GERALD RODRÍGUEZ: EL ARTE DE LA LITERATURA FANTÁSTICA

Mi idea de un escritor: alguien que se interesa por «todo». Susan Sontag.

Álvaro Ique Ramírez, desde Fort Myers (Florida, EE. UU)

Voy a empezar con un trascendido que es una delicia. Se trata de una supuesta conversación entre el poeta Gaviero Añil Infiel y el escritor Gerard Rodríguez Noriega en «El rey mono», un antro semiclandestino de lo más trucho al final de la pista Participación donde no se cuecen coles, pero sí la conga literaria jamás perfecta de unos relocos imaginativos embarullados con sus claves poéticas y desdenes  narrativos como si fuesen lanzallamas. Y como todo bulín que se respete no podía faltar el café negro y rancio, ‘chelas bien helenas’, ciento y tantas botellas de licor bamba y música barriobajera, cómo no, apuntándonos con un dedo ensangrentado. «¡Hey, chula!, trae un par de Cienfuegos que vamos a emborracharnos fornicando con esta poesía arrabalera y, como somos unos enfermitos que ‘nos gusta el dolor’ (we like pain), destrozarnos la boca con la copa rota de Alci Acosta». Dicen que este par de literatos no tuvieron nada que ver con esta exageración cantinera, propia de borrachos cafres. Ellos estaban de lo más tranquilos fumándose unos puchos Ducales y saboreando un Nescafé instantáneo con pisco ─eso dicen los envidiosos y tóxicos abstemios─, en una mesa para dos, junto a una pared forrada con hojas de periódico ─Pro y Contra─ de ediciones pasadas cuya noticia destacada daba cuenta de la inauguración del local de la «Compañía de Espectáculos Brambrumblé» en el pasaje Atlántida. Una covacha pintarrajada, adornada con cadenetas de papel cometa y foquitos intermitentes, poniendo a disposición del respetable la carne de segunda pasada de contrabando como primera, traída directamente desde los puticlubes del Barranco limeño: chibolas semicalatas, guapas y carnosas luciendo soñadores ojos de gata, gracias al delineador de moda de Max Factor. Y esa otra pellejuda, llena de celulitis y estrías que se mosquea en los congales baratieris, allá en los cerros pelados y fríos de San Juan de Lurigancho, el patio trasero de Lima: bataclanas ojerosas con traseros descomunales percudidos por el tiempo, moviendo la batea con la cháchara musical tiqui, tiqui, de los Wembler’s y el pegajoso ‘Cali pachanguero’ (Grupo Niche), que era un pelotazo. Y así, hasta las últimas consecuencias, y te soy franco, libres del falso maquillaje y el carterón viejo, sintiendo llegar el amanecer tropical. Un espejo chueco malamente colgado de esta pared empapelada daba profundidad al espacio donde las imágenes de ambos se reflejaban con nitidez. A continuación, un trocito del diálogo entre estos escritores cancheros a los que vamos a identificar con las iniciales de sus nombres y apellidos.

─G.A.I. ¿La escritura creativa es un premio o un don celestial otorgado a algunos?

─G.R.N. No es premio. Tampoco es el sustantivo masculino, ¡abracadabra!, como fórmula mágica, ni soplo divino chorreando de las alturas. Es un oficio frívolo sin destino cuyo planteo estético es un camino de itinerarios misteriosos en el que no podemos ver físicamente a nadie, pero ‘sí podemos oírlos’.

─G.A.I. ¿Por qué escribes?

─G.R.N. Fíjate, hasta ahora no he podido averiguar por qué escribo. Tal vez por felicidad o causas opuestas. O casualidades que no faltan: el pajarraco de mal agüero cantando: ¡atatao!, ¡atatao! Un cardumen de palometas surcando el río, una tempestad recia como si fuese el diluvio ese contado con lujo y detalles en el libro de los cristianos. O simplemente escribo para darle un poco de aire a la pobre palabra, tan anciana la doña. Nunca he podido contar nada de mi vida, pero escribiendo he creado ilusiones y mundos fantásticos que la gente acepta ─ojalá mi puntería nunca falle─ como ínfimos placeres sin hacerse problemas existenciales. Lo fantástico, esa situación mental que dinamita la realidad y que a muchos escandaliza, desde chiquillo para mí, es una situación consciente que no tiene nada que ver con la realidad establecida. Es decir, es una vasta realidad; expansiva, porosa y elástica donde cabe todo sin malentendidos tradicionales a la hora de escribir.

─G.A.I. José Donoso, el escritor del ‘eriazo, remoto y presuntuoso’ Chile, tal como lo describió su compatriota, el poeta Enrique Lihn, ¿es una voz compleja y perturbadora que nos tiene a mal traer de puro espanto con su obra «El obsceno pájaro de la noche»?

─G.R.N. José Donoso fue un trapecista de la palabra que sus archienemigos ─ganzúas de la literatura─ siempre le quisieron ver en pedo debido a que era el más óptimo para el desastre, y que una vez había pensado suicidarse para no estorbar a los que escriben ringorrangos. Él nunca abría y cerraba el frasco. Acariciando el canario recibía a Borges la pistolita que le entregaba para que se defienda: «¡Úsalo, Cisco Kid!», le alentaba el maestro desde su corazón literario. Sí, pues, «El obsceno pájaro de la noche» (Seix Barral. Barcelona, España.1970), la obra cumbre de la literatura fantástica ─hay quienes discrepan y anteponen la obra El hombre invisible (H.G. Wells), los clásicos prefieren El Decamerón (Giovanni Boccaccio), los que juran y perjuran dan su voto por El retrato de Dorian Grey (Oscar Wilde); no faltan los devotos de Frankenstein o el moderno Prometeo (Mary Shelley). La lista es larga; no se puede contentar a todos─. Esta obra de Donoso, oscura y sórdida, es muy jodida para leerla de un tirón. Qué novela más delirante, laberíntica, esperpéntica, compleja, confusa, difícil. ¡Fascinante! El universo de la anormalidad está poblado por deformes, incapacitados y excepciones monstruosas; el robo de órganos al día y transfusiones de sangre manchando las páginas. Magia. Viejas brujas con poderes satánicos. Sonido horrísono por su violencia verbal. Pero de una belleza y sensibilidad exquisitas. La ubicación de José Donoso con el Boom fue un tanto opaca e ignorado por algunos de los capangas de este club exclusivo. Miembro con derecho de piso para unos y ‘quinto elemento’ para otros. A propósito de esto te voy a contar un chiste.

─G.A.I. No. Por favor, no lo hagas. ¡Tus chistes hacen llorar!

─G.R.N. Este sí que te va hacer reír hasta mearte…

En ese momento el espejo torcido se cayó rompiéndose en mil pedazos y las imágenes de estos literatos se hicieron añicos teñidos de sangre.

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 Un punto aclarado:

Es en la literatura fantástica, sin Dios omnímodo ni leyes tácitas y aplastantes, en donde se fajan las deducciones imaginativas de Gerard Rodríguez Noriega.

Y es de la palabra espectral, del espacio de la masa, de las huellas de la multitud y del inframundo de donde se descuelga atento, refiriéndose a todo con el copyright en la mano; y no de la deformidad, el chantaje y el deterioro de esta ciudad hostil sin atributos.

Esta es mi impresión ─cuando se trata de cuentos sencillamente no se puede explicar─ acerca de la última creación literaria de un autor en tanto Eros y Tánatos como elementos creativos, que los libreros pusieron en sus vitrinas.

«Especies secretas», de Gerard Rodríguez Noriega (Editorial Tierra Nueva. Junio, 2021. Iquitos, Perú), es un libro de cuentos denso y sospechoso, lleno de voces desajustadas ─el riesgo a correr del que contradice a las momias anacrónicas del sacha parnaso amazónico─. Pero leído por debutantes, insatisfechos, atormentados y aludidos. El dato obtenido entre los visitantes ─curiosos, noveleros, lectores hipócritas, lectores defectuosos, lectores canallas y lectores imaginarios─ de la Feria del Libro Ricardo Palma 2021 (1 al 13 de setiembre. Parque Kennedy. Miraflores, Lima), es delicioso y lleno de picardía: «al parecer, chiquillas peligrosas con la blusa abierta, muchachos con jebe en el bolsillo dándose alguna importancia, monjas a caballo y mujeres solas con la manía de un daiquirí cool, se están quitando el libro de Gerald Rodríguez como si fuese una ‘especie secreta’ para ser discutido en medio de la conversación, después del baile o saliendo del hotel». Y como el piso no es parejo en la literatura, por miedo, el mencionado libro no es leído por personas sosegadas, virtuosas y castas (¿no saben lo que se pierden? Además de candelejón, ¡lerdo! Escúchame, pancho: estos puritanos de pacotilla lo leen a escondidas. ¡Malditos fariseos!). Lázaro, la manzana, tienta. Fíjate, tú.

Y es un espacio perturbador, chocante, insólito. Un lugar de fantasía. Universo de espectros y sombras desposeídos del linaje humano. El inflexible orden racional como presupuesto literario es un disparate que brilla por su ausencia. Es decir, la realidad monda y lironda, cede su banco ‘sin hablar más’ a la literatura fantástica.

El enorme Julio Cortázar apiló estas frases: «Cuando me muevo en mi trabajo de escritor, la fantasía recupera sus derechos y creo que nunca habré escrito un cuento o una novela que se puedan considerar exclusiva y totalmente realista porque incluso cuando lo que cuento en ellos es realista como tema, ha nacido de mi fantasía, lo he inventado yo en la mayoría de los casos». Clases de literatura. Berkeley, 1980. (Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona, España. 2016).

Todo aquello que tiene que ver con lo fantástico es la duda por oposición a lo racional y su inmediata ruptura con la realidad. Amplificando: solo cabe la lectura de la vacilación o la incertidumbre (hechos insólitos, inexplicables, sobrenaturales, ¿exentos de atisbos poéticos y alegóricos? Nadie lo asegura). El funcionamiento del mundo para nada es realista ya que viola las leyes de la realidad establecida. Y puede ‘verse’ el amplio espacio maravilloso donde el condicionante racional es inexistente y todo aquello que perturba y lesiona el pensamiento y el método son sucesos infrecuentes, pero verosímiles absolutamente explicables.

La literatura fantástica ─aporte de una cultura laica discordante con el origen divino y el orden natural─ relacionada con lo maravilloso esta implícita, a vuelta de tuerca, con lo cotidiano, la fábula y el cuento de hadas. Y se vale de la intromisión del elemento sobrenatural para conectarse con el terror, la geografía, los sueños, los delirios, los espejos, las lenguas, etc. Y en ese afán abarcador que todo lo engulle, muchas veces enreda más el misterio y no surge por ningún lado la más mínima benevolencia para resolver el enigma.

Ni bien se abre el libro, por «pura pasión» ─título del primer cuento de esta colección─ nos flagela a su gusto con el juego sensual y macabro de un amorío caníbal: «el anciano fijó atentamente su mirada en los labios de los amantes. El muchacho […] fue devorándole el cuello, el pecho, los hombros, lo que también parecía gustarle a la señorita […] Cuando el amante terminó solo quedó de la chica la ropa que había llevado puesta». El octogenario que lo vio todo desde una banca, como zorro canchero que era, dijo algo así: «Estos chicos maletas de ahora, no son como los de antes». Claro que no. Ayer, fornicar era un asunto sensual y sofisticado que había que hacerlo con el quinto dedo del murciélago y las enseñanzas del marqués de Sade (la virtud es un infortunio, el vicio, un premio), ahora solo es merienda que figura en la carta de la antropofagia.

Babel, otra historia dinámica, frívola, tortuosa. Todo ocurre en una ciudad pobretona y trágica de la selva ─Iquitos de los pantanos─ a donde llegó desde las Europas un pichón libidinoso con corazón ¿diabólico?: Charles Óscar Mason que besó a Babel llevándola hasta el cielo. «Luego sintió unas manos que le rozaban las piernas, que le tocaban las nalgas, […] sus gemidos sonaban como aullidos desesperados […] Babel sintió aquel miembro viril perforando la poca profundidad…». El erotismo como una corriente continua. La carnalidad sexual, asustadiza y narcótica en los adolescentes. Babel, sudando frío, recostada en el suelo con el vestido levantado y el calzoncito fresa hacho un bollo. Y el repollito perforado. El éxtasis. La nada. El infierno a la vuelta de la cocina: «Hija de puta, perra rabona, ¡Estas embarazada! […] puteas para ti sola. ¿Y para tu madre?, que se la lleve el diablo». El final es un terremoto inesperado (como todo terremoto). Pero el Charles Óscar Mason que nunca chingó tu madre, no era ningún malandro con una punta entre las uñas; sino un pichoncito educadísimo de corazón inmaculado, con las uñas limpias y recortadas, pago el pato.

Las desenfadadas relaciones de sus personajes excesivos, catastróficos, lamentables y tremendistas, están ligados a un ámbito geográfico ─Iquitos de los jurutungos─. Desde la introspección (del autor) se percibe los latidos de amor-odio y su encendido deseo de convertirla en una ciudad «literaria». También se advierte una novedosa manipulación y ejecución de la técnica (ambigua, elipsis, espacio entre párrafos, saltos de tiempo, etc). Es su derecho y obligación.

Viene bien un aporte conceptual: «El arte no progresa en el sentido en que lo hacen la ciencia y la tecnología. Pero las artes se desarrollan y cambian […] el arte tiende cada vez más a convertirse en terreno de especialistas. El arte más interesante y creador de nuestra época no está abierto al poseedor de una cultura general; exige un esfuerzo especial. Una educación de la sensibilidad». Contra la interpretación. Susan Sontag. (Penguin Random House Grupo Editorial. Diciembre, 2020. Barcelona, España).

Lo que debemos tener claro es que esta obra de arte ─«Especies secretas»─ es ‘su’ contenido (porque lo dice, porque lo dijo, porque ‘cómo’ lo dijo. Y seguramente es una obra aborrecible, inmoral, preñado por una naturaleza mala). Hay autores que son insensibles e indolentes frente a este requisito por definición. La idea les fastidia. Y son haraganes para intentar un estilo de interpretación del discurso literario. El autor ─GRN─ emancipado del espacio árido, repetitivo y moroso, donde sus antecesores circulan sin renovarse, adopta un fervor estético a su medida sin desesperadas revelaciones ─a manera de testimonio: este oficio carece de efluvios mágicos, predicciones y profecías─. Mordaz, se impulsa y amplía. Es un escéptico inestimable. Trasgresor y provocativo. Su propuesta estética representa lo contrario de la narrativa regional desgastada en su significado, y es lo más opuesto a la cosmovisión carnavalesca que impera en el medio (el lirismo anquilosado, el mito insufrible, el exotismo indigesto, el folletón plañidero, el saldo refrito de la verborrea lato, mudeces y otras formas caducas de la escritura que cayeron en desuso).

Un dato pormenorizado:

Hace algún tiempo apareció un libro con las cualidades de la narrativa fantástica.  Trajo consigo un estilo espiritual liso, como temiendo ser revirado por la imaginación del desastre. Me refiero a «El libro de los muertos», del autor Dejota Arimuya/Deybi Jhuan Vásquez Arimuya. (Editorial IIEHAP. Agosto, 2016. Iquitos, Perú).  No es un libro de difuntos. Son los caminos de la agonía romántica. El fantaseo del barbarismo sensual. La idea del castigo y el sufrimiento. La visión lúgubre de la muerte. Es un libro aislado que su autor debió rechazar la velocidad con la que fue publicado. (¿Entusiasmo? ¿Angurria? La emoción del primer libro publicado: ¡Soy el mejor! ¡El chuchan boy de los books!). ¡Coño! Solo era dejar reposar (al libro) en su cámara mortuoria, luego; pulir el centro y sus cantos. Entonces, solo entonces, ajustar su relojería. Y recién pensar en publicar (hacerlo no es cuestión de vida o muerte. Es simplemente un acto de honestidad: publica cuando deje de ser un ladrillo. Publica cuando tus dedos se hayan quebrado de tanto corregir. ¡Jetón, publica cuando lo tengas listo! Y agregue: también se trata de la integridad del escritor. ¡Hosanna en los cielos! ¡Aleluya!

Así llegamos a Especies secretas, el cuento del estribo que da título al libro. Es una historia del falso bienestar y de perversidades asociadas a psicopatías, incesto incluido ─distopías apocalípticas que le llaman─. Érase una madre viuda, Carmina Bocerat y su hijo Morris, el ladrón (no es ‘el ladrón’ de Fuminori Nakamura, autor de «La pistola» y otras obras). Mientras ‘Dios traía su sombra’, la vieja sentada en su poltrona que a pesar que se siente diez años más vieja, se imaginaba rodeada de núbiles bellos y dominantes, haciendo de ella una melcocha y lo que se les ocurriera: «la fornicación no podía ser espléndida si el hedor de la vagina hubiera dejado de oler a orina fresca», (me recuerda a los Cuentos prohibidos rusos de Alexandr N. Afanásiev). Al autor se le escapó un tufo de moralina frente a los instintos carnales, clandestinos y repetitivos de los personajes principales ─madre e hijo─ disfuncionales, sin posibilidad de librarse del vínculo tóxico. El catálogo de imprecaciones religiosas, ¡ay, Dios!, exagerando su tono espiritual. Como un deber ético menudean las disquisiciones filosóficas; y como en el cine se proyecta una película con imágenes de Michel Foucault y su perorata tácita sobre la naturaleza humana. En un ángulo de la pantalla, Simone de Beauvoir, la chica parisina, anticonformista y comprometida, haciendo de las suyas con el dilema existencial de la responsabilidad individual. Theodor Adorno y su jerga filosófica acerca de la corrupción de los ideales. Al pie del ecran, Jean Paul Sartre, limpiando sus gafas mientras ensaya maromas con eso de la pérdida de la identidad. Fin de la supuesta película. Enseguida retumba una voz culpable, recordándonos: «somos una de esas especies secretas dueñas del origen, del tiempo más el universo». El Morris ─ese ser mínimo desamorado─ para vengarse del origen de su semilla, esa «especie secreta que era él mismo», prefiere el camino torcido. Decide vengativamente convertirse en ‘bad boy’ (‘muchacho malo’). En ‘bum and thief (‘vago y ladrón’).

La seriedad de esta historia se mide por su turbulencia: La realidad del mundo perpetuamente es un sentimiento destructivo.

Y es de suponer que con esta visión panorámica debemos lanzarnos en picado.

Gerard Rodríguez Noriega no es un redentor.

Pero sí le interesa la epifanía más allá de este mundo.

Y no es un artista sufridor. Pero su escritura opuesta a la impoluta realidad le permite adoptar otra identidad para confundir el estado de ánimo del semejante; de ahí surge su lado maléfico a la hora de escribir convertido en juicioso desalmado.