Very Important People ya grafica la huachafería de la sociedad que alguna vez recibió el apelativo de “clase A”. Cuando se afirma que hay demasiados niños en la disco y que se comercializa coca en su interior no se está denigrando el negocio del baile sino que se da una radiografía de lo que todos vemos pero que nadie se atreve a decirlo ni siquiera a manera de ficción. Paco sí lo hace de la manera que su adolescencia le formó: con buena escritura.

Siendo La chata la que genera todo tipo de comentarios de la suciedad que cubre las noches de juerga en Iquitos no es menos cierto que el autor habla a través de ella. Desde la inauguración en 1996 pasando por las ondas políticas del fujimorismo, segundo alanismo –con recuerdos de su primer gobierno- y el período toledista y con una ojeada a lo que sucede en los otros centros de baile, como el “Papá piraña” y “Berimbau” así como “El Agricobank” o el “Complejo del CNI”. Con sus ausencias comprensibles es notable que Paco realice una radiografía de la gentita desde una pista de baile y con ella demos una mirada a los empresarios que de un momento a otro pasan de recaudar “cincuenta mil soles mensuales ahora no llegamos a los veinte mil”.

Dowtown Iquitos

Es el capítulo más sentimental, casi lacrimógeno. Pues en ella también se reafirma el amor a la tierra y que todos terminamos yéndonos pero a la vez nunca partiendo. A pesar que se llama “desconcertante” a la ciudad de Iquitos es obvio que al autor la capital loretana le parece imprescindible para existir. Rememora “Diario de IQT” e ingresa a un vuelo donde lanza la pregunta: “¿Las ciudades tienen color?”. Y es como una tarea para la casa. Para el autor Iquitos tiene al azul tenue como color y que se parece al color de la melancolía, similar al de la película “Blue Valentine”. El Iquitos literario aparece en este último capítulo. Desde la referencia de Julio Verne, quien sin haber pisado suelo loretano hace una descripción novelesca en “La Jangada”, pasando por la de Mario Vargas Llosa en “Pantaleón y las visitadoras”, quien –según el autor- se adueña de la ciudad y la describe con su “humor y chismografía”. Luego el chileno Carlos Franz con “El lugar donde estuvo el paraíso” que dice que en Iquitos el cielo permanece cubierto “320 días al año”, después el francés Jean Echenoz con “Al piano”, donde a través de un personaje “deambula por un Iquitos plagado de color, motocarros, caos y picardías, como si fuera el purgatorio”. Ya Santiago Roncagliolo con “El príncipe de los caimanes” pone a Iquitos –aun habiéndola conocido luego de la publicación del libro- como “una ciudad sometida por la pobreza y el tráfico de drogas”.

Reitero: es el capítulo más sentimental, casi lacrimógeno. En el éxtasis de la narración, luego de esas remembranzas literarias, el autor comienza un párrafo: “Alguna persona que nunca estuvo segura de que la quise me dijo una noche, en medio de una ácida discusión, algo que en ese momento sonaba atronador: tú odias a Iquitos. Me sentí orgulloso de haber sido condenado al círculo infernal”. Y es que los escritores tienen una relación de amor odio con las ciudades donde han nacido o conocido. Pues la reflejan para las novelas y los críticos confunden realidad con ficción. Sucede con Paco y, también, con Mario Vargas Llosa. Lean POP y hagan lo mismo con “El sueño del Celta” y se comprobará lo aquí afirmado.

Este capítulo es la reafirmación que Paco ama a Iquitos y que siempre partirá para volver, ya sea en avión o en lancha o tal vez en tren. Desde los Hermanos de la Cruz hasta las jaranas al ritmo de “Explosión” e “Ilusión” donde “las caderas no mienten” y con las vivencias del barrio Pueblo Libre donde los beleninos juegan vóley como lo hacen los vecinos de toda la ciudad. Todo es amor hacia Iquitos, con su café de Pedrito o “El sitio” o “El bistro”. Y qué me dicen de “El niño de la caja”, de quien se dice que hace milagros y todo lo que sucede en los barrios.

Es un canto de amor. Breve, como todo canto. Incompleto, como todo pentagrama gentilicio. Lean esto, que es el final del potaje de Paco: “Escribir duele (eso ya lo había escrito antes). Pero también sana, salva y reconforta. De esta ciudad escribo. En esta ciudad he vuelto a escribir. Hedonista, santera y cosmopolita. De cultura, baile, teorías de la conspiración. Desesperanzada, altanera e invencible. Violentamente tierna. Uno tiene a Iquitos dentro de sus entrañas. Puedes huir, desaparecer, empezar en otro lado, pero aun así seguirás siendo iquiteño. Sin los tuyos, sin familia, sin amigos, pero aun así, seguirás preguntándote quién eres, de dónde vienes, si eres consciente de la enorme suerte que tienes de haber nacido aquí. Una jungla de cemento, vida e ilusión, donde puedes mirar las luces, de todos los fulgores, y recordar que es bueno estar de vuelta. Que este también es tu hogar”.

Uno termina la lectura del libro con ganas de volver a la primera página y recomenzar esa reafirmación del amor a la tierra. Busca el mar para terminar en el río o, viceversa. Miramos el río para terminar en el mar, desafiándola si quieren, como dice la canción. Pero ya de vuelta o ya de ida, siempre sentirá orgullo de lo iquiteñamente correcto e incorrecto. El libro es una mirada a Iquitos desde un iquiteño. Que tanta falta nos hace. Estamos acostumbrados a que venga cualquier hijo de vecino y haga cualquier referencia chabacana y chambona hacia la ciudad y los que la habitamos y la aplaudimos. En cambio, no lo estamos a este tipo de entregas. Menos a la elaboración de un texto con tanto conocimiento de la tierra y amor hacia ella. Por eso, creo que todo el libro, unos capítulos más que otros sin duda, es una reafirmación del amor a la tierra y que su lectura provoca conocer a quien no lo ha hecho y a regresar a quien habiéndola conocido nunca terminará por recorrer todos los lugares maravillosos de esta cosmopolita y desconcertante ciudad.