En estos días recuerdo a mi profesora de ciencias sociales Isabel Chalco de Marroquín. Siempre ágil, dinámica, guapa y eso sí, muy bien vestida. Pelo negro largo con moño infantil y con inacabable verbo agudo. Casi no hablaba con sus colegas, se reservaba para sus alumnos con quienes se despachaba de todo. Iniciaba a veces con Historia y Geografía y terminaba casi siempre hablando de los problemas sociales del país y de los políticos corruptos. Enamoraba por su energía e indignación y cuando nos dábamos cuenta que estaba a punto de llorar renegando de la sociedad, nos quedábamos pasmados.

Fue decisiva estoy seguro en la vida de muchos de nosotros. De hecho que sí porque decidí estudiar lo mismo que ella. Recuerdo que era la única sesión de clases que no podíamos perder. En un colegio con varios “refugiados”, como llamaban a los alumnos complicados que llegaban expulsados de sus colegios de curas o hijos de comerciantes ambulantes que por deshacerse de sus hijos al menos durante la mañana enviaban a nuestro colegio; esa propuesta de la Miss Isabel, era todo un reto.

Un reto en serio de verdad. En mi colegio el muro no medía ni dos metros, salirse era un deporte rutinario, no ir era conveniente para muchos auxiliares no nos hacían rezar como escucho varios de mis amigos cuando hablan de sus castigos colegiales. Ser maestro en mi colegio implicaba tener un manejo espectacular de los niveles de atención para que un público adolescente tan disperso y difícil te hiciera caso. Por eso valoraba en silencio a mi profesora preferida más aún cuando – me acuerdo como si fuera ayer – hablaba con pasión desconcertante de la selva, por eso decidí un día conocerla y comprenderla.

Estoy casi seguro que su salario y su dedicación militante al campo dirigencial no le dio tiempo para conocer la selva de la que nos recreaba cinematográfica. Pero le cuento ahora, señora Isabel, que así como lo describió desde la teoría, desde su potencialidad, las posibilidades y el ánimo de la gente; así la encontré y la dejé. Alguna vez cuando la vi sola con sus libros gastados y su misma bufanda roja por la otra vereda me pasó algo que le sucede a muchos que intentan agradecer a la persona que les cambió la vida: me acobarde.

No pude cruzar abrazarla y agradecerle. No porque haya hecho un trabajo extraordinario en mí. De hecho el culpable seguramente era yo, sino porque esa imagen de ella con el brazo levantado en el aula hablando firme y convencida que cambiaba el mundo con ese grupo de futuros fracasados y que vuelve a mi memoria en mis decisiones y discursos cuando estoy con alumnos, es tan recurrente que como los sueños del pastor de El Alquimista, no te dejan descansar en paz y asumes que tienes que ir tras sus pasos.

E ir tras sus pasos significa una redención de la rebeldía de los muchachos con los que te encuentras en las aulas. Que, aunque no estoy practicando técnicamente con ellos, intento inyectarles algo de ese espíritu a los docentes que ahora capacito y acompaño en sus sesiones de aprendizaje. ¿Cómo haría ella si estuviera acá hablándole a este profesor que no hace bien sus tareas? Me pregunto. ¿Cómo felicitaría a esta otra docente que hace un trabajo estupendo? Me vuelvo a interrogar cuando me toca interactuar con ellos.

Ese sello indeleble es el que forja el verdadero maestro. Feliz Día Miss Isabel Chalco de Marroquín donde esté usted. Estoy seguro que en su memoria y cerebro lúcido aún está ese veneno benévolo y productivo (esa rueda que hace rodar el mundo) que inyecta a los que pasaron por sus aulas. Ahí se resume la crítica a toda esta sociedad que te ha dado las espaldas, a esta clase política corrupta que la acusa de sus fracasos, de los padres lejanos que te tildan de indiferente. Hoy no despliegues esa retahíla de verdades, hoy es un día para abrazarte fuerte y contagiarnos de un poquito de tu inmensidad, Feliz Día Maestro.

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