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La graduada, Irina

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Irina es la forma rusa del nombre Irene y su significado es “aquella que trae la paz”. Destacan por ser persona inquieta e inteligente, según las escrituras

Los signos de estos tiempos en donde la educación rima con comercialización ha hecho que la graduación pierda un poco de su encanto y emoción. Por lo menos para quien escribe éstas líneas. Pero desde que me enteré, hace un par de meses por boca de su mamá Lula, que Irina Barcia Vásquez se graduaba como Bachiller en Ingeniería Industrial en la Universidad de Lima en Lima la emoción me vino más que mi propia graduación allá por el año 1990. Y el encantamiento, también. Quizás porque ella es una mujer encantadora.

Con ambos elementos en la mente he dudado más veces que el propio Descartes de cómo empezar esta nota. Lo resolví, seguramente asistido espiritualmente por Santa Irene de Bizancio, acudiendo a Santa Irene de Tesalónica o a Santa Irene de Portugal, o tal vez a los dioses griegos que sabrán de este nombre, pues aunque tenga origen ruso, la versión griega de su nombre la conecta con esos seres, según las escrituras. Resolví el dilema acudiendo donde la propia Irina y le lancé dos preguntas:

¿Una frase que resuma lo que piensas de tu mamá?, me contesta por el WhatsApp: “Mi mamá es mi ejemplo 100%, porque no conozco alguien más fuerte y buena que ella, la adoro y siempre sigo aprendiendo más con ella”. Punto, no de la puntuación sino de la aprobación. Le lanzó la siguiente: ¿Una frase que resuma lo que piensas de tu papá? y teclea: “Mi papá es una persona súper inteligente y cariñosa, que me escucha siempre y me aconseja en cada paso”.

Esta graduación se la debe a sus padres, Tato Barcia y Lula Vásquez, sin duda. Pero más allá de un nivel académico es el fin de una etapa y el inicio de otra. Dicho así suena cursi, un lugar común y algo desviado. Porque, como los jóvenes de estos tiempos, Irina no había terminado los ciclos universitarios y ya había comenzado a practicar, como para que el cambio no sea traumático y se vaya insertando en la Población Económicamente Activa y, con el rigor que la disciplina de vida que se ha impuesto, no termina una etapa para ya iniciar otra.

Cada fin de año uno lee hasta el cansancio que “la mejor etapa de la vida” es terminar Inicial, otros dicen que Primaria y los que concluyen Secundaria dicen lo mismo. La mejor etapa de la vida es la universitaria, para quienes hacen vida universitaria. Y vaya que Irina lo ha hecho. Bien hecho, que no es cosa fácil. Es la etapa en la que se va convirtiendo en ciudadano, adquiere la verdadera ciudadanía. Irina lo sabe, lo ha vivido, lo ha gozado, lo ha padecido y ha logrado su graduación.

Ella, por las indagaciones que un biógrafo de la propia familia ha hecho con cierta rigurosidad, se ha “quemado las pestañas” no para los exámenes finales. Tampoco solo para los parciales. Para cada exposición, ya sea individual o grupal, ella le ha puesto alma, mente y corazón. Raciocinio mezclado con pasión. El empeño ha sido su divisa, la perseverancia su constancia y ahí está el cetro, el logro. Se ha dedicado a estudiar, sí. Pero también a viajar. Cada vez que ha podido se las ha ingeniado para pasar unos meses chancando y vacilándose en Salamanca, otras veces en Rusia, más veces en Italia, por temporadas en Estados Unidos.

Le pregunto cómo califica su paso por la Universidad, entendiendo aquello como un caminar por la libertad y la autonomía, y me responde que ha sido “recontra enriquecedor, de mucho esfuerzo y aprendizaje, de haber conocido a los que ahora son mis mejores amigos y haber crecido un montón”.

Ha ingresado en abril del 2013 a los claustros universitarios y en el interín complementó su educación en la Universidad de Lima con las aulas en EF Oxford y la Universidad de Salamanca. Pero como me imagino debe suceder a todos los tíos, inconscientemente, le pido que me hable de su infancia en Iquitos. “Recuerdo siempre estar rodeada de mi familia, de haber jugado full con mis primos, de salir a comer o pedir comida con mesa llena”.

Mesa llena, primos, familia. Qué coincidencia. Todo eso, con las ausencias comprensibles que la geografía imprime e impone, habrá en la celebración de la graduación. Añadido a ello los amigos. Los primos, esos niños de ayer y adolescentes de hoy, que se juntaban para los cumpleaños o por cualquier otro motivo, también lo harán en este día. Y será un reencuentro con recuento. Los primos con sus novias, las primas con los suyos, esos que la jerga del apellido que ocupa el décimotercer lugar en popularidad en el Perú ha impuesto como “mochila” van a bailar y parlar. Y ella, heredando el bailongo crónico de la abuelita Julia, ha organizado todo con los detalles que su gusto por la decoración impone y, sin duda, habrá bocaditos y postres que seguro es la herencia de la abuelita Nelly, ya fallecida.

Si algo quisiera ser en la familia es el biógrafo oficial y reunirme cada cierto tiempo, con frecuencia más constante, con la mayor cantidad de los 16 sobrinos que los seis hermanos del matrimonio Vásquez Valcárcel han traído a este mundo en colaboración con igual número de emparejados. Porque en esas reuniones -que Irina recuerda de su infancia iquiteña- todos nos divertimos y lanzamos “las bombardas” -término tan propio como las frases del bisabuelo Carlos- que va seguida de la bomberil “el que se pica pierde”. Y la graduada Irina ha aprovechado esta ocasión para organizar una jarana. Conociéndola va estar pendiente de todos los detalles, que nada falte.

Porque ella se ha ganado a pulso este momento de su vida. Y sabe que dejará las aulas universitarias momentáneamente y más temprano que lo que ella misma se imagina estará en los cursos de postgrado, de actualización y viajará por el mundo estudiando, trabajando y jaraneándose, tres cualidades que las tiene innatas. Y su vida, por lo que veo y olfateo, será un constante aprendizaje y enseñanza. Ésa es la vida, al final de cuentas. Como también es dejar algo para emprender otros retos. El tren de la vida, que tiene una estación para todo. Un vagón llamado Iquitos, el de su infancia en el Colegio FAP, ya quedó atrás. Un tren con los años cursados en el Champagnat en Lima lo mira desde lejos pero nunca están distantes de sus recuerdos. Y su estación universitaria, aquella de los desvelos para los estudios y las demás cosas, le han marcado el sino de la madurez para hacer de su profesión una opción de vida.

Se me ha hecho difícil decidir cómo empezar a escribir algo sobre Irina, aquella criatura que se le ocurrió nacer intempestivamente mientras su mamá se relajaba en la mecedora instalada en una de las veredas de Iquitos. Pero, ya se ve, las cosas hechas con pasión y amor fluyen como dictadas por seres que habitaron este planeta en otros tiempos. Hay que felicitar a la graduada, sin duda. Pero aquello tiene que estar acompañado de un agradecimiento hacia ella porque va quemando etapas y en ese camino sale fortalecida no sólo porque es heredera de un nombre que ya lo tuvieron princesas y actrices y hasta una Premio Nobel de Química es su tocaya y famosas modelos y cantantes tienen el mismo nombre y, para mejores señales, hasta un huracán lleva su nombre. Y ella es un huracán, en todo el sentido benevolente de la metáfora con la que intento poner fin a estas palabras que han sido elaboradas con el amor más auténtico que puede expresar un tío cincuentón y muchachón a una sobrina extraordinaria llamada Irina Barcia Vásquez. Tan extraordinaria que ha sido su graduación el momento pertinente para expresar en público lo que he en privado vengo diciendo desde el día en que nació. Y, claro, sus padres y hermano Pier Luigi están orgullosos de ella. Este tío, sus tíos, primos, sus abuelitos, todos sus amigos, también. Tres hurras para Irina, ra, ra, ra y miles más.

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