ESCRIBE: Percy Vílchez Vela
En mi memoria de viajero moderno, de expedicionario improvisado, todavía perdura una travesía remota y perdida en el tiempo que ejecuté cuando era niño. En esos días, cada inicio de año, solía viajar con mi madre desde Panguana hasta San Luis donde, en un extenso pasto, vivía mi abuelo Benigno Vela Bardales. De manera que para entonces, como todo infante orillero o ribereño, era experto en cortos o dilatados itinerarios acuáticos. El viaje citado al inicio de esta crónica inaugural fue con destino a Tamshiyacu, lugar que me inspiraba una bronca debido a la rivalidad futbolera.
Entonces era tiempo de celebración de la primavera. Yo fui elegido paje de la reina Clotilde Navarro y en esa condición hice el viaje más importante de mi infancia, acaso de mi vida misma. No por el sitio que visité, por los hechos y pormenores y detalles de la travesía ejecutada en un botecolectivo alquilado por los padres de familia de Panguana Primera Zona, sino porque después de lo visto y vivido escribí mi primera crónica.
La viajera excursión primaveral acababa o desembocaba en un concurso de escritos testimoniales, de crónicas inspiradas en esa fecha de las flores y las tantas bellezas. Después del regreso, a la luz del lamparín de casa y contando con la callada presencia de mi madre, y con bolígrafo en mano y papel en blanco, escribí la crónica de un solo tirón, de un solo impulso. Lo único que hice fue apelar a mi memoria reciente. Es decir, narré simplemente lo que había visto y vivido. El jurado, conformado por los profesores Rolando García, Celso Pizango y la maestra Clotilde Urrelo, después de la lectura de todos los escritos, de la posterior deliberación, me declararon ganador del concurso.
No faltó después la ceremonia de premiación y la entrega del trofeo que no fue una estatua, un sobre con dinero adentro o un diploma para colgarlo en la pared, sino una antología de las Tradiciones peruanas de don Ricardo Palma. Era un libro pequeño, de carátula roja y los textos tenían inoportunos dibujos que se interponían entre mis lecturas. Desde luego, no era la primera vez que tenía un libro en mis manos. En casa estaba la Biblia y una obra llamada “De paraíso perdido a paraíso recobrado”, cuyo autor no recuerdo. Pero fue el suculento y socarrón escritor que me desató el gusto y el placer de la lectura. Todavía no era tiempo de deleitarme con algunos libros de la santa Biblia.
En ese entonces yo vivía obsesionado con los cuentos orales del suegro del tío Gastón Vela Carranza, y creía que todos esos seres eran personajes vivos. No entendía que era un ser de fábula o ficción. La apasionada lectura de los escritos palmistas me hizo cometer el mismo error. Creer, con fervorosa fe, que todos los personajes estaban vivos, y eran reales. El equívoco me acompaña hasta el día de hoy. Me sigo negando, tercamente, a aceptar que los más logrados personajes sean criaturas ficticias.
La victoriosa crónica primaveral no fue abandonada en olvidada gaveta, ni fue puesta por descuido entre los papeles inservibles. En una especie de mueble de madera con vitrina de vidrio fue exhibida por tiempo indefinido en la pared de madera, cercana a la oficina del director que era el docente Ruy Javier Angulo Huaman, a quien muchos años después encontré en Iquitos. Entonces disfruté realmente del triunfo literario. Era reconfortante ver que profesores y alumnos se detenían a contemplar o leer mi escrito. En toda esa exposición había algo que no me gustaba, sin embargo. Eran las visibles correcciones de los errores ortográficos que había cometido, errores que me siguen jorobando hasta el presente. Pero pasado por alto ese percance o accidente el resto era alegría en mi, como es natural. ¿Comenzó allí mi pasión exacerbada por la escritura?
El tiempo ha pasado raudo después de ese escrito inicial y sigo escribiendo crónicas sobre la mayoría de mis viajes. Y continuó redactando, casi siempre a mano, de un tirón la primera versión de cualquier libro, donde pongo todo lo que se me ocurre en la cabeza. Pero después ese apresurado escrito es sometido a una rigurosa labor de corrección, a un implacable trabajo de pulimiento.




