Por Marco Antonio Panduro

Fernando Barcia García está más muerto que nunca, pero está más vivo que cualquiera, porque «los muertos escriben para los vivos», dicen. Es el caso de Ensayos y Confesiones, libro que reúne unos pocos artículos amazónicos y un par de relatos desde las entrañas de la selva.

El primero de estos últimos es CARMEN HURTADO: LA CAUCHERA QUE FUE HOMBRE, historia que despide el aroma de las viejas historias como el destapar de una olla de un cocido que aguarda nuevos comensales.

En realidad, el título que nos convoca es un espléndido y memorable relato ambientado en el tráfago del caucho y la shiringa, allá por 1889, más o menos, tiempo que la voz narrativa proporciona, y es el shiringal Maquía el punto central de operaciones, aunque este sea solo un punto de referencia.

Mujer de carne y hueso es la arcilla con la que se ha amasado al personaje de esta ficción, pero ¡ay si no lo fuera!, si no hubiese existido y si no hubiese poblado estos humedales. Los méritos del autor están ahí en haberla sabido bien dibujar dentro de sus páginas.

Carmen Hurtado, nacida en Saposoa, es una jovencita que, vista con gracia, «tiraba más para varoncito», como describe el narrador. «Andaba descalza, vestida con una falda vieja de tocuyo teñida con corteza y una blusa de percala. Apenas apuntaba quince años»,quien al poco tiempo será una bandida no solo por las armas que porta, vestida «de hombre, sin argollas en las orejas y floja camisa con el revolver en la shicra enjebada» o por el buen tiro que tiene cuando se trata de disparar una Winchester 44 o una carabina calibre 22, sino «por su afición a sostener relaciones íntimas con jovencitas y mujeres adultas». De hecho, Carmen Hurtado es un personaje que escapa al estereotipo femenino, al encasillamiento de convencionalismos sociales que “deberían” pertenecerle, y a una feminidad de adorno que se le atribuye a la mujer. Así seduce a una cocinera y figuran tres novias a lo largo de la breve historia, la cocama Licia, Luzmila y María Consolación. Le decían o con el tiempo se hacía llamar don Carmelo, por si las moscas

LA CAUCHERA QUE FUE HOMBRE por ratos quiere parecerse a la crónica de un personaje histórico, así tenga esta poco de prócer, y lo es por la fuerza que emana de esta su única actriz principal. Pero cual buen narrador, Fernando Barcia prefiere que los actos de su protagonista, quien «se hizo cortar el pelo, al estilo del hombre cunibo», delaten sus sentimientos. De esos seres prácticos a los que pertenece, “la Cauchera” no tercia cuando una de sus novias, por ejemplo, decide irse con algún pretendiente y formar vida, «Si lo conoces y crees que te quiere y te gusta, acompáñale…».

Pero, si bella o sensual –no se sabe a ciencia exacta–, también es mujer. «Con los aretes en las orejas, con el collar de cuentas, con el anillo que le diera su padre presentaba un aspecto atrayente y muy femenino», porque de cuando en cuando le apetece ser seducida y puede que se entregue, si se le antojaba, a uno de estos duros hombres de la selva, o a veces se resista.

En la historia de CARMEN HURTADO: LA CAUCHERA QUE FUE HOMBRE, más que una voz omnisciente se escucha una voz testigo, un narrador ocular y de oídas a su vez, si consideramos la sensorialidad que exige andar sobre el monte amazónico. Están dentro del boscaje la dureza de las noches, las picaduras de enormes e infinitos zancudos que le quitan el sueño a cualquiera.

Sus andanzas sirven también para un recorrido geográfico sobre ríos como el Yurúa, el Purús, el Pacaya, el Puinahua, el Ucayali, el Remos del Alto Abujao y el Alto Moa. De hecho, Fernando Barcia García, aquel loretano que nació en un fundo en Requena, aquel joven que tenía mucho de Jack London, es un hombre, un blanco, un amazónico que conocía muy bien la selva. Y quizá aquí, cuando se trata de emitir más un juicio de lingüística o de etnólogo, antes que la voz narradora, interviene más el autor, al que se le atribuía erudición. Así la voz del narrador es capaz de encontrar similitudes entre los pano del Ucayali y los «llamados chamas por los hispanos del siglo XVIII, al serles aplicado el mismo nombre de una etnia de la Orinoquia en Venezuela».

Si bien no hay intención simbólica en la botella de Oporto Quinado, bebida que se sirve con cierta frecuencia en el discurrir de la historia, forma parte de esos elementos miméticos de aquellos viajeros de ríos y de bosques, de humedales, de sacaritas y tipischas de aquella época.

CARMEN HURTADO: LA CAUCHERA QUE FUE HOMBRE, si se quiere, puede ser vista, además, como un plano secuencia que muestra el funcionamiento de la maquinaria cauchera como correlato, abarcante a todo actor de aquel tiempo enredado en los asuntos de la goma y la balata, esa suerte de “pioneer”, con sus puestos de avanzada que va adentrándose mientras sus campamentos lo esperan en la ribera.

De ahí los peligros. Es curioso, en el relato de Barcia García, los cunibo y los capanahua, tenuemente, estos últimos, jugaran roles antípodas, en cierta manera el bien y el mal, la salvación y la condena, la amenaza velada que no se llega a advertir, pues es la vorágine que nubla la vista. Condena de la que no escapará Carmen Hurtado, la de los destinos trágicos, la de la selva trágica y de sus adentros que lo engulle todo.

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