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El perpetuo debate a oscuras

EL PERPETUO DEBATE A OSCURAS

En el Salón de Actos del derruido local edil, la vieja mansión de la segunda cuadra de Napo, se realizó hace décadas una de esas citas nutridas, populosas, roseadas por viandas y bebidas, que por lo general no sirven para nada. En ese recinto del ayer, que no existe ya ni en pintura mural, los notables de aquella época se reunieron asustados ante los reiterados cortes de luz, desesperados ante la furia de los implacables apagones.

Era las 6 de la tarde del 9 de agosto de 1950 y las de entonces decidieron que tenían que hacer algo contra esas sombras nada más, esas dolorosas tinieblas que convertían a ese Iquitos en un antro a oscuras, un gallinero con velas o lamparines.  Pero no hubieran podido reunirse,  dialogar civilizadamente, mirarse los rostros preocupados, proponer soluciones viables, diseñar estrategias a corto y largo plazo para que regresara la luz eléctrica, si no hubiera sido por un aparato cercano.  Un aparato que emitía ondas eléctricas y que era el mejor invento de entonces.

El feroz ímpetu de los apagones ya era el otro rostro del servicio eléctrico. Era su negación continua, su infierno tan temido y para esa cita tuvieron que trabajar electricistas ediles ejecutando con cables una conexión con el generador del cine y teatro Alhambra. La luz anhelada se hizo gracias a esa cosa prestada o alquilada y que pocos podían adquirir en la ubre importadora de todo, hasta de fariña de Portugal. La importante reunión se llevó a cabo entonces sin inconvenientes de cortes repentinos. Ni maldiciones, ni rabias, ni ganas de marcharse a otra parte.

En la iluminada sala consistorial todo iba sobre ruedas y no pericoteaba el temor colectivo de un repentino apagón de última hora que después iba a ser justificado por la empresa de esos días a oscuras. Era el momento de acabar con esa tara que perjudicaba al que menos, hasta a los cacos que no podían realizar sus labores de mudanza entre tantas sombras. Nadie había hecho los cálculos para saber cuánto costaba, en dinero contante y sonante, cada corte de luz en Iquitos, pero ya la ciudad vivía a pérdida.

En el alumbrado sitio de la reunión de emergencia, como siempre ocurre, hubo de todo. Desde quejas, amenazas, intentos de violencia contra los fomentadores de los apagones, hasta propuestas descabelladas, válidos o viables. Pero nadie hizo nada contra los apagones. Las sombras continuaron invictas, tenaces. Las facturas, también. Un cronista de este tiempo, que no dejó su nombre por desgracia, graficó el asunto escribiendo que la cosa era tan peliaguda que los buscadores de la salida al inconveniente eléctrico arribaron a la brutal conclusión de que el problema no tenía solución. Nunca. Hasta el sol del presente.

Para nosotros, sufridos seres de los apagones, eternos habitantes de los cortes de luz, el perpetuo debate a oscuras continúa. No existe el viejo palacio edil, el Alhambra es ceniza de las eras, pero otro generador alumbra a los notables que discuten encarnizadamente, furiosamente. Discuten, riñen, pelean, se arrojan botellas con o sin entro y, pese a tanto palabreo grosero, a tantas promesas cruzadas, a tantas estrategias técnicas fundamentales, los despiadados apagones reinan y gobiernan esta urbe perdida.


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