Leía una vez que del equipaje de los viajeros o viajeras se podría rescatar un rico filón literario. Recuerdo que en mis viajes por el ríos amazónicos me apertrechaba de material de comida, mosquitera, repelente, y como no, muchos libros, estos eran los que más pesaban, claro todo este material del equipaje de viaje recibía las mordientes ironías de mi madre, que era mucho más práctica para viajar, me decía que de repente me estaba mudando y que llevaba mucho para unos pocos días de viaje. Las puyas las aguantaba estoicamente. Por lo general, para los viajes alquilaba literas para descansar mejor y poder leer, al menos en teoría, en el día se padecía de un insoportable calor y en las noches la bulla del motor estaba casi en la litera, por más tapones que te ponías en los oídos. En verdad, era toda una aventura que empezaba en el Puerto de Masusa o en el denominado el “Huequito”, sí, con todas las connotaciones que tiene el nombre. A ratos leía, borroneaba en mi libreta (de esos apuntes han surgido algunas historias para novelar) y observaba a los otros viajeros, como se dice ahora, había salido de mi zona de confort y los viajes eran todo un reto para mí mismo. Llegué a prestar libros a condición que lo leyeran en el barco y en la litera porque temía que no los volviera a ver. Eran viajes que lindaban con la precariedad, seguro que ahora han mejorado mucho: iban con mucha carga en las bodegas, la cantidad de pasajeros era superior a lo establecido, los capitanes de barco salían cuando querían – de un momento a otro te cancelaban el viaje hasta el día siguiente. En mis tiempos no existía esa serpiente de cemento que es la carretera Isla Grande- Nauta, el viaje en barco duraba alrededor de doce horas, con sus más y sus menos. Pero más que mi equipaje lo que me llamaba la atención era los equipajes de los viajaban. Algunos solo llevaban una hamaca y el equipaje de mano. Algunos con ingente mercadería que la custodiaban con mucho celo. Los que generaban mucho reconcomio eran los ataúdes como equipajes, casi nadie los quería transportar. Los capitanes se ponían muy duros. Otros viajaban con niños y parte de la familia, eran más complicados sobre todo el de vigilar a los niños en esas travesías, ellos y ellas recorrían todo la eslora del barco en un pispas. Los equipajes de viajes.

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