Había venido a Quito hace veinte años. Todavía en mi memoria reposaba una estampa llena de nostalgia sobre esta ciudad que no era caótica como Lima, en ese entonces vivía en Lima y era mi primera referencia para la comparación citadina. Sentía que el aire que respiraba era más limpio, Recuerdo que tenía muchos rincones esta ciudad que está a 2,800 metros de altura. Siento el proceso de adaptación de la altura porque la digestión es un proceso lento pero no tengo las molestias del típico soroche o mal de altura. Uno camina unas cuadras/calles y siente que le falta el aire. “Debes comer poquito, caminar despacito y dormir solito”, me dijo como recomendación para las alturas andinas un amigo en La Paz, razón no le falta. Es un proceso de aclimatación del viaje pero eso no me impide de disfrutar el locro con aguacate/palta- con el locro fue amor a primera vista y el reencuentro ha sido de lo mejor teniendo como atrezo a la ciudad en toda su dimensión. Esta vez en mi zurrón de viaje traía algunas anotaciones de autores que perseguía como es el caso de aquellos que pergeñaron desde el punto de vista del neoconstitucionalismo andino el concepto de buen vivir, que es una respuesta a las definiciones tales como el de desarrollo sostenible, propuesta socialdemócrata de gran éxito en los foros y doctrina aunque se va quedando sin fondo con la actual crisis ambiental. El concepto de desarrollo sostenible percibo que se parece a un enjuague bucal del desarrollismo. Mi intención era leer más sobre este concepto jurídico novedoso del buen vivir a pesar de las críticas que recibe. En este sentido, bajo el paraguas de este concepto se ha pergeñado declarar sujeto de derecho a la naturaleza. Una pena que en las librerías que visitaba las obras de estos autores no la tenían. Mi consigna era que hasta el último momento seguir buscándolos. He vuelto a caminar sobre Quito y ha cambiado mucho. Esos rincones que retenía en mi memoria se han ido desdibujando, pero, conserva la esencia de sus gentes que son muy amables. Respiro hondo para oler a Quito otra vez.

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