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Joaquín García Sánchez, osa: “Érase un árbol de la selva llamado Joaquín”

ESCRIBE: Jaime A. Vásquez Valcárcel

Millones de imágenes se entrecruzan en mi mente. ¿Cuándo fue la primera vez que vi a Joaquín? ¿En qué charla familiar escuché la primera referencia sobre su persona? ¿Por qué la tía Nenita le tenía ese cariño maternal que Joaquín sabía aceptar como un vástago disciplinado? ¿Por qué solicitó su paso a las Misiones del Amazonas y por qué, por qué, el Provincial Emiliano Vega aceptó allá por enero de 1968 que deje Bogotá para anclar en Iquitos? ¿Si en Bogotá ya había formado, con las señoras del barrio del Chicó, la Escuela de Muchachas de Servicio qué le motivó viajar a Iquitos? Me retiro de su habitación con millones de imágenes. Hoy quiero confesarme conmigo mismo. Porque ese hombre inteligente, creativo, sociable, ahora está impedido de seguir creando… Mantiene la serenidad hasta cuando paternalmente coge mi mano y la lleva hacia su cabeza, en la zona donde un tumor le impide movilizar parte de su cuerpo. Sí, ese mismo tumor que un 3 de noviembre de 1989 fue extirpado y él piensa que con el paso del tiempo está afectando su salud. Con afecto retira mi mano de esa zona y siento un cosquilleo en la piel. No me pidan explicaciones, por favor. Estamos los dos solos, como en los tiempos de defensa de los reportajes en Kanatari.

Salgo del colegio San Agustín abatido. Bloqueado. Como si se tratara de una escena planificada en el reproductor de audio se escucha “como el árbol sin hojas, así está mi corazón… por qué te has ido, hace tiempo, ahora te vas, y así lo entiendo”. Aunque suene a dramatismo, pero debo decirlo: Joaquín se nos están yendo, tan callado, tan callando. Y cuando pienso en eso mi alma se humedece, mis pupilas se resecan, como si “la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma”. Minutos antes le había dicho “voy a escribir un artículo sobre este encuentro”. Al final, es lo único que sé hacer, le digo y me mira con un rostro de sorpresa como diciendo “qué miedo”. Y pienso en los días que fui más periodista que discípulo, en los días que la verdad lo era todo, la absoluta verdad era mi vida. Hoy la misma vida me ha experimentado cambios. Pienso en esas discrepancia públicas y privadas, en esas contradicciones mutuas que nos llevaron a contrariedades. Pienso, luego existo. De alguna forma existo, periodísticamente, por él. Soy fruto de ese árbol, me digo. Claro, él me enseñó a amar a la libertad y en uso de esa libertad muchas veces colisionamos. Sin embargo, hoy sentado a pocos centímetros de su silla de ruedas, me doy cuenta que esa búsqueda de la verdad mezclada con el periodismo fue que nos unió más de lo que creíamos en público y privado. Por eso, quizás por eso, llevamos este diálogo otoñal con tanta franqueza y cariño. Él como un niño, yo como un adulto, él como un padre y yo como un hijo.

Hablamos de los amigos que se fueron, los que nunca se van. De la madre superiora. Sí, de la mamagrande Bibiana Daigle que murió en marzo del 2021. Joaquín, sentado en la silla de ruedas, en esa habitación del colegio San Agustín, con su mirada intenta decirme que ese camino seguiremos todos. Escribió sus memorias. Siempre escribía con dos dedos. Siempre con el índice derecho e izquierdo. Ahora sólo se ayuda con una mano. Ya no escribe. Habla silenciosa y sigilosamente. Le hablo de los reconocimientos que ha recibido en los últimos días y no le da tanta importancia. Como otras veces, esos reconocimientos y homenajes son quizás más importantes para quienes se lo otorgan que para él. Tanto así que apenas se refiere al que recibió el hermano Víctor Lozano en el Malecón Tarapacá y donde erróneamente le refirieron como experto en comunidades indígenas. Ya del homenaje programado por la AC-FICA mejor ni hablar, menos escribir. Ni siquiera le entregaron el bufeo colorado. Dicho de otra manera, con mucho afecto: somos seres humanos con virtudes y defectos. Esas discrepancias, por ejemplo, con la organización de la feria del libro que tanto debate provocaron. Provocaciones quizás que, vaya vaya que hoy caigo en la cuenta, en lugar de romper el lazo de amistad y aprecio profundizaron el cariño hacia una persona tan productiva como Joaquín.

Mientras me explica que no puede mover medio cuerpo y me coge la mano para llevarla a la parte de la cabeza que le mantiene en contacto con el mundo vuelven millones de imágenes. Ahí caigo en la cuenta por qué puso tanto empeño en la creación y mantenimiento del Coro Polifónico de Loreto. En Valladolid, entre 1960 -64, hizo la carrera de Música en el Conservatorio de Valladolid y fue director de música donde recibió el primer premio y la “Lira de oro” en los concursos navideños. Por eso seguro también puso empeño a los concursos de nacimientos y villancicos navideños en Iquitos. Vienen a mi mente los tomos de Kanatari, la revista semanal que fundó. Y que era solo una consecuencia lógica de la revista Casiciaco allá en Valladolid donde llegó a ser director y firmar los primeros artículos. Hoy está desvinculado de la vida iquiteña con el ímpetu que ponía a los proyectos. Su vínculo, nostálgicamente, con Perú ¿se habrá dado desde que fue ordenado sacerdote por el cardenal Juan Landázuri Rickets que por esas cosas del destino participaba el 9 de julio de 1964 en el Congreso Eucarístico Nacional en León?. ¿Habrá sido por eso que años más tarde solicitó la nacionalidad peruana?

Mientras escucho la canción sobre las hojas secas, va cayendo una lágrima en mi mejilla. Mientras se repite en mi mente aquello del árbol de la selva llamado Joaquín, aparece fotográficamente la sombra de los emprendimientos que ideó. En la calle la bulla. En su habitación la calma. Esa calma que la tiene desde el 15 de agosto de 1939. Cuando le recuerdo si aún mantiene la idea que en su tumba vaya la inscripción: «érase un árbol de la selva llamado Joaquín»”, sus ojos brillan como la confirmación de su pedido. “Cuyo tronco, hojas y raíces ninguna plaga pudo acabar”, agregaré, le digo. “Eso”, responde. Poco a poco ya nos encontramos en un ambiente donde están detalles de su vida. Pide que le alcancen un álbum familiar y me muestra varias fotos. En una de ellas se ve a su padre Joaquín García Martínez y su madre Antonia Sánchez Valladares y todos sus hermanos. También está la foto de su último viaje a Estados Unidos. Nos llenamos de nostalgia. Me mira paternalmente. Sacerdotalmente. Para romper el hielo, mejor dicho el nudo en la garganta, le pregunto si oficia misa. Me responde negativamente. Repregunto si comulga y me confiesa: “todos los días”. Como el diálogo amenaza seguir el camino que todos transitaremos ya no espera la pregunta y calladamente me habla: todo bien, todo tranquilo. Nunca creí en las confesiones ante un sacerdote, con él tuvimos charlas sobre la época del vagabundeo y sin llegar a detalles él sabía de mis andanzas que ahora sólo provoca añoranzas.

Regresaré para leer juntos el artículo que escribiré, le digo. Traeré un vino, le digo. Levanta la mano con un puño y hace el gesto de fortaleza y de triunfo. Sonríe, supervisa que las fotografías regresen al lugar de donde fueron sacadas, vigila que el orden se mantenga. Vigila que todo vuelva a su lugar. Mientras vuelvo a la bulla de la calle, un silencio se apodera de mi mente. Bloqueado, nuevamente. En su mente y dormitorio habita la calma. Regreso a la bulla, mi habitat. Y en la radio la música “como el árbol sin hojas, así está mi corazón… por qué te has ido, hace tiempo, ahora te vas, y así lo entiendo”. En mi mente solo hay espacio para esta frase: “érase un árbol de la selva llamado Joaquín”. Y ese árbol, con sus hojas, ramas y raíces se llama Joaquín García Sánchez, osa. El Coro Polifónico, el Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía Peruana, la Biblioteca Amazónica, Shupihui, Monumenta Amazónica, Kanatari… Poco queda de todo eso. Él lo sabía. Por eso en una entrevista para el diario de Sobero, su pueblo, dijo que “el pasado, pasó y no deja más que la memoria, a veces agradable, otras desagradable”. Queda en la memoria de quienes lo frecuentamos que su vida podría ser resumida como una búsqueda permanente. Hoy, con quienes acuden a visitarlo, se enfrasca en una búsqueda incesante de pasajes de su vida que aún quedan en su memoria.


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