ESCRIBE: Percy Vílchez Vela

Es posible sostener que casi todos mis viajes nada tuvieron que ver con travesías turísticas o simples visitas. Desde un comienzo, sin que yo lo propusiera, se relacionaron con presentaciones de libros, con actividades culturales. En ese entonces yo laboraba en Pucallpa como editor y columnista de la revista “Proceso”, dirigida por Javier Dávila Durand y a la vez era redactor del diario “Carta abierta”, dirigido por Raúl Zevallos Rios y el decidido apoyo de Sara Ríos Vela. En aquel tiempo, en un rapto inesperado y excepcional, escribí mi primer libro de poesía El andante en Yarinacocha. El mismo fue editado por el poeta y periodista Javier Dávila Durand y presentado en su amplia casa de la tierra colorada, ubicada en camino hacia el lago Yarinacocha.

En esos instantes de estreno poético andaba por Pucallpa el musicólogo y catedrático Luis Salazar Orsi que enseñaba en la universidad “Enrique Guzmán y Valle”. Después de la presentación del poemario Lucho me invitó a presentar mi obra en Trujillo con todos los gastos pagados. “Viajar no es un asunto de dinero, sino de decisión”, me dijo cuando le pregunté sobre el financiamiento de la dilatada travesía.

Todos mis libros de poesía han nacido de una palabra decisiva, de una sola palabra que corona todo un tránsito creativo en ebullición. La antigua y sonora palabra Tutishcanyo inspiró ese recorrido por el pasado y el presente de aquel lago que fue sede inicial del linaje shipibo. De allí que mientras escribía los poemas salía con el pintor Juan Salazar Orsi a visitar a los oriundos que él conocía. Esas entrevistas me permitieron afinar mi conocimiento sobre esa cultura aborigen. Además, en la imprenta de los Zevallos Ríos trabajaba un shipibo y, aunque era parco en palabras, se podía conocer algo más de ese linaje ancestral.

El viaje desde Lima a Trujillo fue por tierra, en atestado microbus. Y todo el itinerario fue un improvisado y vital recital de música gracias a la guitarra y a las melodías cantadas por un inspirado Luis Salazar Orsi. En ese viaje conocí mejor el talento de un músico lamentablemente desconocido y nunca difundido en su propia tierra. En los lugares que el vehículo se detenía aumentaba la intensidad del recital inesperado. Un licor extraño que nunca supe cómo se llamaba intensificó el viaje. La travesía frecuentaba el frescor del mar a la distancia. Yo había conocido antes la horrenda capital del Perú, Lima, y me quedé seducido por el tamaño del océano Pacifico. Y entonces detestaba el infernal caos de las atestadas y melancólicas calles capitalinas, la abundancia de pordioseros, el espíritu virreinal de ciertas gentes. Y me parecía una honra ser provinciano.

Era por eso que Trujillo me interesaba en gran manera. En mis años universitarios había conocido a estudiantes que nacieron allí. Y en el concierto de provincias peruanas Trujillo destacaba con luz propia. Además, allí habían nacido Victor Raúl Haya de la Torre, César Vallejo y otros hombres importantes. Allí, también, nació Inés de Atienza, una de las pocas mujeres que dejaron su nombre al ingresar a la fronda. Arribamos a Trujillo en la noche y recuerdo que el paisaje urbano era apacible, aseado, y me impresionaron de entrada las estatuas que adornaban la plaza central. El músico y guía me hizo conocer el hostal “El Arco” donde vivió un tiempo el autor de Trilce y contó algunas anécdotas de la vida trujillana del gran vate peruano. En un taxi nos fuimos después a la cómoda y solariega casa de Jady Gomero, una mujer alta, distinguida, que se movía como pez en el agua en el ambiente cultural trujillano. Ella, en forma eficaz y discreta, se encargó de preparar la presentación del citado poemario.

La ceremonia cultural fue en la noche en el auditorio del banco Continental, que en ese tiempo participaba activamente en la vida cultural del país. Y, sorprendentemente para mi, estuvo repleta de gente. Yo temblaba de miedo, de dudas. De desconfianzas, y a la hora de hablar me referí al año de 1594 cuando anónimos caciques ashánincas viajaron a pie hasta Lima y descubrieron a los castellanos. El preámbulo era una manera de insistir en la visión indígena de los eventos históricos, de la razón de los oriundos tan presente en El andante en Yarinacocha. En el diario “La Industria”, al día siguiente, fue publicada una nota sobre mi libro. No me gustó para nada que el anónimo escriba o cronista le comparara con Sangama, esa efusión reaccionaria contra la Amazonia esencial. Pero en fin.

La visión del mar interminable me impresionó cuando nos fuimos a almorzar en el balneario de Huanchaco. El excelente sabor de la comida costeña me hizo comprobar la riqueza culinaria del país. Todavía los eficaces y creativos cocineros no salían a la palestra. El resto fue la despedida y ocurrió entonces algo maravilloso. La diligente Jady Gomero me regaló cuatro preciosos y lujosos tomos de la inmortal obra maestra de don Miguel de Cervantes Saavedra.

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