LA LITERATURA ABRE CAMINOS INSOSPECHADOS

ESCRIBE: Patrick Pareja Flores

Hace más de un mes iniciamos una aventura, una campaña, una forma de esquivar la monotonía, la que complementa el trabajo escrito: difundir la literatura. Y digo aventura, porque más allá de las presentaciones y el diálogo y la amistad, uno se enfrenta a muchas adversidades. El viaje o, más bien, las fotos, los paisajes, las sonrisas y la fantasía de verse bien, lo que hace envidiar a muchos, es el recuerdo de lo fabuloso que fue. Pero en el trasfondo, como se dice, tras bambalinas, detrás de toda la felicidad que genera el hecho de viajar o moverse, hay ciertas verdades que no se dicen y que se aceptan como algo casual o natural: el cansancio, los gastos, las ojeras y los desvelos: los riesgos. Y no es que este escrito sea una queja o una acusación; al contrario, es el orgullo lo que lleva a contar estos apuros, son los riesgos los que te dejan los mejores recuerdos.

Veamos. Comprendamos el periplo.

Desde que la Serie Río Marañón, la colección de diez libros que abarca casi todos los géneros literarios y tiene a destacados escritores de la Amazonía peruana, ha visto la luz, como un muestrario de la literatura que se hace en esta parte del Perú, como una celebración desde la región para celebrar el Bicentenario, hecho con sumo cuidado y riesgo por el editor, las cosas han dado un giro radical.

El editor, muy conocido en el medio, Jaime Vásquez Valcárcel, con el entusiasmo que le caracteriza y el empeño que le pone a la Editorial Tierra Nueva, se propuso llevar más allá la colección, a no encerrarse en el localismo, a ver otros mercados, y a mostrar un producto que pueda dar la talla ante las publicaciones de otras editoriales. Y no lo hizo ni lo hace mal. Jaime fue claro y tajante: «Esta colección tiene que recorrer, primero, toda la Amazonía». Palabras dichas, cuentas claras y acciones hechas. O, mejor dicho, riesgosas, pero sabrosas.

De tal forma que, unos días antes del viaje, ya teníamos un itinerario, una larga travesía, una serie de presentaciones en algunas de las principales ciudades de la Amazonía.

El lunes 20 de setiembre, a la una de la tarde, maleta y mochila en brazo y hombro, junto a Mariela, mi señora, y a mi pequeña Yamillé, salimos de casa hacia el terminal terrestre, uno de los muchos que se instalaron y ofertan espacios en combis o autos, en la trece de la Aguirre. Felices, entusiastas más bien, sobre todo Yamillé que ya venía contando a todo el mundo que iba a viajar, como si fuera ella la que estuviera invitando o pagando los pasajes, llegamos puntuales. 

Por cierto, el entusiasmo de Yamillé era contagioso; a decir verdad, hasta daba miedo. No por el tráfico o cualquier incidente o accidente, sino por el gasto que se iba a generar. En fin, disfrutar de la familia debe ser uno de los propósitos del hombre, y no hay dinero que valga ver feliz a las personas que de por sí te hacen feliz todos los días o te soportan la existencia o el mal humor.

En el paradero, nos encontramos con Percy Vílchez y Gerald Rodríguez, como era el acuerdo para llenar rápido los espacios. No esperamos más. La carretera Iquitos-Nauta nos soportó, nos mostró la parsimonia de la ciudad, el aire ¿limpio?, y la selva que aún no se ha tocado por el hombre. Así parece, así se percibe. El sol estaba amargo y de pronto en esa sensación de vacío, Yamillé sintió un malestar. Y encima la lluvia se nos atravesó. Para algunos eso resulta aterrador. Para mí era una maravilla, un espectáculo ver el agua correr y salpicar las lunas, mojar la pista, sacudir los árboles que querían venirse encima. Es bello esto que podría ser lo contrario. Pues se cree, y lo creo, hay tragedias que se pueden disfrutar por momentos.

En Nauta, dos horas después, desembarcamos y al instante, nos fuimos al puerto. Teníamos los pasajes en yate hacia Yurimaguas. Yamillé seguía con una sensación de cansancio. «Partimos a las cinco de la tarde. Llegamos entre las diez y once de la mañana del día siguiente», dijo alguien del otro lado, el día que consulté sobre el tiempo de viaje. Lamentablemente, las promesas se rompen, las promesas se venden con facilidad, son solo palabras: dieciséis o diecisiete horas de viaje, pensamos, poco para toda la belleza que viene después.

Bajamos con nuestras maletas hasta el río Marañón. Hicimos cola, transbordo, subimos. Gerald Rodríguez y Percy Vílchez se sentaron juntos, adelante. Por supuesto, busqué una fila de asientos de tres, pero todos estaban ocupados. En la parte trasera, cerca del baño, Mariela se ubicó delante de mí, junto a Yamillé, al lado de un señor que estaba pegado a la ventana. Yo aguanté al medio, apretujado, con la gordura que siento hace mal. Pero antes hice el intento de convencer al señor para cambiar de asiento. Le dije, con la cordialidad que compra conciencias o vende almas: «Señor, por favor, me puede ceder el asiento». «Para qué», me respondió. Sonreí. Estaba clara la idea, le indiqué que quería estar al lado de mi familia. Dijo que no. «Te pago», le ofrecí, como último recurso de que se puede comprar hasta el amor de Dios. Se negó. Su excusa: «Quiero ver el paisaje». «Gracias», dije. Pero en el fondo quise mandarle hacia donde no se puede llegar en yate. Y para el remate de aquella noche que caía sobre todos: su esposa iba junto a mí, también en la ventanilla. Es decir, mientras que algunos queremos estar al lado de los que se quiere, otros prefieren la soledad, el abandono, fastidiar a los demás. 

La noche no fue agradable. No dormí casi nada. Con los brazos cruzados quise encontrar el sueño. No se pudo. Salí del medio, busqué a Gerald y Percy. Quise conversar, pues el diálogo es una forma de pasar el tiempo y más si se trata de literatura. Y con un café. Café que compramos y que más parecía un lavado de lata, no tenía gusto ni color, pero bebimos. Fuimos atrás, a la popa, intentamos charlar, pero la bulla del motor era como cien perros que no dejan de ladrar y no obedecen. Nos quedamos mirando la noche, el contorno del río, algunos pueblos que tenían luz, sintiendo la frescura, esforzando la voz. Ganamos una afonía, cierta ronquera.

Volví a mi asiento, a intentar dormir. ¡Intentar! Con Yamillé en el piso, que estiraba las piernas hasta el pasadizo, con el señor que pudo generar la tranquilidad de la noche, mi mente estaba intranquila. Mis ojos no se cerraban, pensando en las piernas, en que podrían ser pisadas por otro viajero que se dirigía hacia los baños. En suma, no fue agradable. La mañana se vino, el internet se esfumó como se esfuma todo en la selva, y el río, cálido, enojado, turbio, y las playas propias de la vaciante hicieron del viaje, uno lento, perezoso, de lectura y silencio. El viaje se extendió. Llegamos después de la una de la tarde.

Agotados, pero al fin respirando la tranquilidad y el hambre, fuimos al hotel, a instalarnos, a ver esa ciudad apacible y comercial. Allí nos encontramos con Paco Bardales, Jaime Vásquez y su esposa Mónica Morales. Paco viajó desde Pucallpa, y Jaime y su esposa desde Lima. Todos por carretera, en un esfuerzo titánico de cumplir el acuerdo. 

La noche nos dio, pero caímos en la cuenta que la lluvia algo se traía con nosotros, estaba de mal humor, nos perseguía. La noche fue lluviosa, pensamos que fracasaríamos, que al día siguiente en el primer evento de la semana nos iría mal. Fue absurdo. El Colectivo Embrujo Amazónico nos recibió y amenizó la mañana del miércoles 22. Fue una presentación especial en el Salón Café Shawi, pese a que las mañanas no son propicias para eventos, la gente vive ocupada, o protestando, como vimos a unos pasos en la Plaza de Armas, pero nosotros seguimos. Como se dice: cada loco con su tema. La presentación, las palabras fluyeron, la mañana fue acogedora, se firmaron autógrafos, se vendieron ejemplares. Entregamos libros para tres instituciones educativas como parte del Proyecto “El libro, un gran amigo”, con miras al concurso “Toma, lee y gana” 2022. Fue un éxito. Se cree que, si en un negocio, el primero que entra a consumir llega con buena vibra, el negocio va bien. Ese día sentimos esa energía.

En la tarde, continuamos, Jaime se adelantó con su esposa y Percy a Tarapoto. Mi familia, Gerald y yo, esperamos hasta las cinco. Gerald tenía un conversatorio en la feria La Independiente, virtual, y necesitaba estabilidad. 

El viaje otra vez se puso a maletearnos el camino. Volvió a llover. Pero, como les decía al principio, viajar implica atravesar riesgos, la carretera a Tarapoto es peligrosa, es un mal necesario que conecta la selva con el resto del país. La carretera es cambiante, inhóspita, revoltosa, trágica, salvaje, es como dos horas de bajadas, subidas y curvas de una montaña rusa. Yamillé, mi pequeña, fue la primera en sentir la pegada que ya venía cargando desde Iquitos: vomitó, tuvo mareos, volvió a vomitar y vomitar. Pero continuamos. Los choferes tienen todo previsto: mentol, bolsas, alcohol, algodón, están equipados. Ni eso ayudó. El viaje fue accidentado. Insisto, es una ruta tosca, delirante. La noche se nos atravesó, se nos cruzó un perezoso, el chofer lo ayudó a subirse al cerro, la oscuridad se volcó, intenté estar tranquilo, pero no pude contenerme. Lo confieso: sentí lo mismo que mi hija, el vaivén del estómago, vomité, es vergonzoso, pero no se puede retenerlo. El alcohol intentó ser un aliado, pero parecía un enemigo. 

Llegamos a Tarapoto, agitados, erráticos, menos Mariela y Gerald. Las bromas por supuesto eran como pan caliente en esos momentos, pero no me molestaron. La vida tiene baches y parchadas, se sobrellevan. Tarapoto tenía mucho que mostrar, y no podía permitirme estar encerrado en una habitación de hotel. Y el calor es similar, aunque la noche es fresca, al menos las noches que estuvimos allí.

La mañana siguiente, el jueves 23, temprano, estuvimos en La exitosa. El programa es muy visto y conducido por un loretano que decidió residir allí. Hasta nos dimos un espacio para ir a Lamas, a hacer turismo, a caminar en sus calles, a ver la historia que está en nuestras narices y que no conocemos. Fuimos a la plaza, al castillo, y no dio tiempo para más, regresamos. La noche siempre se aventaja cuando uno se divierte o distrae. Debimos volver a cambiarnos y estar listo para el evento. 

La noche fue extraordinaria. Sala de la Casa de la Cultura llena. Mucha gente que ya conocía de forma virtual, pero que tuve el placer de verlos en persona. Gente de asociaciones como Reziztencia y Lupuna, gente que nos mostró su cariño, su respeto, sus ganas de cambiarlo todo, en cuanto a literatura hablamos. Gente que nos acompañó esa noche, y que tuvo la paciencia de escuchar cada una de nuestras intervenciones. Gente que se acercó a pedirnos fotos, a hacernos firmar ejemplares. 

Hasta hoy sigo creyendo que fue una ilusión. Imaginen a unos loretanos que van más allá de su región a tentar suerte o a fracasar. Pues era una de dos: o vas, presentas, inviertes, disfrutas y duermes, y dices que fue bien; o es un éxito y no mientes. La noche fue excitante, nos mostró que hay gente que aún está interesada en la lectura.

Y no fue solo allí. Moyobamba, al otro día, el viernes 24, esa ciudad fresca y económica, que me recuerda al Iquitos de antes, esa ciudad que se presta para quedarse a vivir y recorrer o escaparse, nos mostró que también deseaban ver lo que llevábamos.

A las doce del día, el director de cultura de San Martín, Luis Vásquez, detuvo nuestras movilidades en la puerta de la Casa de la Cultura de Moyobamba. Nos hizo pasar al segundo piso y nos mostró el local, nos recibió como si fuéramos unas estrellas. Aquello fue generoso, sensacional. La noche fue mejor. 

La presentación en Moyobamba fue la mejor de todas. Solo que a las siete el temor se instaló. El evento tenía esa hora anunciada en las redes, el evento debía empezar puntual. Pero eran más de la siete y media y había seis personas contadas con los dedos en una sala grande. Preocupado, se lo dije a Mariela. El espectáculo debía continuar. Pero llegó las ocho, y el local, la sala de presentaciones de la Casa de la Cultura de Moyobamba, inesperadamente, se llenó. La felicidad creció. El entusiasmo también. Hasta Nicolasa, la marioneta que tanta fama le dio a Ángel Calvo, estuvo allí para reclamar el amor perdido de Percy Vílchez. Fue un showman, un relajo, una forma de mostrar que la literatura abre caminos insospechados. La noche se movió por esos espacios, por momentos amena, sorprendente y divertida. La noche se extendió y el éxito fue inesperado. Nos quedó solo sonreír y seguir sonriendo. Y dialogar. Conocer. Ver que en Moyobamba aún la gente va a la caza de las siquisapas. Y va en mancha, es una costumbre familiar. Es un negocio. Hasta encuentras bandejas llenas en el mercado. Ver que, por la zona de Altomayo, la gente se mete por algunos descampados a buscar sus nidos. Lo que era una tradición de Iquitos en los 90 (de niño iba al Cementerio General a cazarlos. Luego los vendía al precio que hace feliz a un mocoso: un sol la bolsa). O probar los dulces, el chorizo y la cecina. Exquisiteces que en nuestra ciudad hacen falta o se hallan, pero sin el sabor moyobambino. Tengo la certeza que debo regresar, no porque me sobre el dinero, sino porque mi suegro y cuñados residen allí. 

El viaje continuó el sábado 24. Debimos hacer la última parada. Un viaje de cuatro horas que se convirtió en cinco y medio, hasta Juanjuí. Ver el desgano de Yamillé y sus ganas de largarse de allí, de volver a casa, desanimaban por ratos, era preocupante. Pero como ya estábamos empilados, fuimos como lo hacían las bandas de rock, en una Van, charlando, bulliciosos, sin descuidar a Yamillé que no la estaba pasando bien. Las carreteras la mascaraban, la dejaban como un guiñapo. Pero aguantó, hicimos un transbordo en Tarapoto y retomamos la ruta. 

El evento en Juanjuí era esa misma noche. Llegamos a las seis y media. Después de observar las maravillas que se encuentran en la carretera o el camino que toma el Mayo o el Huallaga, o las montañas de sal, o las hectáreas y hectáreas de arrozales y cocotales. O los nombres de los pueblos que no se pueden borrar de la cabeza, como Pucacaca. Nombres que podrían ser jocosos, pero que encierran progreso y sufrimiento como todos los pueblos de la Amazonía. 

Juanjuí nos recordó que la lluvia tenía algo contra nosotros, se precipitó. Las carpas de la feria del libro cerraron por el temor, está claro, a no perder el material. Cenamos y esperamos. El sábado se volvió triste, pero pasó. La lluvia pasó. Estuvimos en la plaza, limpiamos las sillas, dejó de garuar e hicimos el evento. Amigos que vimos en Tarapoto nos encontraron allí y otros grupos literarios nos mostraron la sonrisa. El evento se dio, pero Paco Bardales tuvo que regresar. Al día siguiente, domingo, tenía el vuelo muy temprano desde Tarapoto. Se tomó unas cuantas fotos, cogió su maleta y tomó un taxi. Era un poco más de las diez de la noche. Sí que hizo un esfuerzo, sí que la gira era tan importante para todos, pues los sacrificios rinden frutos. Y lo pudimos comprobar.

Nos quedamos a dormir allí. El domingo volvimos a Tarapoto, pero ya no quisimos tomar la ruta de regreso por carretera y río. El lunes en la mañana volvimos a Iquitos. Yamillé feliz. Mariela preocupada y aliviada. Jaime y su esposa Mónica se quedaron, luego regresaban a Lima. El resto nos embarcamos con la sensación de que vivimos una experiencia que tal vez no se vuelva a repetir, con la sensación que la gira abre otros horizontes, genera un impacto en el conocimiento sobre el hombre y la Amazonía, en que vivimos apartados y que hay mucho por recorrer. La colección Río Marañón, la colección que reúne a diez escritores y diversos géneros, tomó la ruta que lleva su nombre y sigue navegando por carretera, río, mar y aire, a otros lugares, lugares inesperados que no pensábamos conocer. 

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